jueves, 26 de julio de 2012

El escudo de San Sebastián

¿Desde cuando tiene San Sebastián su actual escudo? Ignórase la fecha en que se autorizó su uso que, como dice el doctor Camino "representa con energía y propiedad del arte de blasón sus hazañas por mar en servicio de los soberanos de Navarra y Castilla". Es posible que naciera en la época medieval y se puede creer, según el citado autor, "tendría principio este noble escudo de armas desde que se introdujeron las significaciones geroglíficas de nobleza y acciones ilustres, cuya primera regla, a lo menos, según las reglas del sistema actual heráldico, es bastante incierta".

Entre los documentos que se quemaron en el Ayuntamiento donostiarra en 1813 había una certificación del reinado de Carlos II referente al escudo y existiendo otro original en el Real Archivo se pidió una copia del documento que en hojas de brístol con orlas al cromo, pintado y encuadernado, se conserva en nuestro Ayuntamiento. Esta copia costó 250 pesetas. Firma la certificación, con fecha 29 de agosto de 1894, don José de Rújula del Escorial, Martin Crespo y Pessac, Rey de Armas de Alfonso XIII y hace referencia a que en el folio 619 del tomo segundo de minutas de certificaciones de escudos de armas hay una que dice :

"Yo, Juan de Mendoza, cronista y Rey de Armas del Rey Don Carlos, Nuestro Señor, Segundo de este nombre : Certifico y hago entera fe  y crédito a todos los que la presente vieren cómo por los libros de Armerías, Historia, nobiliarios y copias de linajes que están en mi poder y Blasonan de los Reinos, Provincias, Ciudades, Villas, Solares y casas nobles destos Reinos de España y otros de la Europa, parece que observa y pertenecen con Armas de la Ciudad de San Sebastián de la Provincia de Guipúzcoa, un escudo, el campo azul y en él un navío con su Belamen de plata, puesto sobre ondas de agua azul y plata, y en la parte alta superior de este escudo, dos SS y letras de plata. Todo circundado con esta letra: "Por fidelidad, nobleza y lealtad ganadas". Con coronel que comúnmente llaman Corona, sobre el Escudo : todo lo cual es bien expreso jeroglífico del valor con que los ilustres hijos desta ciudad, penetraron en los Mares, se dilataron a Apartadas Regiones y a remotos climas, lograron y consiguieron memorables victorias y señalados progresos marítimos de que tiene tan copiosa materia esta Ciudad, que bastava a constituir estimable qualquiera ilustre República, y se prescinde de la especificación de los numerosos y relevantes motivos de que su escudo de Armas hace representación, no tanto por tener afianzadas bien estas memorias las historias naturales y extranjeras, quanto por no ser el Instituto desta Certificación más de informar el escudo de Armas desta Ciudad, el cual está organizado según y como va copiado, e iluminado en el que está el prinzipio desta certificación, y para que conste ser las Referidas Armas las que tocan y pertenecen a la referida Ciudad de San Sebastián, de la Provincia de Guipúzcoa, y de que puede usar en sus cassas, edifizios, patronatos y todos los demás lugares, sitios y partes de su jurisdicción y en todos los actos y fines públicos honoríficos que le convenga y necesario sea, dí la presente certificación, firmada con mi nombre y sellada con el sello de mis armas, en Madrid a 24 de mayo de 1682".

Uno de los sellos más antiguos que se conservan del Concejo de San Sebastián es el que se puede ver en el Archivo del Ayuntamiento de Pamplona en un documento de siglo XIV. Se trata de una escritura del "Conceio de la villa de San Sebastián" en la que esta Corporación da fe de haber recibido de manos del regidor que envió la ciudad de Pamplona el privilegio que a los mercaderes de Navarra concedió el rey Don Pedro de Castilla otorgándoles determinadas franquicias y lleva la fecha de 10 de enero de la era 1390 (año 1352). Lo otorgan los jurados del Conceio de San Sebastián "Seyendo ayuntados en el Coro de la iglesia de Santa María de dicha villa".

