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jueves, 28 de junio de 2012

Las murallas - El derribo

La historia de San Sebastián puede dividirse en dos periodos, el anterior al derribo de las murallas y el posterior. La fecha de 1863 fue clave para nuestro pueblo pues es cuando se inicia la expansión de la ciudad que hasta entonces estuvo encerrada, como plaza fuerte que era, en las fortificaciones.

Respecto a las murallas, como sobre tantos temas importantes que han afectado a nuestro pueblo, hubo división de opiniones pero la inmensa mayoría de donostiarras se mostraba partidaria del derribo. No fue fácil conseguir del ramo de guerra la autorización correspondiente, pero la evolución de las técnicas militares hizo que las murallas perdieran la importancia que habían tenido en tiempos pretéritos. Se hicieron múltiples gestiones en Madrid hasta que el 29 de abril de 1863 llegó la esperada noticia.

Aquel día se representaba en el Teatro Principal la ópera italiana "El Trovador". La sala estaba de bote en bote y en uno de los entreactos el alcalde , don Eustasio Amilibia, se puso en pie en el palco que ocupaba y dirigiéndose al público anunció que en aquel momento acababa de recibir por telégrafo el texto de la Real Orden que decretaba el abandono de San Sebastián como plaza fuerte y autorizaba al Ayuntamiento a abrir las puertas que quisiera en la muralla. Leído el telegrama, todos los asistentes puestos en pie vitoreaban a la Reina Isabel, a los generales Concha, Prim, Zabala, Ferrer, Angulo y Arteche y a los prohombres Claudio Antón de Luzuriaga, Pascual Madoz, José María Collado, Javier Barcaiztegui y Fermín Lasala (éste presente en el Teatro), que tanto habían hecho para conseguir el derribo de las murallas.

El texto de la disposición decía lo siguiente :
"Acordado por Real Orden de esta fecha el abandono de San Sebastián como plaza de guerra y el consiguiente derribo de sus murallas en la forma que en la referida resolución se indica, la Reina (q.D.g.) ha tenido a bien autorizar al Ayuntamiento de dicha ciudad para que desde luego y a su costa, pueda abrir las puertas o boquetes que sean necesarios para facilitar la circulación y comunicaciones con el exterior, con objeto que el desahogo que de esta manera ha de producirse pueda tener lugar sin esperar los acuerdos que conforme a lo que determina la Real Orden han de recaer respecto de todo el derribo".

Un año después, el 27 de Abril de 1864, se publicó la Real Orden mandando derribar las murallas y fortificaciones de San Sebastián y en vista de ello el Ayuntamiento acordó la inmediata ejecución de las obras. Medio siglo después, un cronista local escribía : "Desde este momento nuestra Iruchulo perdió su carácter especial, como de sola y bien unida familia, cuyos gustos y costumbres éranse los mismos constituyendo una sociedad homogénea; pero en cambio además de las mejoras materiales, adquirió una gran expansión, pudiendo salir sus moradores de día y de noche del recinto en el que estaban confinados".

Fue el 4 de mayo cuando de una manera simbólica empezó el derribo de las murallas. Aquel día se reunió el Ayuntamiento en sesión extraordinaria y solemne asistiendo las autoridades civiles y militares y el cabildo eclesiástico de birrete y manteo. Según el relato del archivero don Baldomero Anabitarte, el regidor en funciones de síndico, don José Angel Lizasoain, tomó la bandera, la misma con la que se levantó el pueblo por Isabel II el 5 de octubre de 1833. Salió de la Casa Consistorial el cortejo precedido de los maceros, músicos, juglares y banda de música y acompañado de numerosos vecinos se dirigió a la muralla Sur, frente a las casas del Parador Real y de Beraza, donde el gobernador civil, don Benito Canella, pronunció un discurso que terminó con un "¡Viva la Reina!".

El archivero municipal escribe: "La briosa entonación que supo dar a sus palabras, el noble entusiasmo y la satisfacción vivísima que se retrataba en su semblante, produjeron en el auditorium una impresión tan vehemente, que después de contestarle con un viva entusiasta a la Reina, fue vitoreado a su vez por el pueblo que se extendía a lo largo del muro".

Siguieron los vivas a las autoridades militares, al Ayuntamiento y finalmente a la libertad, extendiéndose los vivas desde el baluarte de San Felipe al Cubo Imperial. Pese al mal tiempo, pues durante aquella histórica escena llovía torrencialmente, no se enfrió el entsiasmo entre los donostiarras que en bloque asistían al acto.

