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jueves, 26 de julio de 2012

El monasterio de Santa Teresa

Anciana y enferma, agotada de tanto trabajar y tanto caminar bajo el sol abrasador del páramo, azotada por el cierzo de Castilla, pisando tierras heladas o sendas anegadas de agua, Teresa de Jesús se siente morir. Se halla en Burgos y quiere volver a su primera fundación,el convento de San José de Ávila. emprende el camino, pero tiene que detenerse en Alba de Tormes, obligada a guardar cama. "¡Válgame Dios, qué cansada me siento!", dice a sus monjas. "Mas ha veinte años que nunca me acosté tan temprano". Pocos días después moría tras catorce horas de éxtasis. Era el 4 de octubre de 1582. Teresa de Cepeda y Ahumada, nacida en noble cuna, escuchó la voz del Señor y cambió las elegantes tocas femeninas por el sayal del Carmelo y los delicados chapines por las sandalias de leñosa fibra. Reformó la orden y aquella "fémina inquieta y andariega" pobló España de conventos.

CONVENTO DE SANTA TERESA
La santa, en su andariega vida, no llegó a San Sebastián y fue una de sus hijas la que fundó el convento de Santa Teresa que se alza en la ladera de Urgull y que después de tres siglos de existencia es consustancial con la ciudad. Sus muros, asomándose sobre la bahía, dominando el caserío de la urbe, han sido testigos de las páginas de la historia de nuestro pueblo, algunas de ellas tristes y calamitosas. En estos tres siglos largos de existencia, el convento de Santa Teresa ha sido una privilegiada atalaya desde la cual las monjas del Carmelo, asomándose a alguna enrejada ventana habrán admirado las fiestas que en la bahía han tenido lugar los días fastos de la ciudad. Como sus hermanas instaladas en el Morro de San Juan de Puerto Rico que siguen agitando una bandera española como emotivo homenaje a los barcos que entran y salen  en aquel puerto y llevan pabellón de nuestra patria, verían las de Santa Teresa los navíos de la Real Compañía  Guipuzcoana de Caracas que hacían la ruta de las Américas y traían en sus bodegas los productos de Ultramar, y al duque de Berwick y a los hombres de la Cuádruple Alianza entrar en la ciudad, lo mismo que a los convencionales del general Moncey que se llevaron las alhajas y los libros del convento. Presenciarían la trágica destrucción de San Sebastián por las tropas anglo-portuguesas y las llamas del incendio llegarían hasta los muros del convento en aquella jornada del 31 de agosto de 1813.

Pero no sólo hay muerte y sangre en el acontecer de la historia, sino que también se dan fiestas en algunas jornadas y el eco de éstas habrá llegado en tantas y tantas ocasiones hasta el silencio de la clausura monjil. Mas para la comunidad, más fija en el cielo que en la tierra, sus días son idénticos, los pasan entre rezos, penitencias y trabajos. Sus vecinos del muelle no las olvidad y nunca faltan los donativos generosos a los que ellas corresponden con sus oraciones y con ese riquísimo arroz con leche elaborado según fórmulas celestiales por manos arcangélicas, y que es inimitable por mucho arte que se tenga con canelas y arroces.

El que visite la iglesia del convento podrá ver una losa en una de las pardes, bajo el coro, donde hay esta inscripción: "N.I. debajo desta losa está el cuerpo de la noble señora doña Simona de Lajust. Fundadora deste convento. A. 1662". Había muerto en 1957 y en su testamento encargaba, además de 4.000 misas por su alma, que su cuerpo fuera enterrado en la parroquia de Santa María, "en la sepultura donde están enterrados mis padres, que están dentro de la grada en la primera ylera enfrente de la Capilla de San Juan", pero su deseo era que si se fundaba el convento de Carmelitas Descalzas, para lo que dejaba una parte de su cuantiosa fortuna, fuera en éste donde reposaran sus restos. Y eso se hizo tan pronto fue realidad la fundación con la que doña Simona de Lajust soñaba.

Era esta señora la esposa de don Juan de Amésqueta y el matrimonio, muy acaudalado, no tuvo hijos. Fallecido el capitán Amésqueta en 1649 sin testar, sus bienes pasaron a su viuda que otorgó testamento en 1654 ante escribano y siete testigos, de los cuales sólo tres sabían escribir. En la cláusula 50 de la última voluntad disponía doña Simona que se fundase un convento de Carmelitas Descalzas en San Sebastián autorizando a sus albaceas para disponer de sus bienes y venderlos en pública subasta para allegar fondos a fin de cumplir sus deseos.

Doña Simona falleció el 31 de enero de 1657 y al día siguiente ante el alcalde don FRancisco de Orendain, el escribano don Joseph de Ybarra y Lazcano, parte de los testigos y el albacea don Juan Ratt, presbítero beneficiario de las parroquias de San Sebastián y confesor de la difunta, se abrió el testamento. Realizado el inventario de los bienes, parte de los muebles fueron vendidos en pública subasta alcanzando la cifra de 4.239 reales de plata y 3.200 de vellón. Pero el grueso de su fortuna consistía en casas y caseríos, censos, créditos por un total de 2020.237 reales y 114.840 maravedís de renta por un juro de Sevilla.

Comenzaron los trámites para la fundación del convento y a la hora de elegir el sitio se dudaba entre un lugar en el camino que llevaba desde San Sebastián a Hernani o la casa de Santa Ana, sita al pie del monte Urgull en la subida al Castillo, próxima a la parroquia de Santa María y a la casa-torre de los Oquendo, optándose por este segundo emplazamiento. Los trámites religiosos  y administrativos fueron dilatados firmándose las Capitulaciones el 22 de noviembre de 1660 entre el Cabildo y el Regimiento o Ayuntamiento, los vecinos y los jurados mayores, constituyéndose la villa en Patrona de la fundación, otorgándose la Real Licencia el 13 de septiembre de 1661. Realizadas las obras de acondicionamiento de una casa de seglares en convento claustral, el 19 de julio de 1663 se inauguraba el convento y se bendecía la iglesia, formando la primera comunidad cinco monjas del convento de Tarazona, una del de Zumaya y dos novicias de San Sebastián que tomaron los nombres de Maria Teresa de Jesús y María Ana de San José.