Juan Iturralde que estudió el sello y el documento hace ahora un siglo, dice que al ser Navarra un reino independiente no tenía allí jurisdicción ni poder el rey don Pedro, por lo que  probablemente el monarca quería favorecer el comercio entre los mercaderes navarros y nuestra ciudad, ya que San Sebastián, igual que toda Guipúzcoa desde hacía muchos años formaba parte del Reino de Castilla.

El sello en cuestión es de cera incolora, traslúcida y debido al paso del tiempo está un poco amarillento. El balduque, la cinta que le une al pergamino, es roja. De este documento cuelga también otro sello más pequeño que era el de Domingo de la Maison, oficial.

En el anverso figura una nave con la proa y la popa levantadas, similar a las que pueden verse en códices miniados de la época. Se distingue perfectamente el palo mayor, las vergas escalas, cuerdas, cogida una de estas por el timonel que tiene un remo que seguramente hace las veces de timón. Del bauprés pende un ancla. En la popa hay un castillete con saeteras y almenas y en la parte superior del mismo una banderola en un asta pequeña. Cuatro hombres aparecen en el dibujo, dos en cubierta y dos en una vela y su exergo en el borde del anverso escrito en magnífica letra gótica dice lo siguiente : "Sigillum : Concilli : De : Santo : Sebastiano".

En el reverso del sello figura un castillo que Juan Iturralde estima debe ser reproducción del de la Mota ya que es diferente a los que entonces aparecían en los blasones y monedas. El castillo fortaleza tiene una puerta de arco de medio punto con matacanes, los muros con almenas, dos torreones cilíndricos y la torre central cuadrada, también con almenas. El exergo del reverso también en letra gótica dice : "Intravit : Dominus : Ihesus : in : Castellum".

El otro pequeño sello, el de Domingo de la Maison, representa a un hombre que lleva un gorro o montera en la cabeza, destacando su figura sobre un rosetón similar a los que aparecen en algunas vidrieras catedralicias. La leyenda que rodea  al sello dice : "Sigillum officialat ... e San Sebastián" .

El comercio y el mar han sido durante siglos la dedicación laboral de los donostiarras. La situación geográfica de nuestra ciudad con su puerto y la proximidad a la frontera privilegiaban las relaciones mercantiles de nuestros mayores y cuando el comercio de la lana y la famosa mesta privaban en nuestras relaciones mercantiles, por aquí pasaban o aquí embarcaban parte de los envíos que desde el famoso mercado de Medina del Campo se dirigían a Flandes. No olvidemos que entonces nuestras ovejas merinas tenían fama en toa Europa de dar la mejor lana.

Y junto a este tráfico mercantil por tierra y por mar, parte de nuestros hombres se dedicaban a la pesca. La ballena y algo menos el bacalao dan origen a muchos documentos de la época en los más diversos aspectos de este trabajo de nuestros arrantzales.

Por eso no tiene nada de particular que nuestro Concejo municipal llevase en su sello un barco como símbolo de una parte importante de nuestra vida de trabajo.Y un castillo por ser San Sebastián plaza fuerte. Si hace un momento me refería al sello de nuestro Concejo que se conserva en Pamplona y pertenece al siglo XIV, posterior solamente en unos años a otro que existe en la Biblioteca Nacional de París que da fe de la autenticidad de un documento del año 1297, hay más sellos de épocas más próximas a nuestro tiempo. Los anteriores, tanto el de Pamplona como el de París son muy similares a los que usaban las ciudades marítimas, como los de Santander, Fuenterrabia, Southampton o Dover y desaparecieron con el tiempo siendo sustituidos por otros que no eran colgantes sino de placa. Si examinamos estos posteriores veremos que tienen algunas diferencias con los que les precedieron. Así la nave que en los primitivos no tenía más que un palo, en estos tiene tres y no aparece en el sello ningún marinero ni en la cubierta ni en la verga y no hay fortaleza o castillo ni inscripciones en latín con los cuidados caracteres góticos. Hay dos eses, mayúsculas, iniciales del nombre de nuestro pueblo y en el exergo puede leerse "Por fidelidad, nobleza y lealtad ganadas". La nave de este nuevo sello es parecida a la de los anteriores y tendrán que pasar bastantes años hasta que aparezca una fragata con todas las velas al viento, como las del escudo de la ciudad. Pero ya estamos en el siglo XVIII.

