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jueves, 26 de julio de 2012

El monasterio de Santa Teresa

Anciana y enferma, agotada de tanto trabajar y tanto caminar bajo el sol abrasador del páramo, azotada por el cierzo de Castilla, pisando tierras heladas o sendas anegadas de agua, Teresa de Jesús se siente morir. Se halla en Burgos y quiere volver a su primera fundación,el convento de San José de Ávila. emprende el camino, pero tiene que detenerse en Alba de Tormes, obligada a guardar cama. "¡Válgame Dios, qué cansada me siento!", dice a sus monjas. "Mas ha veinte años que nunca me acosté tan temprano". Pocos días después moría tras catorce horas de éxtasis. Era el 4 de octubre de 1582. Teresa de Cepeda y Ahumada, nacida en noble cuna, escuchó la voz del Señor y cambió las elegantes tocas femeninas por el sayal del Carmelo y los delicados chapines por las sandalias de leñosa fibra. Reformó la orden y aquella "fémina inquieta y andariega" pobló España de conventos.

CONVENTO DE SANTA TERESA
La santa, en su andariega vida, no llegó a San Sebastián y fue una de sus hijas la que fundó el convento de Santa Teresa que se alza en la ladera de Urgull y que después de tres siglos de existencia es consustancial con la ciudad. Sus muros, asomándose sobre la bahía, dominando el caserío de la urbe, han sido testigos de las páginas de la historia de nuestro pueblo, algunas de ellas tristes y calamitosas. En estos tres siglos largos de existencia, el convento de Santa Teresa ha sido una privilegiada atalaya desde la cual las monjas del Carmelo, asomándose a alguna enrejada ventana habrán admirado las fiestas que en la bahía han tenido lugar los días fastos de la ciudad. Como sus hermanas instaladas en el Morro de San Juan de Puerto Rico que siguen agitando una bandera española como emotivo homenaje a los barcos que entran y salen  en aquel puerto y llevan pabellón de nuestra patria, verían las de Santa Teresa los navíos de la Real Compañía  Guipuzcoana de Caracas que hacían la ruta de las Américas y traían en sus bodegas los productos de Ultramar, y al duque de Berwick y a los hombres de la Cuádruple Alianza entrar en la ciudad, lo mismo que a los convencionales del general Moncey que se llevaron las alhajas y los libros del convento. Presenciarían la trágica destrucción de San Sebastián por las tropas anglo-portuguesas y las llamas del incendio llegarían hasta los muros del convento en aquella jornada del 31 de agosto de 1813.

Pero no sólo hay muerte y sangre en el acontecer de la historia, sino que también se dan fiestas en algunas jornadas y el eco de éstas habrá llegado en tantas y tantas ocasiones hasta el silencio de la clausura monjil. Mas para la comunidad, más fija en el cielo que en la tierra, sus días son idénticos, los pasan entre rezos, penitencias y trabajos. Sus vecinos del muelle no las olvidad y nunca faltan los donativos generosos a los que ellas corresponden con sus oraciones y con ese riquísimo arroz con leche elaborado según fórmulas celestiales por manos arcangélicas, y que es inimitable por mucho arte que se tenga con canelas y arroces.

El que visite la iglesia del convento podrá ver una losa en una de las pardes, bajo el coro, donde hay esta inscripción: "N.I. debajo desta losa está el cuerpo de la noble señora doña Simona de Lajust. Fundadora deste convento. A. 1662". Había muerto en 1957 y en su testamento encargaba, además de 4.000 misas por su alma, que su cuerpo fuera enterrado en la parroquia de Santa María, "en la sepultura donde están enterrados mis padres, que están dentro de la grada en la primera ylera enfrente de la Capilla de San Juan", pero su deseo era que si se fundaba el convento de Carmelitas Descalzas, para lo que dejaba una parte de su cuantiosa fortuna, fuera en éste donde reposaran sus restos. Y eso se hizo tan pronto fue realidad la fundación con la que doña Simona de Lajust soñaba.

Era esta señora la esposa de don Juan de Amésqueta y el matrimonio, muy acaudalado, no tuvo hijos. Fallecido el capitán Amésqueta en 1649 sin testar, sus bienes pasaron a su viuda que otorgó testamento en 1654 ante escribano y siete testigos, de los cuales sólo tres sabían escribir. En la cláusula 50 de la última voluntad disponía doña Simona que se fundase un convento de Carmelitas Descalzas en San Sebastián autorizando a sus albaceas para disponer de sus bienes y venderlos en pública subasta para allegar fondos a fin de cumplir sus deseos.

