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jueves, 26 de julio de 2012

El monasterio de San Bartolomé

Tres monasterios están íntimamente unidos a la historia de San Sebastián, los de San Bartolomé, San Telmo y Santa Teresa, y de ellos voy a recoger aquí algo de su historia, muchas veces agitada y dolorosa.

El monasterio de San Bartolomé .

El de San Bartolomé se hallaba sobre un cerro que servía de baluarte y trinchera en las numerosas guerras que vivieron nuestros mayores y era la puerta de la ciudad, donde paraban los viajeros que a ella llegaban , si eran ilustres para recibir honores y todos para contemplar el incomparable espectáculo que se les ofrecía a sus pies.

En San Bartolomé hubo desde tiempo inmemorial, algunos afirman que desde los días de Fortún Garcés de Navarra, en el 891, un monasterio de Canónigas Regulares Agustinas con dilatada historia. Se conservaba el cuerpo incorrupto de la Venerable Madre Leonor Calbo, fundadora del Convento, que se encontró el año 1325, ignorándose cuando murió. El documento más antiguo que se conservaba en el archivo del monasterio era una Bula del Papa Inocencio IV, en la que se dice que Su Santidad recibe bajo la protección de San Pedro y de la Silla Apostólica la Iglesia de San Bartolomé de San Sebastián y de sus Canónigas.

La vida de aquellas monjas estuvo llena de sobresaltos. En 1300 sufrieron el ataque e incendio del monasterio por los piratas ; en 1565 hubo un nuevo incendio que destruyó parte del convento; los franceses en el XVIII volvieron a quemarlo así como las caserías de las Canónigas, que tuvieron que refugiarse en Vitoria. De nuevo en el convento, tuvieron que salir por orden de Napoleón siendo acogidas por las Franciscanas de Zarauz. Volvieron a San Bartolomé tras la derrota  francesa en la guerra de la Independencia, pero abandonaron el convento en 1822 por orden del Gobierno constitucional, acogiéndose en el de las Dominicas del Antiguo, y al poco tiempo Dominicas y Canónigas tuvieron que refugiarse en Hernani, para volver a San Bartolomé en 1823, abandonándolo definitivamente en 1834 con motivo de la primera guerra carlista. Tras deambular por conventos y casas del Antiguo, Hernani, Tolosa, Leiza .... y ante la imposibilidad de volver a San Bartolomé, que era un montón de ruinas, fueron en 1849 a Astigarraga, donde se hallan en la actualidad.

El monasterio era, según los cronistas que lo conocieron, "airoso y gentil, con una iglesia capaz y majestuoso pórtico, ejecutado a principios del XIX según el orden dórico con arreglo a la traza del famoso ingeniero Hércules Torrelli".

A aquellas monjas y a aquel convento sucedió otro, cuya historia resumiré.

En el siglo pasado la Compañía de María que fundara la que años más tarde sería santa Juana de Lestonnac, tenía conventos y colegios dedicados a la enseñanza en Vergara (1799), Tudela (1887) y Orduña (1883). Cuando la reina Isabel II veraneaba en Zarauz, alojada en el bello palacio de Narros, figuraba en su séquito el P. Antonio Mª Claret, que había sido arzobispo de Cuba y que acompañaba a la soberana como confesor. Durante los tres meses que pasó la reina en Zarauz, el P. Claret vino a San Sebastián con cierta frecuencia, hospedándose en la casa de doña Jacoba Balzola, viuda de Gazcue, en el número 22 de la calle del Puyuelo, piso tercero, piso extenso pues tenía también vistas a la Plaza de la Constitución, cuyo número 12 formaba unidad con el 22 de la citada calle. Allí se solían alojar los obispos y sacerdotes que por entonces venían a San Sebastián, por lo que a la calle se la conocía con el nombre de Apaizkalea. Doña Jacoba Balzola le habló al P. Claret de la necesidad de abrir en la ciudad un colegio para chicas y cómo la Compañía de María podría ser la que convirtiera la idea en realidad, rogándole hablase a Isabel II a fin de que apoyase en su día el proyecto.