Aquella pequeña casa fue ampliándose gracias a donaciones que recibieron y así pudieron disponer de cocina, refectorio, celdas, cuarto de recreo y de labor, etc. utilizando el coro de la basílica de Santa Ana. Pero todo era tan reducido que pronto se sintió la necesidad de ampliarlo. Y esto pudo hacerse gracias a un indiano, don Miguel de Aristeguieta, fiador de la dote de una novicia y que al visitar el lugar se sintió movido a costear las obras. Lo refiere fray Anastasio de Santa Teresa: "Estaba la habitación que ahora tenían en la falda y orilla de un alto monte, o por decirlo mejor, de un peñasquero inaccesible, y considerando el piadoso señor que si desmontaba y allanaba podrían las religiosas gozar de ayres más puros, de vistas más alegres y de más próxima luz, bañado el edificio sin embarazo de toda la del sol, se resolvió con inmenso gasto a poner allí el convento y la iglesia, venciendo con su valor y caudal muchos imposibles".


El Regimiento de San Sebastián autorizó las obras e inmediatamente comenzó el desmonte y la construcción de una pared que evitase desprendimientos de tierras y a continuación se levantó la iglesia y el convento. Las obras las realizó en parte Santiago de Senosiain y quien las dirigió fue fray Pedro de Santo Tomás. La iglesia, de paredes fuertes, tenía traza de cruz latina, sin lujos ornamentales de acuerdo con la pobreza de la Orden. En el retablo había una estatua de Santa Teresa y en los laterales del templo dos lienzos que representaban a Cristo hablando a San Juan de la Cruz y a Elías y los falsos profetas de Baal.


Las obras, que costaron 30.000 escudos, terminaron para el 15 de octubre de 1688 y el día de Santa Teresa tomaron posesión del convento las monjas. Todos estos datos los he tomado de la obra de Luis Enrique Rodríguez San Pedro Bezares, auténtica enciclopedia sobre este monasterio.


Un siglo después, las carmelitas donostiarras tenían cuatro capellanes y un vicario. En aquellas fechas eran veintidós las monjas entre legas y de mitra. El reverendo don Joaquín Ordoñez en el manuscrito que dejó escrito con fecha 1761 describe el convento que "está tan alto que para subir a la iglesia hay más de sesenta pasos de escalera, además de una cuestecilla que equivaldrá a otros veinte pasos; esta escalera está con mucho arte dividida en dos, una ancha y otra angosta, porque las mujeres suban y bajen con decencia y honestidad", y respecto a la huerta dice que parece estar colgada del Castillo "y por eso las señoras ven todos los campos, entrar y salir del muelle las embarcaciones y ellas fueran vistas de todos cuando salen al recreo a la huerta al no haber mucha espesura de árboles".


Luis Murugarren ha estudiado el archivo del convento y a través de la correspondencia que en él se conserva se pueden seguir las vicisitudes y las dificultades que se presentaron en la fundación. Y se puede ver el interés con que el obispo de Pamplona don Diego de Texada y Laguardia se informaba y la meticulosidad con que orientaba sobre lo que en cada caso debiera hacerse. Así, sobre un detalle que podrá parecer nimio hay diversos párrafos en varias cartas: la adquisición de las campanas. En carta de 27 de mayo de 1662 dice el prelado: "La campana está comprada y pienso que en comodidad, porque es a tres reales por libra. Procuraré remitirla cuanto antes". Unas semanas después, el 13 de junio vuelve a escribir monseñor: "Alégrome recibiese Vd. la campana; hágase la lengua y el yugo y dispóngase dónde se ha de colocar, que yo, cuando vaya, pues ha se ser preciso, la bendeciré allá. Las dos pequeñas están mandadas hacer". La campana había llegado al convento el 10 de junio y pesaba cuatro arrobas menos tres libras.


El 1 de julio vuelve a hablar de otra campana: "Yo procuraré que vaya cuanto antes la campana mayor para que Vm. la haga poner con la otra, y espero que todo ha de quedar con perfección..." Esa campana, que pesaba siete arrobas y media, estaba lista el 15 de julio para enviarla a San Sebastián. "Tres ducados di esta mañana para que llevasen la campana y me enfadé porque no ha querido bajar de cuarenta reales. He dado al mayordomo orden para que la envíe, aunque sea pagando 40 reales; si no se vuelven atrás, irá con ésta".


Si el obispo se preocupaba de las campanas ¿cómo no iba a hacerlo en tema de mayor altura cual era el de formar la comunidad de religiosas?. Casi un año antes de que se inaugurara el convento expresa monseñor su opinión sobre la base de la comunidad. Ha convenido y conviene que las fundadoras sean de un mismo convento, porque con eso estarán más unidas y si fueran de diferentes se pudiera temer menos conformidad con que entráramos tropezando a los principios en lo que más suele destruir la observancia religiosa".


Al prelado le preocupaba el que siendo el núcleo principal de monjas procedentes de Tarazona, no se entendieran con las guipuzcoanas. El 6 de enero de 1663 escribe: "Una cosa he reparado y es que ninguna de nuestras fundadoras sabe vascuence y parece que necesitaban de alguna que lo hablase y entendiese. Dígame vuestra merced su sentir en esto". Insiste poco después: “Será de mucha utilidad tener dentro del convento religiosa que sepa la lengua vascongada y sirva de intérprete a las demás, pero esto es menester consultarlo también con las madres fundadoras de Tarazona y proponérselo por conveniencia necesaria suya y del convento".


Resulta curioso el detalle de lo que las monjas que vinieron de Tarazona pagaron por algunos artículos y servicios en el viaje a nuestra ciudad: Por pasar el puente de Tudela en coche, literas y cabalgaduras, ocho reales. Al barquero de Marcilla, diez reales de plata. Por un queso en Alsasua, un real de plata. Por un conejo en Caparroso, un real de plata. Por diez codornices en Tarazona, cuatro reales y medio de plata.


En 1813 quedó reducido a cenizas el sitio de Santa Ana y treinta años después fue construida la fachada oriental del convento. Ahora va a reformarse la vieja casa, cuyas condiciones de habitabilidad dejan mucho que desear incluso para las austeras monjas que viven conforme a la regla de la santa de Avila. Las humedades traspasan los muros del convento y el frío es un permanente compañero de la comunidad. Nada tiene de particular que cuando abundan las lluvias y los termómetros bajan, las monjas se vean afectadas en su salud. Tal vez fue en 1891 cuando más se notó la humedad y el frío, con consecuencias que llegaron a ser graves. Era abadesa la madre Marcelina, hija de una familia acomodada de Oñate y acababa de suceder en el cargo a la madre Anselma y uno de los primeros problemas con los que se encontró fue con una epidemia que afectó prácticamente a toda la comunidad.


Aquel invierno comenzó con extrema crudeza y la enfermedad conocida entonces con el nombre de "trancazo" se extendió por la ciudad, siendo muchos los donostiarras que cayeron enfermos aunque no se llegó a las cifras de Pamplona, donde se registraron nada menos que siete mil casos de esta epidemia.


