jueves, 19 de abril de 2012

Un balcón sobre el mar

Pocos entretenimientos mayores que el pasear sin prisa. Si el lugar elegido tiene horizontes y no se halla encajonado entre el cemento urbano, el paseo resulta un auténtico regalo de los dioses. Si además el horizonte que nos proporciona el paseo es casi ilimitado por tratarse del mar, ese regalo es entonces difícil de valoración y estima.

El mar es siempre igual y es a la vez diferente. Cambian las tonalidades de sus aguas, cambia el ritmo de las olas y cambia esa sinfonía constante del choque del mar contra el acantilado, y uno piensa, al ver la espuma que se forma, que entre aquellas rocas puede surgir de un momento a otro Polifemo persiguiendo a Ulises. Nada tiene de particular que visitando los puertos de nuestro litoral nos encontremos, lo mismo en días de bonanza que en jornadas de temporal, a viejos mariñeles acodados en algún pretil del malecón, con la vista perdida en lejanías y el espíritu inmerso en ensoñaciones náuticas. Se pasan horas y horas contemplando el horizonte, intentando averiguar la bandera de algún barco de alto porte o de algún viejo velero mecido en el agua cual si los vientos, el austro, el boreal, el aquilón, compusieran un rigodón que lo mismo suena en el Egeo que en los mares de más allá del Finisterre, y que en su puesto de mando acaso se halle algún nuevo capitán Nemo.


Aquí, en San Sebastián, tenemos un magnífico observatorio para contemplar el mar y un inigualable paseo. Los días de la canícula, cuando el calor aprieta, la brisa llega al Paseo Nuevo y es como una caricia que saluda a quienes lo eligen para un rato de esparcimiento. Desde el paseo se ve a los barcos que vuelven de la anchoa o del bonito y a las minúsculas barcas que han salido al chipirón. Cuando las mareas son vivas, el espectáculo es diferente y el bravo mar dijérase que quiere deshacer la obra del hombre rompiendo las defensas y saltando sobre el paseo con machacona insistencia. ¡Qué diferente todo de los días de calma, cuando podría uno pensar que es el sol de Nietzsche el que hace al derramar sus últimos rayos sobre el día que todos los bateleros boguen con remos de oro, a los días de temporal en que se puede contemplar cómo luchan contra las olas los hombres que en un barco intentan ganar el puerto de refugio! Y es nuestro Paseo Nuevo el mejor observatorio para contemplar, al ir muriendo el día, al rayo verde en el lejano horizonte que desaparece envuelto en poéticas ensoñaciones.


Para llegar a la inauguración del Paseo Nuevo hubo que llevar a cabo numerosas gestiones y vencer trabas administrativas diversas. El municipio donostiarra quería adquirir el monte Urgull, que era propiedad del Ramo de Guerra, pero la Administración era contraria a esa venta y tendrían que transcurrir muchos años hasta que cambiara de criterio y pasara a ser propiedad de la ciudad. Pero hasta que llegara ese día se quiso construir un paseo que bordeara el monte, junto al mar. A finales del pasado siglo era ministro de Fomento el donostiarra don Fermín Lasala y él fue quien gestionó cerca del Ramo de Guerra la posibilidad de complacer los deseos de nuestro municipio. Con fecha 10 de abril de 1880 el ministro de la Guerra, don José Ignacio Echeverría, firmaba una real orden que decía:


"Con esta fecha digo al capitán general de las Vascongadas lo siguiente: "En vista de una instancia que elevó a este Ministerio el Ayuntamiento de San Sebastián por conducto del gobernador civil de la provincia, con fecha 15 de septiembre último en solicitud de que se le haga cesión del monte Urgull y castillo de la Mota para hacer paseos y convertirlo en sitio de recreo, su majestad el Rey (q.D.g.), oído el parecer del general jefe del Ejército del Norte y de acuerdo con lo informado por el director general de Ingenieros y Junta Superior Consultiva de Guerra, ha tenido a bien disponer se manifieste al citado Ayuntamiento, que no es posible acceder a su petición por ser el castillo de la Mota necesario para la defensa; siendo la voluntad de su majestad se le autorice para construir un paseo en la parte inferior del monte Urgull previa la aprobación del correspondiente plano y salvas las servidumbres militares".