La fragata aparece sobre el agua en plena navegación, con viento de popa, con las velas de los tres palos desplegadas. Así como en los sellos primitivos la nave no daba sensación de movimiento, en estos dijérase que la fragata avanza sobre las olas del mar. En cada uno de los tres palos se ve una bandera blanca con las aspas de la cruz de San Andrés, la famosa cruz de Borgoña que llevaban los tercios españoles del XVI, y en la vela de la gavia mayor aparecen las dos eses mayúsculas.

Joseph Gervais, un francés afincado en San Sebastián que sus ratos de ocio los dedicaba al ciclismo y al que tanto debe este deporte en nuestra ciudad,  a fin de cumplimentar un encargo recibido para grabar el Escudo de Armas de nuestro pueblo pidió al alcalde marqués de Rocaverde en diciembre de 1907 autorización para que se le permitiera estudiar el sello de San Sebastián conservado en el museo municipal así como la documentación que hubiera al respecto. Autorizado, comenzó su investigación y unos días después se dirigió nuevamente al Ayuntamiento preguntando el motivo de la modificación introducida en 1895 que según las reglas heráldicas tenía su importancia.

Se estudiaron los documentos existentes, entre otros la Certificación Real expedida en Madrid el 24 de mayo de 1682, el Real Diploma de 15 de junio de 1699 y la Certificación de de 29 de Agosto de 1894 expedida por el Rey de Armas y Cronista de S.M.C. don José Rújula del Escorial, que he copiado antes, examinándose los sellos concejiles en especial uno anterior a 1813. A Gervais le había extrañado que la nao que aparece en el sello figuraba navegando hacia oriente, mientras que en los sellos y documentos municipales anteriores a 1895 aparecía con la proa hacia occidente. El coronel del escudo antiguo reemplazado por una corona Ducal se debía a que la etiqueta es diferente entre ciudades, villas y lugares.

En el escudo más antiguo que se conserva, el del archivo municipal de Pamplona al que me refería en unos párrafos anteriores, y que se halla unido a un pergamino, es de 1352 y en el anverso se ve una nave de la época con su palo mayor, vergas, escalas y cuerdas y plegadas las velas con una inscripción en latín que dice : "Sigillum conciliu de Santo Sebastiano". En el reverso hay un castillo con esta leyenda : "Intravit Dominus Ihesus in Castelum". Este sello es circular y el navío tiene la popa a la izquierda del que mira.

En el año 1884 el Ayuntamiento donostiarra dio a la Diputación un modelo para que sirviera de decoración en la vidriera del Palacio Provincial y era diferente al modelo del siglo XIV, pues no era circular y la nave ocupa una posición inversa con las velas desplegadas, tiene corona, las letras "S.S." en la parte superior de la nave y la leyenda en castellano dice : "Ganadas por fidelidad, nobleza y lealtad".

El 24 de mayo de 1682 un Rey de Armas dio una certificación sobre este escudo y lo cita el Doctor Camino, según el cual el escudo consiste en una nao o fragata de plata con ondas de mar también plateadas sobre campo azul con su coronel y orlas de oro  matizado encima y la circunferencia por  el rededor de una inscripción que dice : "Por fidelidad, nobleza y lealtad ganadas" y en medio las letras "S.S.". En esta certificación no se dice si van o no plegadas las velas ni la posición del barco. Como esta certificación se ha perdido, la referencia fidedigna es la de Camino.

Hay un escudo del año 1714 en el que la nao navega con las velas desplegadas en dirección opuesta al de 1352 y para embrollar más el tema hay otro sello de 1723 en el que la nave lleva el mismo rumbo que la del escudo primitivo.