Entre aclamaciones, el gobernador civil tomó la palanca de plata preparada a tal efecto y la introdujo en una piedra de la muralla, previamente señalada, que fue derribada. Llamó al alcalde, don Eustasio Amilibia, y éste acabó de saltar y tirar la piedra. Un grupo de obreros continuó el derribo mientras los coros y la orquesta entonaron el himno del maestro Juan José Santesteban, letra de Ramón Fernández de Garayalde y Otálora, que comenzaba así:

"Brilla el iris al fin, en tu cielo/Blanca Easo, cautiva paloma/Ya tu negra prisión se desploma/Libre ya ves el vuelo tender (...) Arrullada en tu cuna de arena/A la sombra de verde colina/Tú naciste en la fresca marina/Como un cisne flotando en la mar./Y galana y risueña te miras/En tu concha de azul y de plata/Que en tus plácidas ondas retrata/Murmurando a tus pies tu beldad (...) Cubre el margen del manso Urumea/Vuela a unirte a tu hermana olvidada/A Pasajes, la perla envidiada/La que tiende sus brazos a ti./Juntas ambas seréis rico emporio/Honra y prez de solar guipuzcoano/Y a las glorias de Oquendo y Elcano/Nuevas glorias sabrás añadir".


El acto había terminado y el cortejo, con el mismo ceremonial que a su llegada, regresó a la Casa Consistorial mientras el pueblo mostraba su alegría a ratos pasada por el agua de los chaparrones.


Todos eran conscientes que habían asistido a un acto histórico, aunque no podían calcular las consecuencias del derribo de las murallas en orden a una nueva y próspera Iruchulo que dijérase que acababa de nacer.


San Sebastián, un pueblo de caballeros donde a los vecinos se les consideraba hidalgos si probaban la limpieza de sangre, no podía dejar la ocasión de la autorización del derribo de las murallas para mostrar su agradecimiento a quienes habían trabajado a fin de conseguir que las aspiraciones de los donostiarras se cumplieran. Y así en la citada sesión municipal del 4 de mayo de 1863 expresó públicamente el reconocimiento a cuantos intervinieron en el acuerdo que se contenía en la Real Orden del 29 de abril. Pero no era un reconocimiento un tanto vago y general, sino que se mencionaban los nombres y lo que cada uno de aquellos caballeros hicieron.


Así el agradecimiento alcanzaba al marqués de la Habana, ministro de la Guerra, "que dictó y presentó a la aprobación de Su Majestad las Reales ordenanzas tan favorables a los residentes en esta población". Al caudillo victorioso de la guerra de Africa, duque de Tetuán, que como ministro de la Guerra "consiguió de Su Majestad la R.O. del 17 de marzo de 1862". A Claudio Antón de Luzuriaga, "defensor ilustre en otro tiempo de los intereses de este comercio". A Joaquín Francisco Barroeta Aldamar, "cuyas relaciones de amistad y afecto en esta ciudad vienen de años". A los hijos de este pueblo, don José Manuel Collado, don Javier Barcaiztegui y don Fermín Lasala, "que han formado en Madrid la comisión que activa e incesantemente ha trabajado, siendo secretario de ella dicho señor Lasala”. El agradecimiento se extendía al general don Juan Prim y Prat, marqués de los Castillejos, al marqués del Duero, al de Sierra Bullones, al general Valentín Ferraz y al brigadier Julián de Angulo.


Un nuevo San Sebastián acababa de nacer. Y bien claramente se ve después de haber transcurrido tantos años.


("Del San Sebastián que fue". JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)























Las murallas - La Puerta de Tierra y la Puerta de Mar

Aquellas murallas tenían dos puertas importantes, la de Tierra y la de Mar. La primera se hallaba frente a la plaza Vieja, en lo que hoy es el Boulevard cercano al comienzo de la actual calle de Garibay. Un viejo cronista, citado por José Berruezo, la describió así: "En primer término hay una fuente empalizada y, en el fondo, otra grande de madera con su portillo todo forrado de clavos con chapetones de hierro; en el hueco, de puerta a puerta, hallábase a la izquierda el Cuerpo de Guardia y la escalera que daba acceso a la muralla y al cuarto del oficial que mandaba el retén. Sobre la puerta principal existía una balconadura de madera y un crucifijo de naturales dimensiones. A la izquierda veíase la casa-cuartel de Guardias, la fachada del café y teatro (Café Viejo, del Cubo o de la Facunda) y la fuente en cuyo remate había una especie de grupa con un león. A la derecha, adosadas a la muralla, una serie de casas, de las cuales la de más noble fábrica, con no serlo mucho, era propiedad de los señores de Tito, a cuyo cargo estaba el arreglo y alumbrado del Crucifijo de la Puerta y de una Dolorosa que a sus pies se hallaba".