Aquella real orden se olvidó en parte, tal vez obsesionado el Ayuntamiento por el ensanche que proyectó el marqués de Salamanca, o tal vez por acariciar la idea de convertir el monte en un parque a la inglesa.


Es mucho después, en julio de 1912, cuando se dicta una ley disponiendo la enajenación en pública subasta de las propiedades afectas al Ramo de Guerra sitas al pie del monte y en la calle 31 de agosto. Al quedar desierta la subasta, se consiguió el 18 de diciembre de 1914 se dictase una real orden en la que se decía en su artículo 4° que "su majestad el Rey ha tenido a bien autorizar al Ayuntamiento de la ciudad de San Sebastián para la ejecución por su cuenta de un paseo de uso público de 15 metros de anchura con vistas constantes al mar por sus lados norte y oeste conforme a planos, proyectos y presupuestos que han de ser previamente aprobados por el Ministerio de Fomento" y que "la propiedad de la zona de terreno ocupada por el paseo seguirá siendo del Ramo de Guerra" mientras el monte pertenezca a ese Ramo.


Para alcanzar esta solución fueron sus mejores valedores el Rey don Alfonso XIII, la Reina Madre Doña María Cristina y el entonces ministro de la Guerra, el donostiarra don Ramón Echague, conde de Serrallo.


Conocido el texto de la real orden, la Junta del Progreso de San Sebastián, que había fundado en 1910 el entonces alcalde don Marino Tabuyo para la administración e inversión de los recursos con destino a obras de beneficencia, mejora y embellecimiento de la ciudad y cuyos fondos procedían casi en su totalidad de los impuestos que a la ciudad pagaba el Gran Casino, acordó declarar preferente la construcción del paseo, con lo que se conseguía dotar a San Sebastián de una mejora notable y poner freno a las codicias que podían despertar las cantidades, bastante elevadas, que manejaba la Junta. Así se logró que ésta pagara las 460.000 pesetas que costó el primer tramo del paseo, desde el rompeolas a la primera rotonda.


Hubo varios proyectos sobre este paseo, el primero de los cuales data de 1881 siendo su autor don Tirso Jarauta. Se trataba de un paseo de 1.133 metros de largo por 12 de ancho, que arrancaba del Rompeolas y terminaba en Cai Arriba, siendo su coste de 175.533 pesetas. Hubo después otro proyecto, del arquitecto don José Goicoa, pero ambos quedaron en el olvido ante las dificultades administrativas que se presentaban. Hasta que en 1914 se comenzaron a hacer gestiones en Madrid nombrándose una comisión de la que formaban parte el alcalde don Marino Tabuyo y los concejales don Adrián Navas y don Carlos Uhagón y el diputado a Cortes señor Lizasoain. El peso de las gestiones lo llevaron en Madrid don Carlos Uhagón, don Horacio Azqueta y don Alfredo Camio que, según la nota que publicaron cuando se inauguró el primer tramo del paseo, recibieron valiosísimas ayudas del rey, de su augusta madre, "que siempre presta su protección a todo lo que es beneficio a esta ciudad", del diputado del distrito marqués de Rocaverde, de los señores Renfijo, Romero y Calbetón y del ministro de Guerra don Ramón Echague, ilustre donostiarra.