En el periódico "La Unión Vascongada" del 30 de diciembre de aquel año se escribía lo siguiente: "De tal manera ha invadido el "trancazo" el convento de Santa Teresa, que las monjas actualmente atacadas suman el número de dieciocho de las veinte que componen la comunidad, habiendo fallecido además una, quedando por consiguiente una sola monja en completo estado de salud".


¿A qué se debía que la epidemia se hubiera cebado de tal manera en las monjas de Santa Teresa? El periódico lo explicaba así: "Las causas a las que se atribuye la epidemia del "trancazo" en el convento es la austeridad de las reglas de la Orden y la humedad constante que hay en el edificio, por estar adosado al muro del monte Urgull. Efectivamente, dichas religiosas Carmelitas comen todo el año de vigilia, toman la colación a las 6 de la tarde y entran en el coro a las 9 de la noche, donde permanecen hasta las 11, volviéndose a levantar a las 4 de la mañana para dedicarse a sus prácticas religiosas. Noches pasadas, debido al frío intensísimo que hizo, créese que la mayor parte adquirieron una pulmonía que en la actualidad las tiene postradas en cama, aunque según informes que tenemos fidedignos, la enfermedad no reviste los caracteres de gravedad que generalmente trae consigo esta clase de epidemias".


Al tenerse en la ciudad noticias del estado de salud de la comunidad, varias señoras y Hermanas de la Caridad se ofrecieron para asistirlas en lo que fuera preciso, pero las monjas declinaron el favor. El gobernador civil señor Aguirre de Tejada y el alcalde don Manuel Lizarriturry se ofrecieron también a la autoridad eclesiástica para lo que pudieran ser útiles. Previas las disposiciones del Obispo de Vitoria, entraron en la clausura a prestar servicio tres demandaderas y así superaron el trance epidémico.


Este convento, tan vinculado desde su fundación a San Sebastián, fue visitado en dos ocasiones por los Reyes de España. La primera en 1845, por la reina gobernadora, María Cristina de Borbón, princesa de las Dos Sicilias, cuarta esposa de Fernando VII, a la que acompañaron sus hijas Isabel II y la infanta Luisa Fernanda. Y la segunda el 2 de octubre de 1901 por la Reina Regente Doña María Cristina y sus hijos el Rey-niño y la infanta María Teresa.


Fue la Reina Regente la que anunció al P. Fernando Serra, provincial de la Orden del Carmen, su propósito de visitar el convento y el 2 de octubre Alfonso XIII manifestó a fray Estanislao Ruano, de Salamanca, que aquel día dijo la misa en Miramar, que usando de los derechos que le concedía la regla carmelitana y el código canónico, que autorizaría la entrada en el convento durante su visita a las familias de las religiosas. El convento contaba entonces con veinte monjas, una de ellas familiar de un servidor de la Casa Real.


A las 10 de la mañana de aquel día llegaron al convento en tres carruajes la real familia, alta servidumbre, los dos frailes carmelitas citados, el vicario de Santa Teresa y el historiador y conservador del Museo Municipal don Pedro Manuel de Soraluce. En el atrio se encontraban varios familiares de las monjas.


Mientras eran volteadas las campanas, los reyes entraron en la iglesia a los acordes de la marcha real, interpretada al órgano por una monja. Oraron ante el altar mayor y a continuación se dirigieron al convento, esperándoles dentro de la clausura toda la comunidad con velas encendidas. Las monjas besaron las manos de la reina y de su hijo, quienes visitaron los claustros, la capilla interior, la enfermería, el refectorio y la huerta. Cuando los visitantes se hallaban en el coro, la comunidad entonó el himno de gracias. En la huerta admiraron las vistas que desde allí se contemplan sobre la bahía, el caserío y un lienzo de muralla que se conservaba como en los días del XVIII, fijándose en el emplazamiento de la basílica de Santa Ana y Casa Consistorial hasta los tiempos del rey Carlos V.


Cuando la real familia atravesó el claustro pequeño se desarrolló una escena altamente emotiva. Tras las regias personas iba un grupo de familiares de las religiosas que por primera vez podían penetrar en la clausura. Una de aquellas personas al ir a abrazar a su sobrina sufrió un desmayo y cayó al suelo. La Reina y la Infanta "acudieron con la más afectuosa solicitud a levantarla y la atendieron mucho", dice el cronista de aquella jornada. Quien agrega que en el refectorio, "que es muy pobre", había sobre el plato de la superiora una calavera. La Reina, al verla, se dirigió a sus hijos y les dijo: "Ahí tenéis lo que es el mundo". A esta frase siguió un silencio profundo. Todos los presentes se impresionaron.


SS.MM. fueron obsequiados con pasteles, dulces y Jerez y el cronista termina así la reseña: “Fue una nota muy hermosa de la visita regia la expansión de inmenso cariño que hubo entre las religiosas y sus familias, traducido en expresivos abrazos y besos. Hacía medio siglo que no se levantaba la clausura ni se franqueaban aquellas puertas".


("Del San Sebastián que fue". JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)






El Monasterio de Santa Teresa (mp4)






















Las Carmelitas que vieron arder San Sebastián(podcast)
Guía de Vida Monástica: El Carmelo de Santa Teresa en el Monte Urgull
(presentación)(pp)(mp3)
(comic)(pp)(mp3)













El monasterio de San Telmo

No les fue fácil a los PP. Dominicos fundar un convento en San Sebastián dada la fuerte oposición de los clérigos de la villa que llegaron a las más altas instancias, nada menos que al emperador Carlos V, para impedir que los hijos de Santo Domingo se establecieran aquí. El año 1516 llegó Fray Martin de los Santos, del Monasterio de Piedrahita, a predicar la Cuaresma. Algunos donostiarras se acercaron a él pidiéndole fundara su Orden un convento. El provincial Fray Jerónimo de Loaisa vino a la villa y comenzó las gestiones encontrándose con la primera dificultad, pues no había medio de adquirir los terrenos para el convento. Por fin Fray Martin de los Santos consiguió una provisión real y en virtud de ella el corregidor expropió un solar que había en la calle Santa Corda, propiedad de la familia Engómez, abonando por el terreno 473 ducados de oro viejo y entrando los Dominicos en posesión del litigioso lugar.

La oposición a que se fundara un convento seguía y así escribe don Serapio Múgica que la idea de los Dominicos "tropezó con fuerte oposición de los clérigos de la villa y del resto de la provincia, que así en los púlpitos como en las plazas hacían activa propaganda contra aquella Orden, llegando al extremo de conseguir que ningún vecino quisiera ceder el terreno donde levantar el convento".