¿Qué razones existieron para cambiar el escudo siendo diferente al primitivo el que describe el Rey de Armas en 1682? No se han puesto de acuerdo en esto hombres tan maestros en heráldica e historia como Pedro M. Soraluce, Juan Carlos Guerra, el marqués de Laurencín y la cuestión es un enigma.

Fue José Berruezo quien me dio todos estos datos que he copiado aquí, sin añadir nada por mi parte. El me dijo que no perdiera el tiempo intentando descubrir lo que investigadores de altura no pudieron. Y no volví sobre el tema.

JUAN MARÍA PEÑA IBÁÑEZ.







La Concha, la playa y el paseo

Las playas, explicaciones geológicas aparte, se forman en nuestras costas por los movimientos de las mareas y, generalmente, en las proximidades de las desembocaduras de los ríos. Hasta mediados del siglo pasado (s.XIX) eran unas playas solitarias, pues la moda de los baños de mar y la costumbre de las vacaciones estivales no existía. Hollaban su arena la planta de algunos chicos revoltosos, de algún paseante solitario y, de tarde en tarde, de algún artista que quería aprisionar en un lienzo el cuadro incomparable del mar, de los acantilados, de la ola llegando a la arena, del pequeño puerto de pescadores, de la casería que se asomaba a la costa desafiando a la galerna.

Antes que los bañistas, y evidentemente mucho antes que las masas de turistas que comenzaron a invadirlas ya en pleno siglo XX, fueron pintores y poetas los que a ellas se acercaron. Así, más o menos, ha sucedido en las playas atlánticas.

Cuenta Ricardo de Izaguirre en un trabajo que publicó hace muchos años, que el descubrimiento de Trouville lo hicieron en 1825 los artistas Isabey y Ch. Mozin que con sus lápices, sus pinceles y sus álbumes pintaron aquel bello y bucólico lugar. En 1834 llega un mulato en una embarcación y un marinero le lleva montado en sus espaldas hasta la arena. Ya en tierra firme el excursionista se calza las botas que llevaba en la mano durante el desembarco y se dirige a la aldea poblada por doscientos pescadores. Pregunta por un mesón y le indican el único que había, donde se aloja pagando por la pensión completa dos francos y medio al día. El asombro del viajero es grande cuando a la hora de yantar le sirve una lozana mesonera lo siguiente : potaje, ensalada de quisquillas, costilla de ternera, lenguado a la marinera, langosta con salsa mayonesa, becacinas asadas, fruta y sidra en abundancia. El viajero, hombre de gustos refinados en la mesa, recordó toda la vida aquel almuerzo. El viajero se llamaba Alejandro Dumas, padre.

Tras los que podríamos llamar los "descubridores", vinieron los bañistas, la expansión del pueblo, los hoteles, los casinos......

En San Sebastián la playa estaba prácticamente olvidada por los donostiarras. Venían de tarde en tarde algunos viajeros y se bañaban y hay que registrar entre los primeros a los infantes don Francisco de Paula y su esposa doña Luisa Carlota de Nápoles y sus seis hijos que en 1830 permanecieron doce días, volviendo tres años más tarde para estar un mes largo, alojándose en el Parador Real y bañándose todas las mañanas en Ondarreta. Fue en 1845 cuando los médicos que trataban una afección de la piel de Isabel II, entonces una moceta de 15 años, la recomiendan los baños de mar. Elige nuestra ciudad y el Ayuntamiento la obsequia con una caseta de planta cuadrangular que tenía un gracioso balconcillo, todo ello diseñado por el arquitecto municipal. Se inicia con los bañistas la lenta transformación de la playa. Unos años después, en 1887, doña María Cristina, Reina Regente, aconsejada por el duque de Bailén y don Antonio Alonso Martinez, elige nuestro pueblo para Corte veraniega de España. El resto es historia sabida. Basta contemplar algunos grabados y algunas viejas fotografías de la época para juzgar la gran mutación de la playa de la Concha.