Vencidas todas las trabas administrativas, empezaron las obras, que fueron costosísimas. La primera parte del paseo, que comenzaba en el Rompeolas, tenía una extensión de 455 metros. A su terminación había una rotonda que tenía 30 metros en su parte más ancha y 72 de larga. El proyecto del nuevo paseo fue del señor Azqueta siendo el contratista don Lorenzo Arteaga, uno de aquellos hombres a los que tanto debe el nuevo San Sebastián, habiendo dirigido las obras el ingeniero militar don Luis Balanzat. El ancho del paseo era de 15 metros, destinándose 10 al tránsito rodado, 4 al andén junto al mar y uno al andén interior. El pavimento era de adoquín labrado en la parte de rodadura y, después, de makadán. El andén exterior era de hormigón y el interior de grava menuda. Este primer tramo costó 260.000 pesetas.


Se trabajó a buen ritmo y así a las cinco de la tarde del lunes 10 de julio de 1916, tuvo lugar la inauguración de este primer tramo, asistiendo las autoridades que recibieron a la Reina Madre Doña María Cristina en el Rompeolas. El alcalde, don Eustaquio Inciarte, le rogó cortara la cinta con los colores nacionales que cerraba el paseo y la Reina tras hacerlo, montó en su coche, recorriendo todo el paseo hasta la rotonda, seguida en otros coches por las autoridades. Allí se apearon y tras contemplar las vistas que se divisaban, regresaron a pie hasta el Rompeolas, quedando así inaugurado el primer tramo del paseo.


Doce meses después de haberse inaugurado el primer tramo se habían terminado las obras del segundo que comprendía desde la primera rotonda hasta la segunda, situada en la entrada a la bahía. Tenía este trozo una extensión de 400 metros y una anchura de 15. En esta parte hubo necesidad de construir recios muros de contención para evitar los corrimientos de tierras del monte, y el conjunto de la obra honraba a los técnicos que la habían llevado a cabo, que eran los mismos que hicieron el primer tramo más el arquitecto don Juan Alday. Este tramo costó 346.582 pesetas y pese a tener 55 metros menos de extensión que el anterior su precio era superior en 86.582 pesetas.


La inauguración tuvo lugar a las 6 de la tarde del miércoles 25 de julio de 1917. Una ancha cinta de seda de los colores nacionales cruzaba el paseo, sujeta por dos mástiles enguirnaldados que sostenían en lo alto un lienzo en rojo y gualda en el que se leía "Vivan los Reyes". En un largo muro de contención que iniciaba el segundo trozo, el jardinero municipal señor Menéndez había escrito con flores y hojas un rótulo que decía: “Viva la Reina María Cristina, protectora de San Sebastián". El nuevo trozo que se inauguraba estaba adornado con mástiles que sostenían gallardetes, y al final, en la gran rotonda, se había improvisado un rústico cenador para servir un lunch.


A la hora indicada llegaron en varios coches los reyes don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia, la Reina Madre Doña María Cristina, el príncipe Pío de Saboya y su séquito. Mientras la banda de música interpretaba la Marcha Real, el alcalde don Gabriel María de Laffitte entregaba en una bandeja de plata a la Reina Madre unas artísticas tijeras con las que cortó la cinta. A continuación los reyes, autoridades e invitados recorrieron a pie el nuevo trozo del paseo hasta la rotonda donde estuvieron examinando los planos del paseo y contemplando el panorama. Luego Elías Ayestarán sirvió un lunch, con lo que se dio por terminado el acto.


Dos años después, el jueves 24 de julio de 1919 se inauguraba el último trozo del paseo, que tenía una extensión de 320 metros y que había costado 532.200 pesetas con lo que salía el metro lineal a 1.622 pesetas, bastante más caro que los trozos anteriores que habían supuesto 666 pesetas por metro lineal. Los técnicos que intervinieron en las obras fueron los mismos que en los tramos anteriores. El acto inaugural fue también similar a los otros dos. Asistieron los reyes, la Reina Madre, los infantes don Fernando, don Gabriel y don Alfonso y las autoridades. El alcalde don Mariano Zuaznabar entregó las tijeras a la Reina Madre para que cortara la cinta, recorrieron a pie el nuevo tramo y contemplaron desde el final del mismo el paisaje, acabando todo con un lunch.