Cuando un año antes doña Jacoba estuvo en Vergara, se puso en contacto con las monjas de la Compañía de María y juntamente con el abogado don José Lázaro de Egaña y el párroco de San Pedro hablaron de la construcción de un convento-colegio en San Sebastián, idea que fue muy bien aceptada por la madre Escolástica de Uranga, superiora de aquel convento. El proyecto era ambicioso y difícil de realizar pues un nuevo convento suponía invertir mucho dinero. Por ello se pensó en la cesión del antiguo convento de Santo Domingo, San Telmo, que desde la desamortización de Mendizabal estaba convertido en cuartel del Ejército. El Obispo de Vitoria, monseñor don Diego Mariano Alguacil, dio su autorización aun sabiendo que lo de San Telmo iba a ser muy difícil de conseguir.


El interés que los promotores de la idea tenían por San Telmo les hace pedir ayudas a personalidades influyentes en Madrid, como el duque de Mandas, el conde de Villafranca, O'Donnell, el P. Claret, Cánovas del Castillo... Era necesaria una solicitud del Ayuntamiento a la Reina y por fin el 4 de abril de 1866 se firma el documento en el que el alcalde donostiarra, don Joaquín Arrillaga, "suplica a V.M. se digne acceder a su ferviente ruego, concediendo a las Religiosas de la Enseñanza de Vergara el ex-convento de Santo Domingo con sus dependencias, para que puedan fundar en él un Colegio donde las niñas de este vecindario reciban la esmerada y gratuita educación que dichas Religiosas acostumbran a dar y con cuyo auxilio logran con el tiempo ser ejemplares madres de familia, que moralicen el hogar doméstico".


Como no se recibiese contestación al documento, el 15 de junio las Madres Escolástica de Uranga, priora, Bibiana Sagasti, superiora, Mª Teresa Sarobe, Dolores Petra Tafalla y María del Pilar de Astiazarán, consultoras, dirigen un escrito a la Reina y reproducen el enviado anteriormente por el Ayuntamiento, rogando a S.M. se dignase concederlas la gracia que el municipio había solicitado para ellas.


Había dificultades para que San Telmo fuera entregado a las monjas, abandonándolo los soldados. El Brigadier de Ingenieros se avenía a ceder la iglesia y el exconvento, pero los claustros no, estando dispuesto a darlas un edificio llamado el "cuartelillo" que había sido antiguo colegio de los Padres Jesuitas.


Como lo de San Telmo no se solucionaba, doña Jacoba Balzola ofreció a las monjas una casa de campo que poseía en Chillardegui, en el barrio del Antiguo. Esta señora era de una tenacidad tremenda como buena extremeña, pues había nacido en Miajadas, hija del marqués de Balzola. Ella ayudó muchísimo a las monjas para establecerse en San Sebastián, y al recibir el 31 de mayo una comunicación del Brigada de las Provincias Vascongadas en la que se decía que "debe desestimarse la pretensión de San Telmo y negarse el permiso que se solicita", tuvieron que cambiar de objetivo y éste fue la colina de San Bartolomé, abandonando el proyecto de la casa de Chillardegui, por considerar que se hallaba alejado de la ciudad.


En San Bartolomé poseía don Eugenio Ripalda unas tierras y una casa llamada Vista Alegre, y a las monjas les pareció lugar idóneo para establecerse. La colina pertenecía a diversos propietarios y allí había zonas de labranza agrícola, solares, pequeñas industrias... Los promotores de la fundación nombraron a don Antonio María de Murua para que se ocupara de la adquisición de la casa y el 14 de septiembre de 1867 se firmó la escritura de compra de Vista Alegre. Según este documento, don Eugenio de Ripalda vendía a don Antonio de Murua la casa, cuyo solar ocupaba 181,74 metros cuadrados más 93 áreas y 36 centiáreas de tierra, constituyendo todo una finca. El precio fue de 17.000 escudos, de los que se habían entregado anteriormente 8.000, y al hacerse la escritura recibió el vendedor 9.000 en monedas de oro y billetes del Banco de San Sebastián. El informe de Sanidad, firmado por los doctores Mariano Revilla y Pedro Otaño, decía que el local reunía las mejores condiciones de comodidad, decencia y salubridad, que ocupaba “una zona sana y la más ventilada que existe en toda la circunferencia, haciéndolo muy apto para destinarlo al objeto que se intenta, pues goza de una belleza extraordinaria y las circunstancias del terreno ligeramente accidentado, le hacen ameno y saludable, pudiendo asegurar que no hay en todo el radio sitio más hermoso ni que ofrezca más puntos objetivos para el recreo de la vista y expansión del espíritu".