Maurice Level decía que si el mundo nació en siete días, las playas nacieron en siete épocas: un pintor, tres pintores, diez pintores, un literato, cinco periodistas, un especulador, la muchedumbre ..........

Cuando escribo estas líneas un mundo variopinto puebla nuestras playas, se zambulle en el agua y se tuesta para estar a la moda. Dijérase que están haciendo realidad el verso de Pablo Neruda : "Mirar las nubes; tomar el sol; oler la sal". Si no hubiera tenido San Sebastián ese regalo de Dios que es la Concha y sus playas, la ciudad hubiera sido otra pues al no disponer de la gran atracción que éstas suponen no hubiésemos sido Corte veraniega de España ni habría sido elegido nuestro pueblo para residencia estival de tanta gente y lugar de ocio para esa masa de turistas que todos los años, desde hace más de un siglo, nos visita. El carácter cosmopolita de San Sebastián se debe a su situación geográfica y a sus playas. Lo demás, el Casino, la Semana Grande, el Circuito, el Hipódromo, las fiestas .... son aditamentos. Por eso debemos cuidar las playas como a las niñas de nuestros ojos y is es preciso, sembrar rosas en las arenas doradas Que ningún Ayuntamiento mire como negocio  la explotación de la playa, pues sería un craso error. Si se pierde dinero en el mantenimiento de los servicios, no importa. Es dinero rentable.

Estoy acodado en la barandilla contemplando la bahía en esta mañana de verano. Está la Concha llena de sol y de bañistas, abundan las velas de los balandros, las ligeras piraguas y las tablas de surf. Igual que yo habrán estado admirando el paisaje miles y miles de donostiarras que me precedieron en la vida, miles y miles de veraneantes que aquí han venido a consumir sus ocios durante tantos estíos. Y al perder la mirada en este pequeño lugar encerrado entre la isla y la costa y los montes de Igueldo y Urgull, muchos habrán pensado en los hechos y acontecimientos que en estas aguas y junto a ellas han acaecido a lo largo de los años.



Barandilla de la Concha y su entorno

La isla de Santa Clara

¿Cuándo a la isla que cierra la bahía de la Concha la bautizaron con el nombre de Clara de Asís, la hija de los condes de Sasso Rosso que supo "trocar los placeres del siglo por el duelo de los sufrimientos del Señor"? Muy joven entró la futura Santa Clara en un convento de benedictinas y sus "trenzas doradas cayeron al suelo y un negro velo cubrió su cabeza. En vez de los vestidos de seda que aquel día habían sido la envidia de sus compañeras, recibió una grosera túnica de lana; en vez del ceñidor adornado de pedrería, una áspera cuerda de nudos; en vez de los zapatos bordados, unas sandalias de madera", según escribió uno de sus biógrafos, Fray Justo Pérez de Urbel. Clara Scifi se había convertido en Sor Clara. Murió en el año 1253, siendo canonizada dos años después por Alejandro IV. Aquí hay testimonios de que en 1489 ya se llamaba Santa Clara al terruño anclado en el mar, cerrando la bahía entre Urgull e Igueldo.

Sobre esta isla se ha escrito mucho. Uno de los que se ocupó de ella fue aquel inglés desconocido que en 1700 publicó un librito sobre San Sebastián y que dos siglos largos después, en 1943, lo descubrió en una librería de Londres Manuel Conde López, propietario de la Librería Internacional de San Sebastián, que lo tradujo y le agregó unas notas, editándolo con dibujos de Carlos Ribera y aguafuertes de Andrés Lambert. En el libro, el desconocido autor, habla del castillo, del modo de vivir en la ciudad, de las casas, de los pescadores, de los trajes que entonces se usaban, de las mujeres y los curas, de las costumbres y las diversiones.... y,¡cómo no! de la isla. De esta escribe :

"A la entrada de la bahía existe un monte que se llama Santa Clara, en donde hace tres meses vivía un ermitaño de la orden de San Francisco. El hombre pedía limosna para vivir y solía contar muchas historias y leyendas. También ayudaba a llenar los barriles de vino, pero el pobre viejo estaba todos los días borracho como una cuba. Según dijeron, lo despacharon de su celda por esa causa; aunque se cree que fue más bien por meter al que tienen ahora.