El Paseo Nuevo estaba terminado pues el proyecto de continuarlo con un viaducto sobre el muelle fue desechado. San Sebastián contaba con un espléndido paseo. Un periódico local comentó: "San Sebastián puede ofrecer a sus turistas el más bello paseo del mundo, paseo en el que se une lo abrupto de la montaña con sus ciclópeos peñascos y la inmensidad del mar". Y otro periódico escribía: "Ahora puede darse un paseo de verdad, respirando el aire puro de la mar, aire que no encuentra ningún tropiezo antes de llegar a ese paseo y que, por tanto, no tiene ocasión de mezclarse con emanaciones extrañas. Allí las rocas, que resisten los embates del mar y que obligan a las olas a romperse y desmenuzarse en infinitas partículas que lleva en suspensión el aire; la gran llanura del Cantábrico; la variada visión de los vaporcitos y lanchas de pesca; las puestas obscuras o rutilantes del sol que a la mañana se vio transponer el Pirineo..."


Tras este primer paso de crear un paseo alrededor de Urgull el Ayuntamiento quería seguir avanzando, es decir adquirir la propiedad del monte que, propiedad del ramo de Guerra, era pieza esencial para la defensa del Castillo. Pero con el paso del tiempo y los avances de la técnica militar, el Castillo dejó de ser importante en una eventual guerra, con lo que pudo alcanzar San Sebastián una vieja aspiración y que aquel lugar fuera un parque como pocos hay en el mundo, con perspectiva.


Tras no pocas gestiones en las que se tuvo en cuenta la opinión favorable del Rey Alfonso XIII, se llegó a un compromiso, firmándose la escritura de venta el 24 de agosto de 1921 en el despacho del gobernador militar. Autorizó la escritura el notario don Emilio Fernández firmando la misma el alcalde don Pedro Zaragueta, los comandantes señores González y Elvira y como testigos el gobernador militar, general Arturo Querol y el presidente de la Comisión de obras del Ayuntamiento don Javier Olasagasti.


Al terminar de estampar los citados señores la firma en el documento de venta, las campanas de todas las iglesias de la ciudad comenzaron a voltear, izándose en lo alto del monte la bandera de San Sebastián. Las bandas de música y el tamboril recorrieron las calles tocando alegres pasodobles, estallando en el aire infinidad de cohetes. Era todo ello la expresión de la alegría de la ciudad por pasar a su propiedad lo que consideraba como soberbio parque natural. Y la alegría no sólo se manifestaba en las calles, sino también en las casas. Me contaba un ilustre donostiarra, don José María Aguirre Gonzalo que aquel día se celebró en su casa el acontecimiento con una comida propia de las grandes solemnidades.


El 31 de agosto, en lo que fue capilla del Castillo de la Mota, se celebró una misa. Se habían cubierto las paredes, con grietas y ennegrecidas por el paso del tiempo y de los avatares históricos, con reposteros y terciopelos y se había subido desde el Hospital Militar de Aldapeta, donde entonces se hallaba, el venerado Cristo de la Mota. Ofició la misa el Obispo de la diócesis, ayudado por los señores Zaragueta y Olasagasti. El altar se arregló con objetos religiosos de la parroquia de Santa María colocados por el sacerdote don Santos Orbegozo. En el momento del alzar, los guardias municipales hicieron una descarga.


A mediodía en el Macho se celebró un banquete ofrecido por el Ayuntamiento al que asistieron el presidente del Consejo de Ministros don José Sánchez Guerra, el obispo de la diócesis monseñor Leopoldo Eijo y Garay, el diputado a Cortes y ex-alcalde de San Sebastián don José Elósegui y Ayuntamiento en pleno, el gobernador militar y el diputado marqués de Tenorio.


En aquella comida se sirvió en botellas especiales agua y al probarla el presidente del Gobierno la elogió y mostró su deseo de adquirir unas cuantas botellas. El alcalde le dijo que no necesitaba comprar botellas de aquel agua, pues con abrir el grifo de su domicilio tendría cuanta agua quisiera, ya que la de la botella era del manantial de Articuza, la que se bebía en San Sebastián. A lo que el señor Sánchez Guerra contestó que los donostiarras teníamos una de las mejores aguas del mundo.