La tenacidad de los Dominicos triunfó, pues llegaron hasta el Rey quien dictó una provisión para que el Corregidor, capitán general don Sancho Martínez de Leiva, viese el lugar donde habrían de construirse el convento que era uno propiedad de la familia de Engómez, y el 13 de octubre de 1516 en un improvisado altar se celebró la primera misa, en la que predicó el prior de Vitoria, Fray Bartolomé Saavedra. La oposición perdió fuerza al saber que apoyaba a los Dominicos don Alonso de Idiaquez y Yurramendi, secretario del Rey, quien había aceptado el patronato del convento.


El Ayuntamiento señaló las condiciones que exigía para que se establecieran los frailes entre las que figuraban que en el Monasterio hubiese una escuela de gramática, que no podía haber más de veinte frailes y ninguno que no fuera del Reino, que tenían que renunciar a adquirir bienes raíces, rentas, censos, etc., y si recibían algún legado en bienes de la villa o de la provincia, el Ayuntamiento los vendería en subasta pública entregando su importe al Monasterio.


Los franciscanos de Aránzazu se unieron a la oposición y por ello los partidarios de la fundación acudieron a la Reina Doña Juana la Loca que el 22 de enero de 1531 dirigió una cédula al "Concejo, justicia, regidores e hijosdalgos de la noble villa de San Sebastián" en la que dice: "Bien sabéis cómo yo acatando el servicio de Dios Nuestro Señor y a la salvación de la ánimas mandé hacer e fundar en esa dicha villa un monasterio de frailes de Santo Domingo en pobreza sobre que os envié a mandar y encargar por otra mi cédula que recibiésedes e acogiésedes a los dichos frailes e les ayudásedes e favoreciésedes en hacer y edificar el dicho monasterio puesto que también era proyecto vuestro y de toda la provincia de Guipúzcoa como más largo se contiene en la cédula que sobre ello escribí (...) yo vos mando y encargo que sin ninguna dilación hagáis y cumpláis lo que cerca de esto por nuestras cartas e cédulas vos está mandado que en ello me haréis placer e servicio".


No fue esta la única intervención de la Reina Doña Juana en favor de la fundación, según consta en diversos documentos que se conservan en el Archivo de Simancas, y así en un escrito fechado en Avila el 25 de septiembre de 1531 dirigido a don Diego de Achega, capellán que fue del Hospital del Ejército, le dice que hallándose en su poder "dos cálices con dos patenas y una custodia con una cruz pequeña todo de plata y algunos ornamentos e otras cosas menudas del servicio del culto divino" se los diese a los frailes de Santo Domingo; y aquel año y el siguiente le escribe a Pedro Laborda, vecino de la villa, a quien le dice que como tenía el cargo del pan les diese a los Dominicos cien fanegas de trigo "para ayuda a su mantenimiento acatando su pobreza y necesidad para que tenga cargo de rogar a Dios por el emperador y rey mi señor y por mí y por nuestros hijos". Estas dos últimas cartas citadas están fechadas el 20 de agosto de 1531 en Avila y el 30 de junio de 1532 en Medina del Campo.


El apoyo real y la intervención de don Alonso de Idiaquez, secretario del Emperador, superaron las muchas dificultades y trabas para la construcción del Monasterio, pudiendo comenzarse las obras en 1535 sobre los terrenos adquiridos en la calle de Santa Corda, que habían sido tasados por dos canteros y dos carpinteros, terrenos que medían 800 suelos y 74 codos, que a 25 ochavos el codo hacían 473 ducados de oro viejo, suma a la que el Corregidor agregó 20 ducados.


Los planos del nuevo convento los hizo Fray Martín Santiago, dirigiéndolos los maestros Martín de Bulocoa y Martín de Sagarcola, vizcaínos, terminándose en 1551. Los que conocieron el monasterio elogian su suntuosidad, las dos capillas que había en el templo en las que trabajó el maestro Juan de Santiesteban, de Régil, así como "la soberbia escalera de piedra que ha dado tanto en qué entender a los inteligentes por lo difícil de la obra y estar sostenida contra la pared misma sin otro apoyo ni columna, siendo así que el volado tiene de ancho once pies", según el juicio del historiador Camino. Dignos de mención fueron los enrejados de las ventanas que parece ser eran posteriores a la construcción del edificio, pues fue el Rey Felipe IV cuando estuvo en San Sebastián en mayo de 1660 y visitó el monasterio quien las mandó colocar. Según el reverendo don Joaquín Ordoñez, que escribía en 1761, el convento “es de buena fábrica, especial la iglesia, claustros, escalera, con muchas habitaciones y oficinas, huerta que sube por el monte y lo más prodigioso es una galería sobre los dos dormitorios hacia el Oriente que tiene de largo más de ciento cincuenta pasos y veinte de ancho. Está tan sobre el mar que sobre él cae el agua que alguna vez se echare en el convento. Hay como treinta religiosos y en él se entierran más gentes que en las dos parroquias".


El gran protector de la orden fue don Alonso de Idiaquez y su esposa doña Gracia de Olazabal, él nacido en San Sebastián en el palacio que la familia poseía en la acera izquierda de la calle Mayor dando frente a ésta y a la muralla que iba por donde hoy está la calle Campanario. El palacio fue soporte de la gran manzana que entonces existía entre la plaza que rodeaba a Santa María y la calle del Puyuelo. En este palacio se hospedó Carlos V cuando iba a Flandes con motivo de la insurrección de Gante, su pueblo natal. También parece que se alojó durante cinco días Francisco I de Francia, el rey Cristianísimo, tras ser puesto en libertad después de su cautiverio en Madrid, y Felipe IV y su hija la infanta María Teresa al ir ésta a casarse con Luis XIV de Francia. Era la casa más importante que había en la ciudad.


Don Alonso de Idiaquez cuando atravesaba el Elba, en Sajonia, el 11 de junio de 1547, en cumplimiento de una misión encomendada por el emperador, fue atacado por una partida de ocho herejes que le dieron muerte a él y a su escolta, despojándoles de cuanto llevaban. Los asesinos fueron prendidos y ejecutados. Se dijo que quien había dado la orden de matar a Idiaquez fue el rey Francisco I, debido a que el donostiarra había intervenido en el matrimonio del príncipe Felipe, luego Felipe II, con la princesa de Bearne, pretensa del reino de Navarra.