Se trata de un caballero del Reino de Castilla, de gran posición, a quien por alguna causa le confiscaron sus bienes, confinándole en la isla como ermitaño.

Ha de mendigar su pan durante catorce años, al cabo de los cuales le devolverán su fortuna. Durante ese tiempo la Iglesia y los curas usufructúan las rentas del caballero. Todos los herejes que mueren los entierran allí. Cuando sacan los cadáveres de la ciudad para ser llevados por mar hasta la isla, donde son sepultados, una chusma de hombres y mujeres siguen detrás insultando al muerto y gritando : ¡"Ese va al Infierno!".

El producto de la tierra de la Isla es para el ermitaño, y lo vende según le conviene".

En el manuscrito de la Colección Vargas Ponce que se conserva en el Archivo de la Real Academia de la Historia hay una curiosa descripción de San Sebastián hecha por el presbítero Joaquín Ordoñez en 1761. Este sacerdote, nacido en Mansilla y muerto en nuestra ciudad en 1769, fue enterrado en la parroquia de San Vicente y en la publicación de los contenido en la colección citada hay referencia a la isla de Santa Clara. Escribe el citado presbítero :

"Hay una isla, a poca distancia del castillo, que se llama Santa Clara

El monasterio de Santa Teresa

Anciana y enferma, agotada de tanto trabajar y tanto caminar bajo el sol abrasador del páramo, azotada por el cierzo de Castilla, pisando tierras heladas o sendas anegadas de agua, Teresa de Jesús se siente morir. Se halla en Burgos y quiere volver a su primera fundación,el convento de San José de Ávila. emprende el camino, pero tiene que detenerse en Alba de Tormes, obligada a guardar cama. "¡Válgame Dios, qué cansada me siento!", dice a sus monjas. "Mas ha veinte años que nunca me acosté tan temprano". Pocos días después moría tras catorce horas de éxtasis. Era el 4 de octubre de 1582. Teresa de Cepeda y Ahumada, nacida en noble cuna, escuchó la voz del Señor y cambió las elegantes tocas femeninas por el sayal del Carmelo y los delicados chapines por las sandalias de leñosa fibra. Reformó la orden y aquella "fémina inquieta y andariega" pobló España de conventos.

CONVENTO DE SANTA TERESA
La santa, en su andariega vida, no llegó a San Sebastián y fue una de sus hijas la que fundó el convento de Santa Teresa que se alza en la ladera de Urgull y que después de tres siglos de existencia es consustancial con la ciudad. Sus muros, asomándose sobre la bahía, dominando el caserío de la urbe, han sido testigos de las páginas de la historia de nuestro pueblo, algunas de ellas tristes y calamitosas. En estos tres siglos largos de existencia, el convento de Santa Teresa ha sido una privilegiada atalaya desde la cual las monjas del Carmelo, asomándose a alguna enrejada ventana habrán admirado las fiestas que en la bahía han tenido lugar los días fastos de la ciudad. Como sus hermanas instaladas en el Morro de San Juan de Puerto Rico que siguen agitando una bandera española como emotivo homenaje a los barcos que entran y salen  en aquel puerto y llevan pabellón de nuestra patria, verían las de Santa Teresa los navíos de la Real Compañía  Guipuzcoana de Caracas que hacían la ruta de las Américas y traían en sus bodegas los productos de Ultramar, y al duque de Berwick y a los hombres de la Cuádruple Alianza entrar en la ciudad, lo mismo que a los convencionales del general Moncey que se llevaron las alhajas y los libros del convento. Presenciarían la trágica destrucción de San Sebastián por las tropas anglo-portuguesas y las llamas del incendio llegarían hasta los muros del convento en aquella jornada del 31 de agosto de 1813.