El alcalde había dirigido cuando se hizo efectiva la adquisición de Urgull, un telegrama al Rey agradeciéndole su intervención en la dilatada negociación que había culminado felizmente, y otro al vizconde de Eza que ocupaba el ministerio de la Guerra, que decía: "Acaba de firmarse escritura compra Urgull. En tan grato momento todos le hemos tenido presente no pudiendo olvidar que a su eficacísima y decisiva intervención se debe principalmente el logro de las aspiraciones de este pueblo e interpretando deseo de todos los donostiarras y Ayuntamiento reitérole sincero e inolvidable agradecimiento". A la hora de los agradecimientos no se podía olvidar a don Leopoldo Matos que llevando el proyecto de ley al Congreso intervino para aprobar unas modificaciones que favorecían a San Sebastián.


Pero Urgull antes de ser parque natural y antes de que el castillo se instalara en él fue un predio de labranza. Todo queda perdido no ya en la historia sino casi en la prehistoria de nuestro pueblo, y ya se sabe que la prehistoria según Menéndez Pelayo es poner historia donde no hay historia.


En aquellos lejanos años Urgull era una isla pues las aguas del Urumea y las de la bahía, que todavía no la habían bautizado con el nombre de Concha, se unían en lo que hoy es el moderno San Sebastián. Esto lo confirma hasta el nombre primitivo de nuestro pueblo, Izurun, que quiere decir isla. Fue al pie de ese monte donde se iban levantando casas y a aquel primitivo poblado se le dio el nombre de Urgull.


Parece ser que en el monte vivió un várdulo que instaló allí su casa y comenzó a labrar la tierra. Eran los tiempos felices a los que aludía Don Quijote en su discurso a los cabreros. José María Donosty sostiene que aquel poblador roturó la tierra labrándola y convirtiendo el lugar en una pequeña explotación agraria, pecuaria y forestal. “Había sembrados, viñas, arbolado, rebaños y hasta molinos. Había agua. Y es natural y lógico que, con estos elementos fundamentales para la explotación de una propiedad agraria, el várdulo donostiarra hiciera de parte de dicho monte, si no de su totalidad, el coto redondo de su posesión y pertenencia".


Pasados aquellos tiempos que podían ser los de una Arcadia feliz, se levantó en la cumbre un castillo sobre las ruinas de una antigua fortaleza y mientras la isla se convirtió en península con sus fortificaciones y defensas como lugar estratégico en las frecuentes guerras con nuestros vecinos los franceses. Si en lo alto de Urgull estaba la fortaleza, en su ladera levanta la familia Latorre su casa que se hallaba próxima a donde en la actualidad está el convento carmelitano de Santa Teresa. Aquel linaje de los Latorre desapareció pero su nombre quedó unido a Urgull, que si fue tierra de labor y lugar propio para que pastase el ganado, pasó después a ser castillo y desde 1921 parque, orgullo de la ciudad.
















El legendario Circuito de Lasarte

El circuito de Lasarte contribuyó en buena medida a pasear el nombre de nuestra ciudad por Europa. Nació en un momento en que San Sebastián, pasada la "belle époque", vivía unos días de esplendor, con una corriente de turistas que nos llegaban de todos los rincones de Europa y América, con fiestas y acontecimientos de toda clase. Los donostiarras de los días posteriores a la guerra europea querían lo mejor para nuestra ciudad y unos cuantos se decidieron a organizar unas carreras de automóviles, que entonces comenzaban a estar de moda en Europa. Fueron a París en busca de colaboración del periódico "L'Auto", el más prestigioso del continente en el campo del deporte, y la encontraron. Cuando expusieron su propósito, el periódico escribió: "San Sebastián, la magnífica playa, no podía quedar fuera del movimiento automovilístico y ta desde hace mucho tiempos u "sportivo" alcalde, don Felipe Azcona, tenía intención de organizar en esa región ideal una gran prueba automovilística. Un comité formado por los más competentes "sportivos" en esta especialidad de la provincia, entre los que destacan los señores Azcona, Segovia, Rivera y Mendía fue encargado de llevar a la práctica tan plausible iniciativa".