El cadáver fue traído a San Sebastián y enterrado en San Telmo junto al de su esposa doña Gracia de Olazabal, cuyas bellas estatuas todavía se conservan, pese al saqueo y destrucción de que el convento fue objeto durante la guerra de la Independencia, incendiándose parte del mismo. Los Dominicos no disponían de fondos para restaurar lo destruido y acordaron alquilar parte del edificio por 60 reales de vellón diarios para parque de artillería. La situación económica de la comunidad no mejoró, pues parece ser que los inquilinos no eran muy puntuales en el pago de la renta. En 1836, debido a las leyes desamortizadoras de Mendizabal, los dominicos abandonaron el convento, llevándose al monasterio de Corias, en Asturias, las pocas obras de arte que tras la guerra de la Independencia quedaban, entre ellas la imagen de la Virgen Negra o Virgen del Rosario, de gran devoción popular, que parece regaló al convento doña María de Lezo, dama de la Reina Catalina de Inglaterra.


San Telmo se convirtió en almacén municipal y luego en parque de artillería. Una noche, un grupo de jóvenes, tras cenar allí y de abundantes libaciones abrieron el sepulcro de Idiaquez y sus huesos sirvieron para sus juegos. Uno de los presentes, José Brunet y Berminghan, ocultó bajo su capa el cráneo, salvándolo así de la profanación.


Antes de levantarse en el siglo XVI el Monasterio de San Telmo había allí una pequeña capilla dedicada a San Erasmo y parece ser, y el profesor José Berruezo sostiene esta tesis, que de la deformación de este patronímico (Eramo, Ermo, Elmo, Sant-Elmo) viene el nombre de San Telmo.


El antiguo monasterio, convertido en cuartel, fue declarado monumento nacional en este siglo y fue un gran alcalde de San Sebastián, don José Antonio Beguiristain, quien consiguió en 1926 recuperar para el patrimonio de la ciudad aquellas históricas piedras. Inmediatamente comenzaron las obras de restauración y acondicionamiento para museo. Fueron los arquitectos Francisco Urcola y Juan Alday quienes dirigieron los trabajos, interviniendo también de una forma muy valiosa el pintor Ignacio Zuloaga. La fachada principal es nueva y está realizada de acuerdo con el resto del edificio. De la iglesia habían desaparecido los altares y por indicación de Zuloaga se encargó al pintor José María Sert unos murales. Sert era ya conocido en el mundo entero a través de sus famosos frescos de la catedral de Vich y del Palacio de las Naciones de Ginebra.


En 590 metros cuadrados Sert realizó su obra en la que recoge algunos aspectos de nuestro pasado. En el centro, donde estuvo el retablo, surge en un árbol reseco la figura de San Sebastián asaetado por unos arqueros y en la parte baja del mismo fresco está San Telmo ayudando a los tripulantes de una barca a punto de zozobrar en las aguas. Uno de los murales con mayor fuerza es aquel en el que aparece San Ignacio escribiendo las Constituciones de la Compañía de Jesús al pie de la cruz, que es sostenida por varios jesuitas mientras Cristo, con una mano desclavada, le habla al santo de Loyola. Hay otro lienzo dedicado a Elcano en el que se ve al marino de Guetaria, con la nao "Victoria" al fondo, estudiando los datos de la sonda. No faltan en las pinturas evocaciones de los ferrones, de los astilleros de Pasajes, donde se construyeron barcos que luego formaron la Armada Invencible; del árbol de Guernica, de las reuniones de brujería en la cueva de Zugarramurdi, del comercio que realizó la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, de la pesca de la ballena, de dignatarios de la Iglesia subiendo por una especie de Escala Santa... La obra de Sert, por la que el Ayuntamiento pagó en francos franceses (cotizados a 48,80) una cantidad que no llegó a las trescientas mil pesetas, es una de las joyas de San Telmo.


Terminadas las obras de restauración, en la tarde del 3 de septiembre de 1932 el ministro de Instrucción Pública, don Fernando de los Ríos, presidía la inauguración. En el acto académico que se celebró, el alcalde, don Fernando Sasiain, tuvo un recuerdo emocionante para el señor Beguiristain, gracias al cual fue posible la recuperación y restauración de la obra, y para el ex-alcalde don Marino Tabuyo, benefactor de ésta. Hubo luego un concierto en el que el Orfeón Donostiarra interpretó composiciones de Guridi, Usandizaga, Ravel, Zubizarreta y Sorozabal y la Sinfónica de San Sebastián dio a conocer "El retablo de Maese Pedro", poema musical de Manuel de Falla, quien dirigió la interpretación, interviniendo el barítono Remigio Peña, el tenor Aguirre y el niño Antín. Anécdota curiosa: la orquesta se perdió y Falla, enfadado, hizo que se volviese a empezar.


Fernando de los Ríos, durante el "lunch" que en su honor se celebró al final del acto, departió con Zuloaga, Sert, con el sacerdote Xavier Zubiri, catedrático de la Universidad Central, y con los directores del museo y de la Biblioteca Municipal señores Aguirre y Rufino Mendiola.


La inauguración del museo la saludaba en "El Pueblo Vasco" Manuel Munoa con estas palabras: "¡Salve, convento de San Telmo! ¡Noble blasón estético de la nueva, hermosa y espiritual ciudad futura!"


En el Museo se guardan numerosas estelas funerarias, laudas, escudos, ejecutorias, tapices, tocados femeninos de antaño, pinturas de Alonso Cano, El Greco, Rubens, Goya, Zuloaga, Ricardo Baroja, Rosales, Regoyos, Madrazo, Esquivel, Zubiaurre, tablas flamencas, cerámicas, arcas... Donde antaño predicó San Francisco de Borja, se oyó el gregoriano y los laudes y más tarde los toques militares, hoy es el silencio, roto por los pasos de los visitantes del museo y los comentarios que hacen ante tanta obra de arte.


("Del San Sebastián que fue". JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)

El Monasterio de San Telmo (mp4)
Calaveras y murales en San Telmo (podcast)














El monasterio de San Bartolomé

Tres monasterios están íntimamente unidos a la historia de San Sebastián, los de San Bartolomé, San Telmo y Santa Teresa, y de ellos voy a recoger aquí algo de su historia, muchas veces agitada y dolorosa.

El monasterio de San Bartolomé .

El de San Bartolomé se hallaba sobre un cerro que servía de baluarte y trinchera en las numerosas guerras que vivieron nuestros mayores y era la puerta de la ciudad, donde paraban los viajeros que a ella llegaban , si eran ilustres para recibir honores y todos para contemplar el incomparable espectáculo que se les ofrecía a sus pies.