Aquel Cristo, llamado de la Paz y Paciencia, fue trasladado a la parroquia de Santa María en 1863, al derribarse las murallas. Al ser llevado a esta iglesia, la guardia le despidió, rodilla en tierra, y lo acompañó hasta la parroquia, según refiere Luis Murugarren, quien dice que rara era la mujer que al cruzar por aquella puerta no se santiguara y rezara un Padre nuestro, formando contraste con los dichos y "txorakeris" de los soldados de guardia. Y el león que había también en la puerta se halla hoy sobre un pedestal en la plaza de Lasala.


La Puerta tenía la forma de una paralelogramo rectángulo con trescientos pies de longitud y setenta y seis de latitud, "formando varias casas a cordel con soportales de piedra, cuyos claros se cierran con arcos a regla", según escribió Francisco de Paula Madrazo. "Todos los vanos y aleros siguen una misma línea y por uno y otro costado extiéndese a escuadra con dos magníficas casas que trazan los lados menores de paralelogramo. En la de la izquierda, según se entra en la ciudad, está el “Parador Real", que ha tomado sin duda este nombre por haber servido de palacio a las personas reales cuando han visitado San Sebastián". (Del libro "Una expedición a Guipúzcoa en el verano de 1848", del citado autor).


La Puerta de Tierra tenía mucha "vida", pues allí acudían los donostiarras con frecuencia a ver la llegada de las diligencias que venían de Madrid y de Bayona "con su estela de cascabeles, trallazos y gritos de los mayorales, el paso de las caseras cargadas con los productos del campo guipuzcoano, el pintoresco desfile de los soldados de la guardia en las horas del relevo, y la ceremonia ritual de cerrar los postigos a la caída de la tarde”, lo que según Berruezo constituían otros tantos espectáculos, animada película urbana, pasto de la curiosidad de los desocupados.


En aquella Puerta se colocó en 1564 el escudo con las armas reales con una dedicatoria latina que traducida al castellano decía: "A Felipe II, rey de las Españas, el Concejo y Pueblo de San Sebastián le dedica. 1577".


La otra Puerta, la del Mar, era en cierto sentido tan importante como la de Tierra y si no tenía tanto tráfico de gente como ésta, la superaba en lo que a mercancías se refiere, pues no debemos olvidar que entonces el puerto de San Sebastián era mercantil, además de pesquero. El lector se dará cuenta de la actividad que se desarrollaba en este orden de cosas con el siguiente dato: el año 1857 entraron en el puerto procedentes de La Habana de treinta a treinta y cinco mil cajas de azúcar, cifra más elevada de lo normal debido a circunstancias especiales.


La Puerta del Muelle o del Mar estaba sita donde hoy está el portalón, era de mampostería y sillería y estaba adosada a la muralla con tres aberturas: una que miraba a la calle del Puerto, otra pequeña hacia la Aduanilla que miraba al muelle y otra por el oeste, hacia Kai-buru, más espaciosa, en forma de arco con una azotea aspillerada donde estaba el cuerpo de guardia y los centinelas. Otro centinela solía estar en el fondo de Kai-arriba y en algunas ocasiones tenía que abandonar el servicio cuando había gran temporal pues el mar barría el lugar.


Había en la parte sur del gran portalón hacia Kai-buru una pared que tenía una puerta de hierro que daba acceso a una escalera para bajar a la Concha o playa de la "lasta", llamada así por ser el lugar donde tomaban lastre de arena los quechemarines y lanchones que venían desde Vizcaya con mineral de Somorrostro para las numerosas fábricas que entonces había en Guipúzcoa movidas por agua.


El cabo Blanco, uno de los tipos populares del San Sebastián de mediados del pasado siglo, era el encargado de abrir y cerrar esta puerta de hierro. Blanco había servido en la Marina como artillero y al licenciarse se le nombró alguacil-ordenanza de la Capitanía del puerto. Era muy querido por la gente del mar y siempre estaba dispuesto a prestar una ayuda.


Junto a esta puerta había un banco de piedra y los días de sol allí acudían a charlar algunos marineros jubilados como José Mari, “Caracas", "Churri"... que siempre recordaban sus días de navegación y los riesgos pasados en temporales y tormentas.


Adosada a la pared, en el lado norte del portalón, había establecido una pequeña oficina el corredor de naves e intérprete jurado don Antonio María Goñi, que hablaba correctamente varios idiomas. Descansaba de su trabajo cuidando varios ruiseñores que con sus trinos le hacían más llevadero el despacho de documentos y la traducción de correspondencia.