A primeros de junio de 1923 el redactor de "L'Auto" M. Faroux vino a San Sebastián para examinar el circuito y redactar los reglamentos de las distintas pruebas. Hecho el programa siguiendo las normas de aquel especialista, se comenzó a trabajar en la organización.

Poco después, "LAuto" describía el circuito, calificandolo de ideal y decia que estaba situado en una región que no puede ser más pintoresca y muy accidentada lo que permitirá a los coches hacer resaltar todas sus buenas cualidades, bajo todos los conceptos". Elogiaba los grandes sacrificios que se hablan impuesto los organizadores y la Diputación provincial, no escatimando nada y gastando varios millones de pesetas que sirvieron para que el cir cuito Lasarte-Andoain Urnieta Hernani fuera impecable

Aquel mes de julio se organizó una Sernana Automovilistica y el circuito tendria lugar el dia 27. Dos semanas antes vino a ver el recorrido Albert Guyot, célebre "as" del volante, que había triunfado en Indianapolis, Córcega, etc., que era entonces jefe de la casa Rolland Pilain. Dijo del recorrido que lo encontraba admirable, llamándole la atención los trabajos realizadon. "Pensaba que sólo los americanos eran capaces de emprender en tan poco tiempo obras tan formidables, pero a la vista esta que no tenemos que envidiarles nada en acometividad". Se parecía el cir-cuito, en mejor, a los italianos de Brescia y Targa. El suelo muy bueno, las curvas en magníficas condiciones, tenía la seguridad de que se harian velocidades medias de 105 kms. a la hora y que frente a las tribunas situadas en Lasarte se pasaría de 150 kons. a la horu

La anunciada y esperada Semana Automovilistica se inició con el gran premio de motocicletas y sidecars el 23 de julio de 1923. El vencedor de la prueba fue un donostiarra, Eduardo Landa sobre Harley, a una media de 90 kms., y en sidecars Vicente Naurer, a una media de 73 kms. A la inauguración de la Semana, que abria nue vos horianntes en la expansión turística y deportiva de Guipúzcoa, asistieron SS.MM. Jos Beyes don Alfonso y Dufia Victoria Eugenia. Siguieron las pruebas y el dia de Santiago se disputó el Gran Premio de Turismo, ven ciendo Satrüstegul sobre Bugatti que hizo 106 kms, a una media de 86 kms. En la prueba de autociclos, corrida el dia 26, el conde de Sert sobre Loryc, después de conseguir el mejor tiempo en la séptima vuelta, 11m. 48, en la siguiente tuvo un accidente dando la vuelta de campana, sufriendo conmoción cerebral y su mecánico lesio nes leves

Pero la gran jornada era la del dia 27, el Gran Premio de San Sebastián para coches de carreras, con treinta y tres vueltas al circuito con un total de 583,750 kms, de recorrido. Pese a la lluvia, miles de personas de toda Guipúzcoa fueron aquel viernes a presenciar la gran prueba, primera que se celebraba en España de aquella cate goría. En la tribuna real se hallaban los monarcas Don Alfonso y Duña Victoria Eugenia, la Reina Madre Doña Maria Cristina y los principes Raniero y Pio de Saboya.