En San Bartolomé hubo desde tiempo inmemorial, algunos afirman que desde los días de Fortún Garcés de Navarra, en el 891, un monasterio de Canónigas Regulares Agustinas con dilatada historia. Se conservaba el cuerpo incorrupto de la Venerable Madre Leonor Calbo, fundadora del Convento, que se encontró el año 1325, ignorándose cuando murió. El documento más antiguo que se conservaba en el archivo del monasterio era una Bula del Papa Inocencio IV, en la que se dice que Su Santidad recibe bajo la protección de San Pedro y de la Silla Apostólica la Iglesia de San Bartolomé de San Sebastián y de sus Canónigas.

La vida de aquellas monjas estuvo llena de sobresaltos. En 1300 sufrieron el ataque e incendio del monasterio por los piratas ; en 1565 hubo un nuevo incendio que destruyó parte del convento; los franceses en el XVIII volvieron a quemarlo así como las caserías de las Canónigas, que tuvieron que refugiarse en Vitoria. De nuevo en el convento, tuvieron que salir por orden de Napoleón siendo acogidas por las Franciscanas de Zarauz. Volvieron a San Bartolomé tras la derrota  francesa en la guerra de la Independencia, pero abandonaron el convento en 1822 por orden del Gobierno constitucional, acogiéndose en el de las Dominicas del Antiguo, y al poco tiempo Dominicas y Canónigas tuvieron que refugiarse en Hernani, para volver a San Bartolomé en 1823, abandonándolo definitivamente en 1834 con motivo de la primera guerra carlista. Tras deambular por conventos y casas del Antiguo, Hernani, Tolosa, Leiza .... y ante la imposibilidad de volver a San Bartolomé, que era un montón de ruinas, fueron en 1849 a Astigarraga, donde se hallan en la actualidad.

El monasterio era, según los cronistas que lo conocieron, "airoso y gentil, con una iglesia capaz y majestuoso pórtico, ejecutado a principios del XIX según el orden dórico con arreglo a la traza del famoso ingeniero Hércules Torrelli".

A aquellas monjas y a aquel convento sucedió otro, cuya historia resumiré.

En el siglo pasado la Compañía de María que fundara la que años más tarde sería santa Juana de Lestonnac, tenía conventos y colegios dedicados a la enseñanza en Vergara (1799), Tudela (1887) y Orduña (1883). Cuando la reina Isabel II veraneaba en Zarauz, alojada en el bello palacio de Narros, figuraba en su séquito el P. Antonio Mª Claret, que había sido arzobispo de Cuba y que acompañaba a la soberana como confesor. Durante los tres meses que pasó la reina en Zarauz, el P. Claret vino a San Sebastián con cierta frecuencia, hospedándose en la casa de doña Jacoba Balzola, viuda de Gazcue, en el número 22 de la calle del Puyuelo, piso tercero, piso extenso pues tenía también vistas a la Plaza de la Constitución, cuyo número 12 formaba unidad con el 22 de la citada calle. Allí se solían alojar los obispos y sacerdotes que por entonces venían a San Sebastián, por lo que a la calle se la conocía con el nombre de Apaizkalea. Doña Jacoba Balzola le habló al P. Claret de la necesidad de abrir en la ciudad un colegio para chicas y cómo la Compañía de María podría ser la que convirtiera la idea en realidad, rogándole hablase a Isabel II a fin de que apoyase en su día el proyecto.


Cuando un año antes doña Jacoba estuvo en Vergara, se puso en contacto con las monjas de la Compañía de María y juntamente con el abogado don José Lázaro de Egaña y el párroco de San Pedro hablaron de la construcción de un convento-colegio en San Sebastián, idea que fue muy bien aceptada por la madre Escolástica de Uranga, superiora de aquel convento. El proyecto era ambicioso y difícil de realizar pues un nuevo convento suponía invertir mucho dinero. Por ello se pensó en la cesión del antiguo convento de Santo Domingo, San Telmo, que desde la desamortización de Mendizabal estaba convertido en cuartel del Ejército. El Obispo de Vitoria, monseñor don Diego Mariano Alguacil, dio su autorización aun sabiendo que lo de San Telmo iba a ser muy difícil de conseguir.


El interés que los promotores de la idea tenían por San Telmo les hace pedir ayudas a personalidades influyentes en Madrid, como el duque de Mandas, el conde de Villafranca, O'Donnell, el P. Claret, Cánovas del Castillo... Era necesaria una solicitud del Ayuntamiento a la Reina y por fin el 4 de abril de 1866 se firma el documento en el que el alcalde donostiarra, don Joaquín Arrillaga, "suplica a V.M. se digne acceder a su ferviente ruego, concediendo a las Religiosas de la Enseñanza de Vergara el ex-convento de Santo Domingo con sus dependencias, para que puedan fundar en él un Colegio donde las niñas de este vecindario reciban la esmerada y gratuita educación que dichas Religiosas acostumbran a dar y con cuyo auxilio logran con el tiempo ser ejemplares madres de familia, que moralicen el hogar doméstico".


Como no se recibiese contestación al documento, el 15 de junio las Madres Escolástica de Uranga, priora, Bibiana Sagasti, superiora, Mª Teresa Sarobe, Dolores Petra Tafalla y María del Pilar de Astiazarán, consultoras, dirigen un escrito a la Reina y reproducen el enviado anteriormente por el Ayuntamiento, rogando a S.M. se dignase concederlas la gracia que el municipio había solicitado para ellas.


Había dificultades para que San Telmo fuera entregado a las monjas, abandonándolo los soldados. El Brigadier de Ingenieros se avenía a ceder la iglesia y el exconvento, pero los claustros no, estando dispuesto a darlas un edificio llamado el "cuartelillo" que había sido antiguo colegio de los Padres Jesuitas.


Como lo de San Telmo no se solucionaba, doña Jacoba Balzola ofreció a las monjas una casa de campo que poseía en Chillardegui, en el barrio del Antiguo. Esta señora era de una tenacidad tremenda como buena extremeña, pues había nacido en Miajadas, hija del marqués de Balzola. Ella ayudó muchísimo a las monjas para establecerse en San Sebastián, y al recibir el 31 de mayo una comunicación del Brigada de las Provincias Vascongadas en la que se decía que "debe desestimarse la pretensión de San Telmo y negarse el permiso que se solicita", tuvieron que cambiar de objetivo y éste fue la colina de San Bartolomé, abandonando el proyecto de la casa de Chillardegui, por considerar que se hallaba alejado de la ciudad.