Doña Simona falleció el 31 de enero de 1657 y al día siguiente ante el alcalde don FRancisco de Orendain, el escribano don Joseph de Ybarra y Lazcano, parte de los testigos y el albacea don Juan Ratt, presbítero beneficiario de las parroquias de San Sebastián y confesor de la difunta, se abrió el testamento. Realizado el inventario de los bienes, parte de los muebles fueron vendidos en pública subasta alcanzando la cifra de 4.239 reales de plata y 3.200 de vellón. Pero el grueso de su fortuna consistía en casas y caseríos, censos, créditos por un total de 2020.237 reales y 114.840 maravedís de renta por un juro de Sevilla.

Comenzaron los trámites para la fundación del convento y a la hora de elegir el sitio se dudaba entre un lugar en el camino que llevaba desde San Sebastián a Hernani o la casa de Santa Ana, sita al pie del monte Urgull en la subida al Castillo, próxima a la parroquia de Santa María y a la casa-torre de los Oquendo, optándose por este segundo emplazamiento. Los trámites religiosos  y administrativos fueron dilatados firmándose las Capitulaciones el 22 de noviembre de 1660 entre el Cabildo y el Regimiento o Ayuntamiento, los vecinos y los jurados mayores, constituyéndose la villa en Patrona de la fundación, otorgándose la Real Licencia el 13 de septiembre de 1661. Realizadas las obras de acondicionamiento de una casa de seglares en convento claustral, el 19 de julio de 1663 se inauguraba el convento y se bendecía la iglesia, formando la primera comunidad cinco monjas del convento de Tarazona, una del de Zumaya y dos novicias de San Sebastián que tomaron los nombres de Maria Teresa de Jesús y María Ana de San José.

Aquella pequeña casa fue ampliándose gracias a donaciones que recibieron y así pudieron disponer de cocina, refectorio, celdas, cuarto de recreo y de labor, etc. utilizando el coro de la basílica de Santa Ana. Pero todo era tan reducido que pronto se sintió la necesidad de ampliarlo. Y esto pudo hacerse gracias a un indiano, don Miguel de Aristeguieta, fiador de la dote de una novicia y que al visitar el lugar se sintió movido a costear las obras. Lo refiere fray Anastasio de Santa Teresa: "Estaba la habitación que ahora tenían en la falda y orilla de un alto monte, o por decirlo mejor, de un peñasquero inaccesible, y considerando el piadoso señor que si desmontaba y allanaba podrían las religiosas gozar de ayres más puros, de vistas más alegres y de más próxima luz, bañado el edificio sin embarazo de toda la del sol, se resolvió con inmenso gasto a poner allí el convento y la iglesia, venciendo con su valor y caudal muchos imposibles".


El Regimiento de San Sebastián autorizó las obras e inmediatamente comenzó el desmonte y la construcción de una pared que evitase desprendimientos de tierras y a continuación se levantó la iglesia y el convento. Las obras las realizó en parte Santiago de Senosiain y quien las dirigió fue fray Pedro de Santo Tomás. La iglesia, de paredes fuertes, tenía traza de cruz latina, sin lujos ornamentales de acuerdo con la pobreza de la Orden. En el retablo había una estatua de Santa Teresa y en los laterales del templo dos lienzos que representaban a Cristo hablando a San Juan de la Cruz y a Elías y los falsos profetas de Baal.


Las obras, que costaron 30.000 escudos, terminaron para el 15 de octubre de 1688 y el día de Santa Teresa tomaron posesión del convento las monjas. Todos estos datos los he tomado de la obra de Luis Enrique Rodríguez San Pedro Bezares, auténtica enciclopedia sobre este monasterio.


Un siglo después, las carmelitas donostiarras tenían cuatro capellanes y un vicario. En aquellas fechas eran veintidós las monjas entre legas y de mitra. El reverendo don Joaquín Ordoñez en el manuscrito que dejó escrito con fecha 1761 describe el convento que "está tan alto que para subir a la iglesia hay más de sesenta pasos de escalera, además de una cuestecilla que equivaldrá a otros veinte pasos; esta escalera está con mucho arte dividida en dos, una ancha y otra angosta, porque las mujeres suban y bajen con decencia y honestidad", y respecto a la huerta dice que parece estar colgada del Castillo "y por eso las señoras ven todos los campos, entrar y salir del muelle las embarcaciones y ellas fueran vistas de todos cuando salen al recreo a la huerta al no haber mucha espesura de árboles".