Al caer la tarde solían acudir a esa oficina amigos del señor Goñi, entre ellos el conde de Casa Eguía y se formaba una tertulia en la que se hablaba de lo divino y de lo humano, de temas municipales y de cuestiones políticas, de líos de faldas y de lances de honor. Cuando el reloj de la parroquia de Santa María daba las siete, se disolvía la reunión pues llegaba la hora del condumio familiar.


("Del San Sebastián que fue". JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)























Las murallas

San Sebastián fue una ciudad eminentemente militar, carácter que adquirió desde los lejanos días del rey Sancho el Fuerte en que se levantó Urgull, el castillo que fue mejorado durante los reinados de Alfonso VIII, Fernando IV, Enrique II y III, Juan I y II y los Reyes Católicos. La urbe se hallaba rodeada de murallas, fosos y baluartes, levantándose junto a la Puerta de Tierra el Cubo Imperial, sito en la parte actual del Boulevard próxima a la calle de San Jerónimo. Existían además unos arcos cubiertos en las entradas de las calles Campanario, Mayor y San Jerónimo. La parte más débil de las fortificaciones era la muralla existente entre el Cubo de Amézqueta y el Castillo, en la zona oriental de la plaza, que fue precisamente por donde penetraron los soldados escoceses el 31 de agosto de 1813. Se llamaba Cubo de Amézqueta en recuerdo de la defensa hecha en 1606 por don Juan de Amézqueta, vecino de San Sebastián, cerca de Peniche con un solo navío contra una armada holandesa compuesta de veintitrés velas.

La fortificación de San Sebastián consistía en un cuadro que cerraba la población por todos sus costados. Por el lado de mediodía se levantaba una muralla de 32 pies de espesor y de gran altura que estaba protegida por varios fosos que hacían muy difícil su asalto, y por los baluartes de Santiago y San Felipe que se hallaban en los extremos de la calle del Pozo y de Igentea. En el centro estaba la Puerta de Tierra con el Cubo Imperial, construido en tiempos de Carlos V y que fue reforzado en 1564 siguiendo los planos de Domingo de Estala y Juan Arzolaraz. Tenía un magnífico escudo con las armas reales realizado en 1577 por el arquitecto Pedro Picart y que fue destruido en la guerra de 1795.

La mayor parte de los planos de defensa se hicieron entre 1516 y 1542, realizados por Pedro Navarro, interviniendo activamente en las obras Diego de Vera contribuyendo la población con la cantidad de 150.000 escudos. Los medios baluartes de San Felipe y Santiago, que miraban al SE y SO se llevaron a cabo en los días de Felipe III y IV, Carlos II y Felipe V. La parte oriental fue ejecutada en 1542, siendo capitán general de Guipúzcoa don Sancho de Leyoa, trabajándose bajo la dirección del capitán Luis Pitiano.

A principios del siglo pasado, con una población de 6.000 habitantes, la ciudad contaba con veintiún calles y varias callejas. Las calles eran Santa María, Trinidad, San Vicente, Juan de Bilbao, Iñigo (alto y bajo), Puyuelo (idem), Esterlines, Lorencio, Embeltrán, Atocha o de la Iguera, del Pozo, del Cuartel o de Igentea, Frente del Muelle, Nueva o del exterior, del Muro, del Campanario, Mayor, San Jerónimo, Narrica, San Juan y de la Zurriola y los callejones del Angel, Peru Juancho, de Ureta o del Pozo y la Cárcel y las plazas Vieja y Nueva y las plazuelas de los Herreros, Santo Domingo y de la Cárcel. Muchos donostiarras no llamaban a estas calles por sus nombres castellanos, sino por otros en vascuence, y así a la de Juan de Bilbao la decían Ikazkalia (del carbón), a la de Narrica, Esnetei (de la leche), a la de Iñigo alto, Kaztezele (de la cárcel), a la de Embeltrán, Aza-kale-zarra (calle vieja de la verdura), a la de San Jerónimo, Eskotilla (de la escotilla), a la del Puyuelo, Apaiz (de los curas), costumbre derivada de la actividad que se registraba en las mismas o de los edificios que había en ellas.

La muralla, cuyo valor estratégico era indudable, la defendían los vecinos en caso necesario al no haber guarnición permanente de tropa. Los alcaldes tenían la obligación y el honor de abrir y cerrar las puertas de la misma. De las siete que había, solamente dos, la de tierra y la de mar, se abrían y cerraban diariamente y de vez en cuando se abría la que había en la muralla de Santa Catalina y en la del Matadero, así como la que luego se hizo, en 1575, para subir al Castillo.