En San Bartolomé poseía don Eugenio Ripalda unas tierras y una casa llamada Vista Alegre, y a las monjas les pareció lugar idóneo para establecerse. La colina pertenecía a diversos propietarios y allí había zonas de labranza agrícola, solares, pequeñas industrias... Los promotores de la fundación nombraron a don Antonio María de Murua para que se ocupara de la adquisición de la casa y el 14 de septiembre de 1867 se firmó la escritura de compra de Vista Alegre. Según este documento, don Eugenio de Ripalda vendía a don Antonio de Murua la casa, cuyo solar ocupaba 181,74 metros cuadrados más 93 áreas y 36 centiáreas de tierra, constituyendo todo una finca. El precio fue de 17.000 escudos, de los que se habían entregado anteriormente 8.000, y al hacerse la escritura recibió el vendedor 9.000 en monedas de oro y billetes del Banco de San Sebastián. El informe de Sanidad, firmado por los doctores Mariano Revilla y Pedro Otaño, decía que el local reunía las mejores condiciones de comodidad, decencia y salubridad, que ocupaba “una zona sana y la más ventilada que existe en toda la circunferencia, haciéndolo muy apto para destinarlo al objeto que se intenta, pues goza de una belleza extraordinaria y las circunstancias del terreno ligeramente accidentado, le hacen ameno y saludable, pudiendo asegurar que no hay en todo el radio sitio más hermoso ni que ofrezca más puntos objetivos para el recreo de la vista y expansión del espíritu".


Como el adquiriente de la finca figuraba ser el señor Murua, marqués de Murua, el 2 de diciembre de aquel año este señor hace donación a las mojas de la finca y unos días después la superiora del convento de Vergara recibió del subsecretario de Gracia y Justicia copia de la decisión dirigida al Obispo de Vitoria en la que se dice que la Reina se había dignado autorizar la instalación en San Sebastián de un convento de la misma orden que se dedica a la enseñanza de la juventud, sin perjuicio de que se cumpla el requisito ordenado de constituir por medio de títulos expedidos por la Dirección de la Deuda Pública, con el carácter de intransferibles y aplicación determinada a la fundación, de una renta anual que sufragará los gastos de culto, enfermería, capellán y sacristán. Verificados estos trámites y depositado el dinero que como garantía se exigía, se pudo recoger la Real Cédula y el Obispo de Vitoria, don Diego Mariano Alguacil Rodríguez, dictó el 3 de marzo de 1868 un auto en virtud del cual se erigía canónicamente en la Casa Vista Alegre, barrio de San Martín, jurisdicción de San Sebastián, un nuevo convento de la Orden de la Compañía de María con la advocación de "Inmaculada Concepción", designando para ocuparlo a las Madres Escolástica de Uranga, Estanislada Barúa, Luisa Gonzaga Baramendi y a las hermanas Mercedes Goicoechea y María Jesús de Amestoy y a las postulantas Francisca Togares, Bautista Arceluz y Juana Badiola.


El 9 de marzo de 1868 salieron las citadas religiosas de Vergara acompañadas del Arcipreste don José Mª Bengoa, el conde del Valle, el alcalde de Vergara y el diputado a Cortes por la Provincia y don Juan José Unceta, vecino de Vergara. En Zumárraga se trasladaron todos de los carruajes en que hacían el viaje al tren del Norte, llegando a San Sebastián a las 10 de la mañana, siendo recibida la expedición por el alcalde, gobernador civil, comandante general, diputado del Partido, curas párrocos de la ciudad y las Hermanas de la Caridad de la Casa de Beneficencia. Todos se trasladaron a la parroquia de Santa María donde se celebró una Eucaristía y se cantó un Te Deum, y de allí al nuevo convento donde el Arcipreste declaró instalada la nueva Comunidad de religiosas y entregó las llaves a la Madre Escolástica, quien tomó posesión del convento y entró en el mismo con el resto de la comunidad, cerrando la puerta. Como era la hora de la comida, fueron a la cocina y se encontraron que tenían preparado un buen menú y puesta la mesa, porque las antiguas alumnas de Vergara lo habían hecho. Pocos días después, abrieron las escuelas y "era tan grande el número de niñas que acudieron, que se vieron las monjas obligadas a dar muchas negativas". A la vez que enseñaban, funcionaba un noviciado y en 1871 pudieron profesar cuatro nuevas religiosas, Gregoria Urcelay, de Mañaria, Ulfrida Alday, de Valladolid, Justa Ibarrilaza, de Echevarría, y Casilda Blanco, de Astorga.


Pero las cosas en España andaban revueltas. Cayó en 1868 la Reina Isabel II, que desde San Sebastián tuvo que marchar a Francia; vino después el Rey Amadeo, más tarde la República y por fin Alfonso XII. Y entre tanto, los partidarios de Carlos VII se lanzaron al monte en 1872 comenzando la segunda guerra carlista. San Sebastián estaba prácticamente sitiada por los carlistas y las fuerzas liberales quisieron construir defensas desde el barrio del Antiguo a Vista Alegre, y el 29 de julio de 1873 recibió la Comunidad un oficio ordenando que desalojaran la casa inmediatamente. Decía el gobernador en el escrito que se había acordado construir una línea fortificada desde el reducto avanzado de la Concha hasta el convento situado en San Bartolomé, "punto de suma importancia por su posición topográfica”. El gobernador, don Claudio Quintero, daba a las mojas 24 horas para que abandonaran la casa y la Comunidad aceptó el ofrecimiento hecho por don Roque Heriz y fueron el 30 de julio a su casa, pero el obispo no quería que vivieran en una casa particular y las dijo que fuesen al convento de las Madres Carmelitas, el de Santa Teresa, donde dispondrían de una parte del convento de manera que las dos comunidades quedarían independientes. Y el 9 de agosto abandonaron la casa de Heriz y se trasladaron a Santa Teresa. Poco después, las religiosas Dominicas que habitaban en Uva, al encontrarse muy amenazadas, se refugiaron también en el convento de las Carmelitas. Las relaciones entre las tres comunidades eran muy cordiales. Así puede leerse en el "diario" de una monja que una tarde la maestra de Novicias del Carmelo pasó a ver a las de la Compañía de María con dos novicias y todas tomaron "agua con bolado". Era el obsequio que las hacían.