Luis Murugarren ha estudiado el archivo del convento y a través de la correspondencia que en él se conserva se pueden seguir las vicisitudes y las dificultades que se presentaron en la fundación. Y se puede ver el interés con que el obispo de Pamplona don Diego de Texada y Laguardia se informaba y la meticulosidad con que orientaba sobre lo que en cada caso debiera hacerse. Así, sobre un detalle que podrá parecer nimio hay diversos párrafos en varias cartas: la adquisición de las campanas. En carta de 27 de mayo de 1662 dice el prelado: "La campana está comprada y pienso que en comodidad, porque es a tres reales por libra. Procuraré remitirla cuanto antes". Unas semanas después, el 13 de junio vuelve a escribir monseñor: "Alégrome recibiese Vd. la campana; hágase la lengua y el yugo y dispóngase dónde se ha de colocar, que yo, cuando vaya, pues ha se ser preciso, la bendeciré allá. Las dos pequeñas están mandadas hacer". La campana había llegado al convento el 10 de junio y pesaba cuatro arrobas menos tres libras.


El 1 de julio vuelve a hablar de otra campana: "Yo procuraré que vaya cuanto antes la campana mayor para que Vm. la haga poner con la otra, y espero que todo ha de quedar con perfección..." Esa campana, que pesaba siete arrobas y media, estaba lista el 15 de julio para enviarla a San Sebastián. "Tres ducados di esta mañana para que llevasen la campana y me enfadé porque no ha querido bajar de cuarenta reales. He dado al mayordomo orden para que la envíe, aunque sea pagando 40 reales; si no se vuelven atrás, irá con ésta".


Si el obispo se preocupaba de las campanas ¿cómo no iba a hacerlo en tema de mayor altura cual era el de formar la comunidad de religiosas?. Casi un año antes de que se inaugurara el convento expresa monseñor su opinión sobre la base de la comunidad. Ha convenido y conviene que las fundadoras sean de un mismo convento, porque con eso estarán más unidas y si fueran de diferentes se pudiera temer menos conformidad con que entráramos tropezando a los principios en lo que más suele destruir la observancia religiosa".


Al prelado le preocupaba el que siendo el núcleo principal de monjas procedentes de Tarazona, no se entendieran con las guipuzcoanas. El 6 de enero de 1663 escribe: "Una cosa he reparado y es que ninguna de nuestras fundadoras sabe vascuence y parece que necesitaban de alguna que lo hablase y entendiese. Dígame vuestra merced su sentir en esto". Insiste poco después: “Será de mucha utilidad tener dentro del convento religiosa que sepa la lengua vascongada y sirva de intérprete a las demás, pero esto es menester consultarlo también con las madres fundadoras de Tarazona y proponérselo por conveniencia necesaria suya y del convento".


Resulta curioso el detalle de lo que las monjas que vinieron de Tarazona pagaron por algunos artículos y servicios en el viaje a nuestra ciudad: Por pasar el puente de Tudela en coche, literas y cabalgaduras, ocho reales. Al barquero de Marcilla, diez reales de plata. Por un queso en Alsasua, un real de plata. Por un conejo en Caparroso, un real de plata. Por diez codornices en Tarazona, cuatro reales y medio de plata.


En 1813 quedó reducido a cenizas el sitio de Santa Ana y treinta años después fue construida la fachada oriental del convento. Ahora va a reformarse la vieja casa, cuyas condiciones de habitabilidad dejan mucho que desear incluso para las austeras monjas que viven conforme a la regla de la santa de Avila. Las humedades traspasan los muros del convento y el frío es un permanente compañero de la comunidad. Nada tiene de particular que cuando abundan las lluvias y los termómetros bajan, las monjas se vean afectadas en su salud. Tal vez fue en 1891 cuando más se notó la humedad y el frío, con consecuencias que llegaron a ser graves. Era abadesa la madre Marcelina, hija de una familia acomodada de Oñate y acababa de suceder en el cargo a la madre Anselma y uno de los primeros problemas con los que se encontró fue con una epidemia que afectó prácticamente a toda la comunidad.


Aquel invierno comenzó con extrema crudeza y la enfermedad conocida entonces con el nombre de "trancazo" se extendió por la ciudad, siendo muchos los donostiarras que cayeron enfermos aunque no se llegó a las cifras de Pamplona, donde se registraron nada menos que siete mil casos de esta epidemia.


En el periódico "La Unión Vascongada" del 30 de diciembre de aquel año se escribía lo siguiente: "De tal manera ha invadido el "trancazo" el convento de Santa Teresa, que las monjas actualmente atacadas suman el número de dieciocho de las veinte que componen la comunidad, habiendo fallecido además una, quedando por consiguiente una sola monja en completo estado de salud".