Tomaron la salida cinco corredores, pues a última hora se anunció que el pilato Hemery, que iba a correr com Rolland Pilain, se hallaba indispuesto. La carrera resultó interesante en extremo y reidisima desde el momento en que tras cerrarse el circuito por Alberto Abrisqueta, que en un coche acompañado de los setiores Larreta, Carrasco, Legarra y Tejada dio la vuelta al recorrido, se dio la salida a los participantes

En las primeras vueltas fue en cabeza Hamovich que pilotaba un "Ballot", pero en la vuelta diecisiete Guyot, pilotando un "Rolland Pilain" se puso en cabeza y la ventaja de cien metros de los primeros momentos la fue ampliando y asi en la vuelta veintiuno iba dos kilómetros por delante. ¿Qué había pasado para que Hamovich hubie ra perdido tanto tiempo? Pues que se le habia pinchado una rueda y el tiempo que invirtió en carabiaria fue vital para el triunfo

La ültirna vuelta la dio Guyot en plan de vencedor entre ovaciones de la gente que habla seguido la prueba con gran interés, no faltando las apuestas sobre el resultado,

Terminó el Gran Premio venciendo en el primer circuito de Lasarte el piloto Guyot sobre "Rolland Pilain", que invirtió un tiempo de 4 horas, 45 minutos 57 segundon, a una velocidad media de 183,773 kms Ahora. Ganó 25.000 pesetas, la Copa del Rey y 2.000 pts. por hacer la vuelta más rápida, la 17, en 10 minutos 9 segundos, lo que signi ficaba una velocidad de 106,300 kms. a la hora. Segundo fue Delalande sobre "Rolland Pilain", en 6 h. 19 m. 12 s quien ganó 10.000 pesetas y una copa. Tercero Hamovich, sobre "Ballot", 5 h. 37 m. 16s ganando 4.000 pesetas y una copa y cuarto Martin, sobre "Rignan", 5 h. 47 m. 23 & siendo su premio 2.000 pesetas y una copa.

Aquella primera Semana terminó con el Gran Premio de voiturettes, disputado el día 28 y en el que venció el barón de L'Eppe en Bugatti, ganando un premio de 10.000 pts. y la Copa del Principe de Asturias.

Que la organización del circuito fuera buena, superada en las ediciones siguientes lo prueba el que en 1926 se confiaru en los donostiarras para que fuesen ellos los que montaran nada menos que el Gran Premio de Europa, la prueba de mayor categoria que se celebraba en nuestro continente. Se habla creado este premio en 1923 y se dis putó por vez primera en el circuito italiano de Monza sobre una pista de 800 kilómetros. Participaron catorce coches y venció Salamano sobre "Fiat", a una media de 147 kilómetros por hora. Se dio la nota triste que en los entrera mientos murieron dos pilotos, Sivocci, sobre "Alfa Romeo", y Giaccone, sobre "Fiat"

En 1924 se corrió en Francia participando veinte coches de siete marcas distintas, sobre una distancia de 800 kma, venciendo Campari sobre "Alfa Romeo" a una media de 114 kms. por hora.

Al año siguiente se disputó el Gran Premio en el circuito de Spa, en Bélgica, sobre 805 kms, participando siete corredores y resultando vencedor Ascari, sobre "Alfa Romeo", a una media de 119 kms. por hora.

Elegido el circuito de Lasarte para el IV Gran Premio de Europa, todo el mundo del motor se dio cita en nues tra ciudad, que vivió intensamente aquel acontecimiento. Se disputó la prueba el domingo 18 de julio de 1926, sobre una distancia de 779 kma., debiendo dar los participantes cuarenta y cinco vueltas al circuito, 17 kms. cada vuelta Los premios eran los siguientes para el primero, la Copa del Rey y 50.000 pesetas; para el segundo 20.000 pts; para el tercero, 10.000 pts., para el cuarto 5.000 pia; para el quinto 4.000 pts, y para el sexto 3.000 pis.