Pero no todo era paz en el convento de Santa Teresa. Los carlistas bombardeaban constantemente la ciudad, tanto de día como de noche. En el Diario de la Comunidad se recogen algunas incidencias de aquellas jornadas. Así se dice que un día cayeron sobre San Sebastián quinientas granadas. El 30 de enero de 1874 se dice que "estaba acabándose la novena del Santo Rosario cuando se han sentido las primeras granadas; eran las 6. Han tocado las campanas de Santa María, que es la señal, y en cuanto las ha oído la gente, sin aguardar a que se terminara la última oración, han salido todos en masa y alborotados de la iglesia. Algunas personas han sido gravemente heridas, muchas levemente y algunas muertas. Ha durado de 6 a 7,30. En cuanto concluyó la novena, las tres comunidades se reunieron en el tránsito de la portería por parecerles más seguro, y se sentían cómo las granadas caían cerca de casa, porque hacían mucho ruido, sobre todo una causó un verdadero estallido". Aquella noche todas las monjas durmieron en la portería y en su tránsito. Otro día, dice la cronista, el bombardeo fue en un tiempo de clase, lo que hizo que las niñas se asustaran mucho y se alborotasen.


Cuando la guerra ya estaba en sus finales, el 22 de febrero de 1876 visitó Alfonso XII San Sebastián, y en el "diario" se puede leer: “A la tarde, aunque las Madres han ido a abrir la puerta del escuela, no había ninguna niña a causa de que acababa de llegar S.M. el Rey a la ciudad".


En el convento de Santa Teresa vivieron como pudieron las diez religiosas de la Compañía de María. Se habilitaron algunas celdas destinándose a las nuevas huéspedas la parte alta de la casa y se las cedió el sobreclaustro, donde establecieron la escuela a la que iban numerosas niñas que entraban y salían por la puerta que daba a la subida al Castillo. Los rezos los hacían en el oratorio del Noviciado y el refectorio se arregló en el tránsito de salida. Mientras permanecieron en Santa Teresa entraron siete novicias, sin que falleciese ninguna religiosa.


Cuando llegaron las Dominicas de Uva, diecisiete en total, hubo que buscar sitio para ellas, colocándose las monjas de dos en dos en las celdas que se habilitaron en los tránsitos, con mamparas.


Cuatro años permanecieron las monjas de la Compañía de María en el convento de las Carmelitas, y dos las Dominicas, hasta que acabada la guerra en 1876 cada comunidad volvió a sus respectivos conventos, y pese a ser tan distintas las monjas en su género de vida religiosa, jamás hubo diferencia ni disgusto de ninguna clase, haciendo todas una vida de verdaderas hermanas.


El 1 de junio de 1876 el Gobierno militar devolvía Vista Alegre a las religiosas, pero el edificio se encontraba inhabitable, por lo que pensaron en construir en su propiedad un nuevo convento en vez de reparar lo que quedaba del anterior. Se pidieron los permisos correspondientes, contándose con la ayuda de personas bienhechoras que les proporcionaron los medios para realizar una obra que sería beneficiosa para la ciudad y la provincia. El 10 de agosto se ponía la primera piedra del edificio y las monjas lo celebraron "tomando dulce con chocolate". Don Nemesio Barrio y otros arquitectos se quejaron a la Diputación porque un maestro de obras dirigía los trabajos. En efecto, era don José C. Osinalde que llevaba las obras y la razón, que prestaba gratuitamente el trabajo. Las obras iban a gran ritmo y el 26 de mayo de 1877 ya pudieron trasladarse las monjas desde Santa Teresa. Solicitaron y obtuvieron permiso de disponer allí mismo de un campo santo y las obras para hacer el edificio que ahora conocemos continuaron no sin múltiples dificultades. En noviembre de 1882 les comunicaba el Ayuntamiento que serían expropiados los terrenos que fueran necesarios a las religiosas para construir allí la cárcel. Hubo que suspender las obras hasta que en septiembre del año siguiente al Ayuntamiento comunicó que desistía del proyecto y podía continuar la edificación. Comunidad y Ayuntamiento llegaron a un acuerdo sobre las indemnizaciones por los perjuicios causados por la suspensión de las obras y en septiembre de 1887 se terminó el frontis y el tejado de la iglesia, meses después las lápidas de mármol que decoran la fachada de la misma y la reja dorada del presbiterio, más tarde el retablo de la Virgen. La nueva casa se bendijo el 18 de agosto, el 19 se colocaron las campanas y el día de San Bartolomé, 24, se inauguró la iglesia, asistiendo el obispo de Vitoria don Mariano Gómez. El edificio de la iglesia cerraba el ala izquierda de la casa nueva, formando un

patio central en el que en 1909 se colocó la estatua del Sagrado Corazón. Poco a poco se fue completando el templo. En 1889 se instaló el altar de la Dolorosa y la araña grande de la iglesia, y en 1892 el retablo mayor. En 1904, al cumplirse los cuarenta años de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción, se completó la fachada con las imágenes de San Luis Gonzaga, San Estanislao, San Juan Bermanhmans, San Benito y San Pedro Claver.


La Reina Regente, Doña María Cristina, que veraneaba en San Sebastián desde 1887, quiso visitar el nuevo convento. Fue el 10 de octubre de 1894. Las campanas se echaron a vuelo. La Reina llegó acompañada de la Condesa de Sástago, del duque de Medina Sidonia, del Gobernador civil de Guipúzcoa y otras personalidades. Entró en la iglesia y tras rezar unos momentos pasó a la clausura, y fue a la sala de recreación de las colegialas que la recibieron a los acordes de la Marcha Real. Su Majestad se detuvo a charlar con las niñas. Hubo obsequios de flores y labores y durante el besamanos se tocó el piano acercándose las niñas de dos en dos. La Reina al despedirse se mostró muy complacida y elogió las vistas que tenía la casa y lo bien que habían tocado el piano.


En el nuevo colegio la media pensión comenzó a funcionar en junio de 1888, siendo las primeras alumnas inscritas María Bianchi Echave, Victoria Olasagasti Ibero y Sebastiana Balaguer Aristizabal. En 1900 comenzaron a tener externas-pensionistas. Para atender a todo el alumnado había a principios de siglo 67 religiosas. Hoy hay 38 monjas y 37 profesoras que dan clase a 1.150 chicas y chicos.


En 1916 se construyó Zerutxo, casita al pie de la colina que sirvió de vivienda al capellán, y en 1921-23 se levantó un nuevo pabellón para clases que cerraba por el fondo el patio interior.


("Del San Sebastián que fue". JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)

Informe de Valoración Histórica: Evolución Arquitectónica y Patrimonial del Conjunto de San Bartolomé // Plan de Legado Institucional: Resiliencia y Excelencia en San Bartolomé //Crónica de un Cerro: El Monasterio de San Bartolomé y el Alma de San Sebastián
# El Monasterio de San Bartolomé (presentación)(pp)(mp3)
# LA ODISEA DE SAN BARTOLOMÉ (comic)(pp)(mp3)