Como el adquiriente de la finca figuraba ser el señor Murua, marqués de Murua, el 2 de diciembre de aquel año este señor hace donación a las mojas de la finca y unos días después la superiora del convento de Vergara recibió del subsecretario de Gracia y Justicia copia de la decisión dirigida al Obispo de Vitoria en la que se dice que la Reina se había dignado autorizar la instalación en San Sebastián de un convento de la misma orden que se dedica a la enseñanza de la juventud, sin perjuicio de que se cumpla el requisito ordenado de constituir por medio de títulos expedidos por la Dirección de la Deuda Pública, con el carácter de intransferibles y aplicación determinada a la fundación, de una renta anual que sufragará los gastos de culto, enfermería, capellán y sacristán. Verificados estos trámites y depositado el dinero que como garantía se exigía, se pudo recoger la Real Cédula y el Obispo de Vitoria, don Diego Mariano Alguacil Rodríguez, dictó el 3 de marzo de 1868 un auto en virtud del cual se erigía canónicamente en la Casa Vista Alegre, barrio de San Martín, jurisdicción de San Sebastián, un nuevo convento de la Orden de la Compañía de María con la advocación de "Inmaculada Concepción", designando para ocuparlo a las Madres Escolástica de Uranga, Estanislada Barúa, Luisa Gonzaga Baramendi y a las hermanas Mercedes Goicoechea y María Jesús de Amestoy y a las postulantas Francisca Togares, Bautista Arceluz y Juana Badiola.


El 9 de marzo de 1868 salieron las citadas religiosas de Vergara acompañadas del Arcipreste don José Mª Bengoa, el conde del Valle, el alcalde de Vergara y el diputado a Cortes por la Provincia y don Juan José Unceta, vecino de Vergara. En Zumárraga se trasladaron todos de los carruajes en que hacían el viaje al tren del Norte, llegando a San Sebastián a las 10 de la mañana, siendo recibida la expedición por el alcalde, gobernador civil, comandante general, diputado del Partido, curas párrocos de la ciudad y las Hermanas de la Caridad de la Casa de Beneficencia. Todos se trasladaron a la parroquia de Santa María donde se celebró una Eucaristía y se cantó un Te Deum, y de allí al nuevo convento donde el Arcipreste declaró instalada la nueva Comunidad de religiosas y entregó las llaves a la Madre Escolástica, quien tomó posesión del convento y entró en el mismo con el resto de la comunidad, cerrando la puerta. Como era la hora de la comida, fueron a la cocina y se encontraron que tenían preparado un buen menú y puesta la mesa, porque las antiguas alumnas de Vergara lo habían hecho. Pocos días después, abrieron las escuelas y "era tan grande el número de niñas que acudieron, que se vieron las monjas obligadas a dar muchas negativas". A la vez que enseñaban, funcionaba un noviciado y en 1871 pudieron profesar cuatro nuevas religiosas, Gregoria Urcelay, de Mañaria, Ulfrida Alday, de Valladolid, Justa Ibarrilaza, de Echevarría, y Casilda Blanco, de Astorga.


Pero las cosas en España andaban revueltas. Cayó en 1868 la Reina Isabel II, que desde San Sebastián tuvo que marchar a Francia; vino después el Rey Amadeo, más tarde la República y por fin Alfonso XII. Y entre tanto, los partidarios de Carlos VII se lanzaron al monte en 1872 comenzando la segunda guerra carlista. San Sebastián estaba prácticamente sitiada por los carlistas y las fuerzas liberales quisieron construir defensas desde el barrio del Antiguo a Vista Alegre, y el 29 de julio de 1873 recibió la Comunidad un oficio ordenando que desalojaran la casa inmediatamente. Decía el gobernador en el escrito que se había acordado construir una línea fortificada desde el reducto avanzado de la Concha hasta el convento situado en San Bartolomé, "punto de suma importancia por su posición topográfica”. El gobernador, don Claudio Quintero, daba a las mojas 24 horas para que abandonaran la casa y la Comunidad aceptó el ofrecimiento hecho por don Roque Heriz y fueron el 30 de julio a su casa, pero el obispo no quería que vivieran en una casa particular y las dijo que fuesen al convento de las Madres Carmelitas, el de Santa Teresa, donde dispondrían de una parte del convento de manera que las dos comunidades quedarían independientes. Y el 9 de agosto abandonaron la casa de Heriz y se trasladaron a Santa Teresa. Poco después, las religiosas Dominicas que habitaban en Uva, al encontrarse muy amenazadas, se refugiaron también en el convento de las Carmelitas. Las relaciones entre las tres comunidades eran muy cordiales. Así puede leerse en el "diario" de una monja que una tarde la maestra de Novicias del Carmelo pasó a ver a las de la Compañía de María con dos novicias y todas tomaron "agua con bolado". Era el obsequio que las hacían.