Pero no sólo hay muerte y sangre en el acontecer de la historia, sino que también se dan fiestas en algunas jornadas y el eco de éstas habrá llegado en tantas y tantas ocasiones hasta el silencio de la clausura monjil. Mas para la comunidad, más fija en el cielo que en la tierra, sus días son idénticos, los pasan entre rezos, penitencias y trabajos. Sus vecinos del muelle no las olvidad y nunca faltan los donativos generosos a los que ellas corresponden con sus oraciones y con ese riquísimo arroz con leche elaborado según fórmulas celestiales por manos arcangélicas, y que es inimitable por mucho arte que se tenga con canelas y arroces.

El monasterio de San Telmo

No les fue fácil a los PP. Dominicos fundar un convento en San Sebastián dada la fuerte oposición de los clérigos de la villa que llegaron a las más altas instancias, nada menos que al emperador Carlos V, para impedir que los hijos de Santo Domingo se establecieran aquí. El año 1516 llegó Fray Martin de los Santos, del Monasterio de Piedrahita, a predicar la Cuaresma. Algunos donostiarras se acercaron a él pidiéndole fundara su Orden un convento. El provincial Fray Jerónimo de Loaisa vino a la villa y comenzó las gestiones encontrándose con la primera dificultad, pues no había medio de adquirir los terrenos para el convento. Por fin Fray Martin de los Santos consiguió una provisión real y en virtud de ella el corregidor expropió un solar que había en la calle Santa Corda, propiedad de la familia Engómez, abonando por el terreno 473 ducados de oro viejo y entrando los Dominicos en posesión del litigioso lugar.

La oposición a que se fundara un convento seguía y así escribe don Serapio Múgica que la idea de los Dominicos "tropezó con fuerte oposición de los clérigos de la villa y del resto de la provincia, que así en los púlpitos como en las plazas hacían activa propaganda contra aquella Orden, llegando al extremo de conseguir que ningún vecino quisiera ceder el terreno donde levantar el convento".

El monasterio de San Bartolomé

Tres monasterios están íntimamente unidos a la historia de San Sebastián, los de San Bartolomé, San Telmo y Santa Teresa, y de ellos voy a recoger aquí algo de su historia, muchas veces agitada y dolorosa.

El monasterio de San Bartolomé .

El de San Bartolomé se hallaba sobre un cerro que servía de baluarte y trinchera en las numerosas guerras que vivieron nuestros mayores y era la puerta de la ciudad, donde paraban los viajeros que a ella llegaban , si eran ilustres para recibir honores y todos para contemplar el incomparable espectáculo que se les ofrecía a sus pies.

En San Bartolomé hubo desde tiempo inmemorial, algunos afirman que desde los días de Fortún Garcés de Navarra, en el 891, un monasterio de Canónigas Regulares Agustinas con dilatada historia. Se conservaba el cuerpo incorrupto de la Venerable Madre Leonor Calbo, fundadora del Convento, que se encontró el año 1325, ignorándose cuando murió. El documento más antiguo que se conservaba en el archivo del monasterio era una Bula del Papa Inocencio IV, en la que se dice que Su Santidad recibe bajo la protección de San Pedro y de la Silla Apostólica la Iglesia de San Bartolomé de San Sebastián y de sus Canónigas.

La vida de aquellas monjas estuvo llena de sobresaltos. En 1300 sufrieron el ataque e incendio del monasterio por los piratas ; en 1565 hubo un nuevo incendio que destruyó parte del convento; los franceses en el XVIII volvieron a quemarlo así como las caserías de las Canónigas, que tuvieron que refugiarse en Vitoria. De nuevo en el convento, tuvieron que salir por orden de Napoleón siendo acogidas por las Franciscanas de Zarauz. Volvieron a San Bartolomé tras la derrota  francesa en la guerra de la Independencia, pero abandonaron el convento en 1822 por orden del Gobierno constitucional, acogiéndose en el de las Dominicas del Antiguo, y al poco tiempo Dominicas y Canónigas tuvieron que refugiarse en Hernani, para volver a San Bartolomé en 1823, abandonándolo definitivamente en 1834 con motivo de la primera guerra carlista. Tras deambular por conventos y casas del Antiguo, Hernani, Tolosa, Leiza .... y ante la imposibilidad de volver a San Bartolomé, que era un montón de ruinas, fueron en 1849 a Astigarraga, donde se hallan en la actualidad.