¿A qué se debía que la epidemia se hubiera cebado de tal manera en las monjas de Santa Teresa? El periódico lo explicaba así: "Las causas a las que se atribuye la epidemia del "trancazo" en el convento es la austeridad de las reglas de la Orden y la humedad constante que hay en el edificio, por estar adosado al muro del monte Urgull. Efectivamente, dichas religiosas Carmelitas comen todo el año de vigilia, toman la colación a las 6 de la tarde y entran en el coro a las 9 de la noche, donde permanecen hasta las 11, volviéndose a levantar a las 4 de la mañana para dedicarse a sus prácticas religiosas. Noches pasadas, debido al frío intensísimo que hizo, créese que la mayor parte adquirieron una pulmonía que en la actualidad las tiene postradas en cama, aunque según informes que tenemos fidedignos, la enfermedad no reviste los caracteres de gravedad que generalmente trae consigo esta clase de epidemias".


Al tenerse en la ciudad noticias del estado de salud de la comunidad, varias señoras y Hermanas de la Caridad se ofrecieron para asistirlas en lo que fuera preciso, pero las monjas declinaron el favor. El gobernador civil señor Aguirre de Tejada y el alcalde don Manuel Lizarriturry se ofrecieron también a la autoridad eclesiástica para lo que pudieran ser útiles. Previas las disposiciones del Obispo de Vitoria, entraron en la clausura a prestar servicio tres demandaderas y así superaron el trance epidémico.


Este convento, tan vinculado desde su fundación a San Sebastián, fue visitado en dos ocasiones por los Reyes de España. La primera en 1845, por la reina gobernadora, María Cristina de Borbón, princesa de las Dos Sicilias, cuarta esposa de Fernando VII, a la que acompañaron sus hijas Isabel II y la infanta Luisa Fernanda. Y la segunda el 2 de octubre de 1901 por la Reina Regente Doña María Cristina y sus hijos el Rey-niño y la infanta María Teresa.


Fue la Reina Regente la que anunció al P. Fernando Serra, provincial de la Orden del Carmen, su propósito de visitar el convento y el 2 de octubre Alfonso XIII manifestó a fray Estanislao Ruano, de Salamanca, que aquel día dijo la misa en Miramar, que usando de los derechos que le concedía la regla carmelitana y el código canónico, que autorizaría la entrada en el convento durante su visita a las familias de las religiosas. El convento contaba entonces con veinte monjas, una de ellas familiar de un servidor de la Casa Real.


A las 10 de la mañana de aquel día llegaron al convento en tres carruajes la real familia, alta servidumbre, los dos frailes carmelitas citados, el vicario de Santa Teresa y el historiador y conservador del Museo Municipal don Pedro Manuel de Soraluce. En el atrio se encontraban varios familiares de las monjas.


Mientras eran volteadas las campanas, los reyes entraron en la iglesia a los acordes de la marcha real, interpretada al órgano por una monja. Oraron ante el altar mayor y a continuación se dirigieron al convento, esperándoles dentro de la clausura toda la comunidad con velas encendidas. Las monjas besaron las manos de la reina y de su hijo, quienes visitaron los claustros, la capilla interior, la enfermería, el refectorio y la huerta. Cuando los visitantes se hallaban en el coro, la comunidad entonó el himno de gracias. En la huerta admiraron las vistas que desde allí se contemplan sobre la bahía, el caserío y un lienzo de muralla que se conservaba como en los días del XVIII, fijándose en el emplazamiento de la basílica de Santa Ana y Casa Consistorial hasta los tiempos del rey Carlos V.


Cuando la real familia atravesó el claustro pequeño se desarrolló una escena altamente emotiva. Tras las regias personas iba un grupo de familiares de las religiosas que por primera vez podían penetrar en la clausura. Una de aquellas personas al ir a abrazar a su sobrina sufrió un desmayo y cayó al suelo. La Reina y la Infanta "acudieron con la más afectuosa solicitud a levantarla y la atendieron mucho", dice el cronista de aquella jornada. Quien agrega que en el refectorio, "que es muy pobre", había sobre el plato de la superiora una calavera. La Reina, al verla, se dirigió a sus hijos y les dijo: "Ahí tenéis lo que es el mundo". A esta frase siguió un silencio profundo. Todos los presentes se impresionaron.


SS.MM. fueron obsequiados con pasteles, dulces y Jerez y el cronista termina así la reseña: “Fue una nota muy hermosa de la visita regia la expansión de inmenso cariño que hubo entre las religiosas y sus familias, traducido en expresivos abrazos y besos. Hacía medio siglo que no se levantaba la clausura ni se franqueaban aquellas puertas".


("Del San Sebastián que fue". JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)






El Monasterio de Santa Teresa (mp4)






















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Guía de Vida Monástica: El Carmelo de Santa Teresa en el Monte Urgull
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