Pero no todo era paz en el convento de Santa Teresa. Los carlistas bombardeaban constantemente la ciudad, tanto de día como de noche. En el Diario de la Comunidad se recogen algunas incidencias de aquellas jornadas. Así se dice que un día cayeron sobre San Sebastián quinientas granadas. El 30 de enero de 1874 se dice que "estaba acabándose la novena del Santo Rosario cuando se han sentido las primeras granadas; eran las 6. Han tocado las campanas de Santa María, que es la señal, y en cuanto las ha oído la gente, sin aguardar a que se terminara la última oración, han salido todos en masa y alborotados de la iglesia. Algunas personas han sido gravemente heridas, muchas levemente y algunas muertas. Ha durado de 6 a 7,30. En cuanto concluyó la novena, las tres comunidades se reunieron en el tránsito de la portería por parecerles más seguro, y se sentían cómo las granadas caían cerca de casa, porque hacían mucho ruido, sobre todo una causó un verdadero estallido". Aquella noche todas las monjas durmieron en la portería y en su tránsito. Otro día, dice la cronista, el bombardeo fue en un tiempo de clase, lo que hizo que las niñas se asustaran mucho y se alborotasen.


Cuando la guerra ya estaba en sus finales, el 22 de febrero de 1876 visitó Alfonso XII San Sebastián, y en el "diario" se puede leer: “A la tarde, aunque las Madres han ido a abrir la puerta del escuela, no había ninguna niña a causa de que acababa de llegar S.M. el Rey a la ciudad".


En el convento de Santa Teresa vivieron como pudieron las diez religiosas de la Compañía de María. Se habilitaron algunas celdas destinándose a las nuevas huéspedas la parte alta de la casa y se las cedió el sobreclaustro, donde establecieron la escuela a la que iban numerosas niñas que entraban y salían por la puerta que daba a la subida al Castillo. Los rezos los hacían en el oratorio del Noviciado y el refectorio se arregló en el tránsito de salida. Mientras permanecieron en Santa Teresa entraron siete novicias, sin que falleciese ninguna religiosa.


Cuando llegaron las Dominicas de Uva, diecisiete en total, hubo que buscar sitio para ellas, colocándose las monjas de dos en dos en las celdas que se habilitaron en los tránsitos, con mamparas.


Cuatro años permanecieron las monjas de la Compañía de María en el convento de las Carmelitas, y dos las Dominicas, hasta que acabada la guerra en 1876 cada comunidad volvió a sus respectivos conventos, y pese a ser tan distintas las monjas en su género de vida religiosa, jamás hubo diferencia ni disgusto de ninguna clase, haciendo todas una vida de verdaderas hermanas.