El monasterio era, según los cronistas que lo conocieron, "airoso y gentil, con una iglesia capaz y majestuoso pórtico, ejecutado a principios del XIX según el orden dórico con arreglo a la traza del famoso ingeniero Hércules Torrelli".

A aquellas monjas y a aquel convento sucedió otro, cuya historia resumiré.

Cuatro parroquias - Buen Pastor

La división de la Ciudad en "intramuros" y "extramuros" quedaba, tras el derribo de las murallas en 1863, en el olvido. Comenzaba la expansión de la urbe, crecía el número de habitantes y era necesario para la atención espiritual del vecindario ampliar el número de parroquias.

En el Arreglo Parroquial diocesano de 1881 se acuerda erigir una parroquia en la zona resultante de las marismas próximas a Amara y se nombra a don Martín Lorenzo de Urizar cura ecónomo, que en un principio ejercía sus funciones en la parroquia de Santa María y mientras se encontraba dinero para levantar el nuevo templo se habilitaban provisionalmente como parroquia los bajos de la casa número 44 de la calle de San Marcial, esquina a Urbieta, propiedad de doña Trinidad Anabitarte, casa que después y durante años se convirtió en una famosa pastelería, "La Dulce Alianza". Se abrió esta parroquia el 17 de Julio de 1885, siendo el primer bautizado en la misma el niño Juan Francisco Berraondo Insausti.

Aquella modestísima parroquia era atendida por las Siervas de María, vecinas de la misma, pues ocupaban el primer piso, hasta que se terminó su convento en la calle San Martín número 45, que actualmente ocupan. Aunque las funciones solemnes se seguían celebrando en la parroquia de Santa María, aquella humilde iglesia vio cómo un día de 1886 asistía a la misa la archiduquesa de Austria, madre de la reina María Cristina, que había viajado a España para asistir al bautizo de su nieto el rey Alfonso XIII.

Aquella parroquia que estaba bajo la advocación del Sagrado Corazón era a todas luces insuficiente para la creciente feligresía por lo que se gestionó que hasta que se construyese  la iglesia definitiva proyectada, se levantara aunque fuera provisionalmente un templo mayor. El Ayuntamiento cedió los terrenos que había junto al mercado de San Martín que daban entonces a la llamada calle del Príncipe, que hoy ocupan la pescadería. Rápidamente se comenzó a trabajar y se llamó a un arquitecto de Bayona para que hiciera los planos del nuevo templo. Don Luis Murugarren dice que no se sabe si aquella iglesia se construyó con arreglo a los planos del arquitecto francés pero que "ofrecía el mismo aspecto y ambiente de las típicas parroquias de Laburdi, con su maderamen oscuro y sus falerías"
PARROQUIA DE LABURDI


Las obras se hicieron con rapidez y el 25 de marzo de 1888 el periódico "La Voz de Guipúzcoa" decía: "Hoy domingo, a las once de la mañana, se verificará la bendición de la parroquia provisional del Ensanche. Asistirá a la ceremonia una comisión del Ayuntamiento. Ayer tarde aún trabajaban numerosos obreros en la fachada del edificio, dando la última mano". Un cronista testigo del acto escribió: "Del provisional edificio nada decimos, sino que es espacioso y, como interino, puede pasar, si bien no reúne todas las condiciones necesarias para un templo. Una comisión del Ayuntamiento asistió al solemne Te Deum que se cantó a gran orquesta, dirigida por don Julián Martinez".