En la Ordenanza municipal de 1415 se dice: "Otrosí que ninguno que toviere llaves de las puertas de la Villa non sea osado abrir puertas algunas de la Villa de noche desque tañere la campana del Ave María fasta que tocare la vocina del alborada, salvo el portal del Puyuelo, so pena que pague el que así abriese las dichas puertas cincuenta maravedis por cada vegada”. Y en las de 1489 se detalla que las puertas no podían abrirse "sin licencia de los alcaldes o regidores salvo en tiempo de vendimia e entonces poniendo buena guarda salvo la puerta del Puyuelo, que esa sea a cargo de los Sagramenteros de la abrir e guardar so pena de mil maravedis".


Esta obligación, a la vez que honroso privilegio, fue a partir de Cisneros compartida, ya que el cardenal estando en 1522 en Vitoria ordenó se entregara una de las llaves al capitán general don Beltrán de la Cueva "salvo los privilegios y ordenanzas de la dicha ciudad". Esta orden la confirmó Carlos V en 1542, mandando que una de las llaves se entregase al capitán general don Sancho de Leyva y explicaba el emperador que no hacía por desconfianza sino por mayor seguridad “porque de vuestra fidelidad y antigua lealtad tenemos larga experiencia y deseamos haceros todo favor y merced, como vuestros servicios y fidelidad lo merecen". Para evitar desavenencias entre civiles y militares, Felipe II ordenó que tanto unos como otros "podían asegurarse si quedaban bien cerradas, tentando y mirando los unos los candados de los otros".


Tenía solemnidad, según refiere Serapio Múgica, el cierre de las puertas. Al anochecer el jefe militar iba al son de caja y pífano a la puerta del muelle, al frente de los soldados que habían de hacer guardia durante la noche y después de repartir los centinelas de la muralla y las cuarenta garitas que en ella había, iba con los que restaban a cerrar la puerta principal, regresando después a su casa con el resto de los soldados. Después el alcalde, rodeado de gente importante con hachas encendidas acudía a las puertas y tras cerrar uno de los cerrojos tanteaba si estaba bien cerrado el que pertenecía a los jefes militares. Todo este ceremonial se mantuvo hasta 1794, al ser ocupada la ciudad por los franceses y no se recuperó el privilegio por los regidores municipales a consecuencia de la causa que se formó a los capitulares y vecinos por su rendición.


Las relaciones de la Corona con sus súbditos eran muy rigurosas y cuando las necesidades de la defensa exigían expropiaciones, éstas se llevaban a término con arreglo a derecho, procurando compensar a los propietarios de acuerdo con la justicia y la equidad. Hay pruebas de ello en las que se realizaron en San Sebastián relacionadas con las fortificaciones en tiempos de Carlos V. En el archivo de Simancas se conservan legajos que fueron estudiados no hace muchos años por don Ignacio Tellechea que confirman cuanto vengo diciendo.


Hubo que hacer obras en una de las murallas de San Sebastián, la de Levante o Zurriola y fue necesario expropiar y derribar "casas y suelos, huertas y herrerías que estaban junto a la muralla de dicha villa y eran de vecinos particulares de ella, conforme a cierta traza dada por don Sancho de Leiva, nuestro capitán general de la provincia de Guipúzcoa y por el capitán Luis Picaño", según carta del emperador de 23 de enero de 1550. Se nombraron maestros tasadores y peritos que en una primera estimación fijaron la indemnización en dos millones cuarenta y nueve mil maravedises, que luego fue rebajada a un millón cincuenta y tres mil ciento catorce al no tener que afectar las obras a todas las señaladas en la primera relación. Esta segunda cantidad fue confirmada por el capitán Ozpina, alcalde del Castillo, ante el escribano Juan Bono, de Tolosa. En el archivo de Simancas están todos los documentos relativos a las tasaciones, poderes del procurador de los damnificados, Pedro de Urquijo, títulos de propiedad, libramientos de los pagos, etc.


Son cincuenta y una las expropiaciones llevadas a cabo junto a la muralla llamada del Cubo o de don Beltrán, en la calle Surriola o Real, la mayoría casas habiendo también huertas y alguna herrería. Muchos de los indemnizados no pudieron presentar títulos de propiedad, alegando la posesión continua de los bienes tanto por ellos como por sus antepasados.


A la hora de firmar los documentos se observa un hecho curioso: la mayoría de las mujeres no sabían hacerlo, solamente dos, doña María y doña Catalina Dengómez de Montaot, firmaron, mientras que veinticuatro no pudieron hacerlo, firmando por ellas uno de los testigos, Juan Martínez de Sagastume. De los hombres, diecinueve firmaron, no haciéndolo siete.


("Del San Sebastián que fue". JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)