El 1 de junio de 1876 el Gobierno militar devolvía Vista Alegre a las religiosas, pero el edificio se encontraba inhabitable, por lo que pensaron en construir en su propiedad un nuevo convento en vez de reparar lo que quedaba del anterior. Se pidieron los permisos correspondientes, contándose con la ayuda de personas bienhechoras que les proporcionaron los medios para realizar una obra que sería beneficiosa para la ciudad y la provincia. El 10 de agosto se ponía la primera piedra del edificio y las monjas lo celebraron "tomando dulce con chocolate". Don Nemesio Barrio y otros arquitectos se quejaron a la Diputación porque un maestro de obras dirigía los trabajos. En efecto, era don José C. Osinalde que llevaba las obras y la razón, que prestaba gratuitamente el trabajo. Las obras iban a gran ritmo y el 26 de mayo de 1877 ya pudieron trasladarse las monjas desde Santa Teresa. Solicitaron y obtuvieron permiso de disponer allí mismo de un campo santo y las obras para hacer el edificio que ahora conocemos continuaron no sin múltiples dificultades. En noviembre de 1882 les comunicaba el Ayuntamiento que serían expropiados los terrenos que fueran necesarios a las religiosas para construir allí la cárcel. Hubo que suspender las obras hasta que en septiembre del año siguiente al Ayuntamiento comunicó que desistía del proyecto y podía continuar la edificación. Comunidad y Ayuntamiento llegaron a un acuerdo sobre las indemnizaciones por los perjuicios causados por la suspensión de las obras y en septiembre de 1887 se terminó el frontis y el tejado de la iglesia, meses después las lápidas de mármol que decoran la fachada de la misma y la reja dorada del presbiterio, más tarde el retablo de la Virgen. La nueva casa se bendijo el 18 de agosto, el 19 se colocaron las campanas y el día de San Bartolomé, 24, se inauguró la iglesia, asistiendo el obispo de Vitoria don Mariano Gómez. El edificio de la iglesia cerraba el ala izquierda de la casa nueva, formando un

patio central en el que en 1909 se colocó la estatua del Sagrado Corazón. Poco a poco se fue completando el templo. En 1889 se instaló el altar de la Dolorosa y la araña grande de la iglesia, y en 1892 el retablo mayor. En 1904, al cumplirse los cuarenta años de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción, se completó la fachada con las imágenes de San Luis Gonzaga, San Estanislao, San Juan Bermanhmans, San Benito y San Pedro Claver.


La Reina Regente, Doña María Cristina, que veraneaba en San Sebastián desde 1887, quiso visitar el nuevo convento. Fue el 10 de octubre de 1894. Las campanas se echaron a vuelo. La Reina llegó acompañada de la Condesa de Sástago, del duque de Medina Sidonia, del Gobernador civil de Guipúzcoa y otras personalidades. Entró en la iglesia y tras rezar unos momentos pasó a la clausura, y fue a la sala de recreación de las colegialas que la recibieron a los acordes de la Marcha Real. Su Majestad se detuvo a charlar con las niñas. Hubo obsequios de flores y labores y durante el besamanos se tocó el piano acercándose las niñas de dos en dos. La Reina al despedirse se mostró muy complacida y elogió las vistas que tenía la casa y lo bien que habían tocado el piano.


En el nuevo colegio la media pensión comenzó a funcionar en junio de 1888, siendo las primeras alumnas inscritas María Bianchi Echave, Victoria Olasagasti Ibero y Sebastiana Balaguer Aristizabal. En 1900 comenzaron a tener externas-pensionistas. Para atender a todo el alumnado había a principios de siglo 67 religiosas. Hoy hay 38 monjas y 37 profesoras que dan clase a 1.150 chicas y chicos.


En 1916 se construyó Zerutxo, casita al pie de la colina que sirvió de vivienda al capellán, y en 1921-23 se levantó un nuevo pabellón para clases que cerraba por el fondo el patio interior.


("Del San Sebastián que fue". JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)

Informe de Valoración Histórica: Evolución Arquitectónica y Patrimonial del Conjunto de San Bartolomé // Plan de Legado Institucional: Resiliencia y Excelencia en San Bartolomé //Crónica de un Cerro: El Monasterio de San Bartolomé y el Alma de San Sebastián
# El Monasterio de San Bartolomé (presentación)(pp)(mp3)
# LA ODISEA DE SAN BARTOLOMÉ (comic)(pp)(mp3)













jueves, 28 de junio de 2012

Los Cien mil Hijos de San Luis



Anochecía en Verona aquel 22 de noviembre de 1822. En la ciudad de Romeo y Julieta había un gran revuelo de comentarios entre la gente . Llegaban carruajes con el polvo de los caminos, conducidos por postillones cansados de la dura jornada. Había reunión de cancilleres en un palacio del "cuatrochento" para salvar a España, la potencia que no supo ganar, tras vencer a Napoleón en Bailén y Arapiles, en el Congreso de Viena.

El más hábil y astuto diplomático del siglo, el príncipe de Metternich, llega a Verona poco antes que sus colegas el francés Chateaubriand, el prusiano  Berestroff y el ruso Nesselrode. La reunión es breve y es Metternich quien lleva la voz cantante. Las cuatro potencias, que forman la Santa Alianza, firman un tratado secreto en virtud del cual facultan al Gobierno francés para que intervenga inmediatamente en España a fin de abolir el régimen constitucional que existía desde el 9 de marzo de 1820 y restablecer en su poder absoluto a Fernando VII.

Extraños movimientos se registraban pocas semanas después en San Sebastián. Llegaban barcos con pertrechos de guerra, había movimientos de tropas, aquí estaba la legión de emigrados franceses, austriacos, polacos, rusos, ingleses, italianos mandados por Mr. Caron. Funcionaban sociedades secretas, parece ser que había alguna logia masónica que trabajaba para rebajar la moral de las fuerzas realistas.

La provincia estaba contra las Cortes, simpatizando con los invasores, pues no olvidaba que el Gobierno constitucional había abolido los Fueros, implantado el servicio militar, las aduanas y las contribuciones, atacado a la religión y cambiado los nombres de las provincias de Guipúzcoa, Álava, Vizcaya y Navarra por los de San Sebastián, Vitoria, Bilbao y Pamplona.

El Ayuntamiento donostiarra acordaba el 23 de Enero de 1823 "defender la independencia nacional y prohibir la invasión extranjera", formándose a la vez en nuestra ciudad un batallón en el que figuraban algunos mozos de la provincia, que unido a los alaveses se llamó Batallón Unido de voluntarios nacionales de San Sebastián y Vitoria y que salió de la capital alavesa el 9 de abril uniéndose a las fuerzas de Gaspar Jauregui. Por Pancorbo, Burgos y Valladolid se dirigieron a León, marchando por Asturias hasta Coruña, donde después de sostener diversos combates con los franceses, capitularon juntamente con la guarnición de la capital gallega el 21 de agosto.

El jefe de las tropas francesas, a quienes se llamó "los cien mil hijos de San Luis", era el delfín de Francia, Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema, que tras atravesar el 7 de Abril el Bidasoa instaló en la Casa Consistorial de Oyarzun la Junta de Regencia, llamada Junta Suprema provisional del Gobierno de España, formada por el general Francisco Eguía, el barón de Eroles, Antonio Calderón y Juan Bautista de Erro, quienes nombraron a Manuel Llander capitán general de las Vascongadas.

El 9 de abril comenzó el cerco de San Sebastián. La línea del bloqueo empezaba en el faro de Igueldo y seguía por el arenal de Ondarreta, convento de Dominicas del Antiguo, Lugariz, Aizerrota, Pintoré, Aldapeta, San Bartolomé, barrio de San Martín, Mundaiz, Piñueta, Concorrenea y arenales de Ulía. La isla era terreno neutral.


En San Sebastián abundaban los partidarios de la Constitución, lo mismo que en Eibar e Irún y algún otro pueblo de la provincia, mientras que en el resto de Guipúzcoa eran los realistas los que dominaban. Con los franceses que sitiaban Sebastián se hallaban voluntarios realistas y paisanos armados de los alrededores de la capital, al mando de Osinalde.


Los franceses, que se comportaron en todo momento con mucha hidalguía, tenían su cuartel general en Ayete y la comandancia de la línea derecha del bloqueo en la casería de Polloe, una hermosa casa con cinco columnas dóricas, de las más bellas de los alrededores de San Sebastián. El parque de artillería, almacenes de administración y sanidad estaban en Hernani, donde residía el sub-intendente Floret y los suministros por mar se hacían en los puertos de Pasajes y Socoa. Las fuerzas sitiadoras se componían de dos divisiones de infantería, artillería y destacamentos de caballería e ingenieros. e


La población de la ciudad sitiada pasaba toda clase de calamidades pues escaseaban los alimentos y al haber cortado el agua del manantial de Morlans, el escorbuto comenzó a causar numerosas víctimas. Los sitiados convirtieron el convento de Santa Teresa en hospital de sangre y en su cementerio fueron enterrados militares fallecidos, cuyos restos pasada la guerra no fueron exhumados por temor a confundir algunos con las religiosas que allí se hallaban.


Además del escorbuto, los donostiarras sufrieron en aquellos aciagos días de la fiebre amarilla que parece ser la trajo de América la corbeta “Donostiarra” que arribó al puerto con carga general. En un momento determinado, el general francés que mandaba las fuerzas sitiadoras permitió entrar en la plaza verduras y alimentos frescos para los enfermos.


Durante el tiempo que duró el bloqueo funcionaron en San Sebastián dos Ayuntamientos, el constitucional que presidía don José Brunet y del que formaban parte don Juan José Blandín y don José Gregorio Echeverría, regiy dores, don Pedro Ignacio Olañeta, tesorero, el secretario don José Joaquín Arizmendi y el aposentador don Joaquín Duble, y el ayuntamiento realista del que era alcalde don Francisco Antonio de Echague, regidor don José María de Soroa, secretario don Ignacio de Alzate y alcalde de segundo voto don José Antonio de Aspiazu. Esta corporación que se titulaba “Ayuntamiento provisional de San Sebastián” se instaló en la casería de Miracruz el 24 de abril de 1823, a las dos semanas de iniciarse el cerco de la ciudad.


Los voluntarios realistas guipuzcoanos del batallón que mandaba don Francisco María Gorostidi parece ser, según refiere el historiador Pedro Soraluce, de quien tomo estos datos, eran bastante indisciplinados y en el acta de la sesión celebrada el 12 de julio de aquel año por el Ayuntamiento de Miracruz aparece una comunicación del



diputado general duque de Granada de Ega, fechada en Azcoitia, en la que pide se abra una información dadas las quejas del general francés barón de Carruel. El Ayuntamiento defendió el buen nombre del batallón, pero reconocía la existencia de robos y amenazas a mano armada, pero como hechos aislados.


La reacción liberal del trienio 1820-23 terminó en una guerra civil y volvieron las partidas al campo y los excesos de todo tipo. La llegada de los "cien mil hijos de San Luis” inclinó la balanza del lado realista. El rey Fernando VII, el Gobierno y las Cortes huyeron a Sevilla y luego a Cádiz, que fue sitiada por los hombres del duque de Angulema. Tras la toma del Trocadero, el rey fue reintegrado a su poder absoluto el 1 de octubre de 1823, terminando con ello el periodo constitucional y Fernando VII, igual que en 1820 dijo aquello de “marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional”, se dispuso a “borrar los tres mal llamados años".


Ante estos hechos, la resistencia de San Sebastián no tenía ningún objeto y el 27 de septiembre de 1823 capituló la plaza. La ciudad y su castillo fueron ocupados por el general conde de Ricard el 3 de octubre, siendo llevados a Francia como prisioneros de guerra los jefes y oficiales militares, que fueron bien tratados. Marcharon treinta del Estado Mayor, Marina y retirados, veintiuno de Artillería, Ingenieros y Maestranza, ciento cuatro de Infantería, diecisiete de Sanidad y Administración militar y diez capellanes. у


a Los franceses, pese a haber terminado la guerra y haber recuperado su poder el rey, se quedaron en San Sebastián cinco años más. Aquí permaneció el Regimiento de Infantería de línea número 55, compuesto de mil hombres, más el Estado Mayor, Parque, depósitos, dos compañías de Artillería y un número considerable de empleados. Se puede calcular que al comienzo de 1828 había en San Sebastián de 1.500 a 2.000 hombres. La infantería estaba en los cuarteles de la plaza y en el Macho, la Artillería en el cuartelillo de San Felipe, que se hallaba en la manzana que hoy está limitada por las calles Igentea, Mayor, Vilinch y Perujuancho, y en los pabellones de Urgullmendi. Ingenieros, Sanidad y Administración militar ocupaban, aparte de algunos almacenes, la antigua cárcel y el llamado cuartelillo de Ingenieros, en la calle de la Trinidad. Los soldados franceses, que fraternizaban amigablemente con los donostiarras, solían maniobrar en el prado Erregeren-soroa, o campo del Rey, en la actualidad Boulevard.


Fue el 3 de mayo de 1828 cuando los franceses evacuaron la plaza, a las seis y media de la mañana, en tres columnas, siendo despedidos muy cariñosamente por los donostiarras y los emigrados franceses que aquí vivían. La impedimenta y material pesado se embarcó en el puerto, mientras las columnas marcharon a pie en dirección al Bidasoa. La autoridad militar que recibió la plaza fue el capitán general de Guipúzcoa, don Blas de Fournas.


Hay un hecho curioso registrado en las actas del Ayuntamiento de Miracruz. Este dio a Alza determinadas órdenes, considerando a Alza parte de la ciudad. El alcalde de Alza, don Juan Francisco de Arzac contestó el 31 de julio de 1823 negándose a reconocer la jurisdicción de San Sebastián, recalcando que “quiero mantener y conservar la posición en que me hallo de mi gobierno político y económico que tengo con su Ayuntamiento independiente de esa ciudad desde tiempo inmemorial”, firmando además del alcalde los concejales don Manuel Elizalde, don Luis Aduriz y don Miguel Francisco de Arrieta. y


Aquel cerco de la ciudad y posterior ocupación de la misma no fue tan violento como el registrado un siglo antes, cuando los 30.000 soldados franceses mandados por el duque de Berwick acamparon en las inmediaciones de San Sebastián el 20 de junio de 1719, abriendo una línea de trincheras en el monte Artía, encima de las monjas de San Bartolomé, a la izquierda del camino de Hernani, adelantándose poco después hasta la entrada del arrabal de San Martín.


Mandaba en aquella ocasión la plaza el brigadier capitán de guardias walonas don Alejandro de la Mota y la guarnición estaba compuesta por el primer batallón de Zamora, dos de Africa y uno de Sevilla, un destacamento de flamencos de diferentes regimientos y una compañía de artillería. La ciudad se aprestó a la defensa. Se nombraron cuarenta marineros para servir la artillería quedando de sargento mayor el capitán de Zamora don Pedro Montaño. Ingenieros eran don Pedro Moneu y don Pedro Supervida. Entre los paisanos estaba el conde de Villalcazar de Sirga. Más de doscientas mujeres se presentaron con bizarría a servir materiales; en baterías sólo se emplearon treinta en sitio de peligro como llevar faginas, dándoles un peso diario. En la isla de Santa Clara estaba el capitán de Zamora don Juan Mendieta con cuarenta soldados, treinta paisanos y seis cañones de seis y de ocho.


A mediados de julio formaron los sitiadores una comunicación de Ulía hasta San Francisco, armándola con baterías. Pocos días después intentaron alojarse en el campo abierto de la izquierda del Hornabeque y Rebellín, empezando el intenso cañoneo. El 29 hubo una suspensión del fuego para que pudieran ser enterrados los cadáveres de los sitiadores.


Los franceses batían la plaza con treinta cañones y dieciséis morteros desmontando la artillería del Cubo, llegando el 1 de agosto al pie del Baluarte del Gobernador. Se hicieron las capitulaciones y la guarnición se retiró al Castillo ocupando la plaza el regimiento francés de Picardía con su coronel duque de Montbaron. Los franceses se alojaron en el convento de San Telmo, Casa de Jesuitas y convento de Santa Teresa.


Las baterías seguían tirando al mirador del Castillo y desde éste se respondía arrojando a la vez piedras de hasta cuatro quintales. El 5 de agosto hicieron una salida con buen éxito los hombres del Castillo protegidos por el fuego de cañones de a cuarenta cargados a metralla, haciendo muchas bajas al regimiento de Normandía.


Continuó el fuego contra el Castillo hasta que el día 15 se incendiaron los almacenes de víveres ardiendo los toneles con aguardiente, vino, etc. Entró el pánico en la guarnición y fue una lástima pues el duque de Berwick pensaba en retirarse y dejar en observación al marqués de Silly con corta fuerza, yendo el resto del ejército a Cataluña.


Hubo tres consejos de guerra para la rendición y don Alejandro de la Mota demostró una gran energía. La capitulación del Castillo se firmó el 16 de agosto a las tres de la tarde, comprendiendo en ella al defensor de la isla de Santa Clara, que también había resistido. La rendición fue honrosísima saliendo la guarnición por la brecha batiendo marcha con carros cubiertos, bagajes, etc. con todos los honores de la guerra.


Estos episodios bélicos son dos más de los muchos que vivió San Sebastián a través de su historia.