Aquel dia la ciudad prácticamente se despobió, calculándose en más de 70.000 personas las que presencia ron la prueba. Alll acudieron los Reyes don Alforso y doña Victoria Eugenia, la reina madre doña Maria Cristina, el principe de Asturias, el presidente del Gobierno general don Miguel Primo de Rivera... A las 9,30 de la mañana, dos coches salieron para recorrer el circuito, yendo en uno el duque de Alba, don Mamael Rezola y don Federico Zappino y en otro el conde de Caudilla, don Antonio San Gil y don Julio Segovia. Cerrado el circuito, el señor Zappino dio la salida a los sele participantes

Hasta la vuelta treinta y nueve iba primero Constantini, a quien todo el mundo daba por vencedor, pero en esa vuelta tuvo una averia en las bujías de su coche y fue perdiendo tiempo. Fue él quien dio la vuelta más rápida, la treinta y cinco, a 130 kms. 450 mts por hora. La clasificación fue la siguiente: 1 Jules Goux, con "Bugatti", que cubrió los 779 kms. en 6 h. 51 m. 52 s., a una media de 113 kms. 510 mts. por hora: 2 Bouzhier-Senechal, "Bugatti", 6h 50m 523" Constantini, "Bugatti", 7 h. 28 m. 18. a.; 4 Morel Benoist, "Delage", 5" Mincia Dupler, "Bugatti" 6 Beoist Wagner, "Delage"

La organización de la carrera fue perfecta y así lo reconocieron los miembros de los diversos Automóviles Club que vinieron a presenciar la prueba. Y ello se debió a los trabajos y desvelos de los hombres del Real Automóvi Club de Guipúzcoa don Federico Zappino, don Manuel Rezola, don Antonio San Gil, don Julio Segovia, don Javier Peña, don Alberto Abrisqueta, don Manuel Artola, don Carlos Resines, don José Balansategui...

Los presupuestos para la Semara Automovilistica celebrada, pues además del Gran Premio de Europa se dis putaron otros dias el Gran Premio de España y el Gran Premio de Turianos, fue de 700.000 pts. El Ayuntamiento donostiarra concedió una subvención de 30.000 pts. y el Estado otra de 242.000. Los premios ascendieron a 240.000 pla

Aquel Circuito de Lasarte, que tanto nombre nos dio por el ancho mundo, terminó sus dias el 22 de sep-tiembre de 1935 con el Gran Premio de España. Lo que había comenzado como un tímido ensayo una docena de años antes, que había culminado en 1926 con el Gran Premio de Europa y que había conseguido ponerse a la altu ra de los circuitos de Monza, la Targa Florio, Monthiery o L'Aus, vivió aquel dia su ültima jornada de triurdo. Un año después comenzaba la guerra civil y tras ésta la guerra mundial y cuando llegó la paz a Europa nadie se atrevió a reanudar aquellas expléndidas manifestaciones deportivas

Aquel domingo de septiembre de 1935 participaron en la carrera catorce coches, conducido uno de ellos por un español, Leoz, que pilotaba un "Bugatti". Las otras marcas eran "Auto Unión", "Mercedes", "Alfa Romeo y "Maserati". A las 12 en punto se dio la salida, actuando de "starter" el joven secretario del Automóvil Club de Guipúzcoa, don José Maria Maquibar. Las averias mecánicas se suceden. Brauschitch (Mercedes) tuvo que cambiar dos ruedas y repostar gasolina, lo que hizo en 32 segundos. Aquiles Varzi (Auto Unión) ve que su coche no responde y se juega la retirada ante la probabilidad de batir el récord de la vuelta más rápida, que detentaba Dreyfus, y lo consigue en la vuelta undecinu, cubriendo los 17 kms. 315 mts. del circuito en 5 m. 58 s. 6 décimas, a una media de 175 kms/bora. Pero poco después tiene que retirarse lo mismo que Leox (vuelta 21), Louis Chiron (Alfa Romeo) y Siena (Manerati). El español hizo lo que pudo y se recordaba que el vencedor del Gran Premio de Europa hizo una media de 113 kms. y Leaz cuando se retiró llevaba una media de 124 kms/hora

La gran lucha de aquel circulto fue entre los "Mercedes" y "Auto Unión", venciendo Caracciola (Mercedes) que invirtió 3 h. 9 m. 59 a. en recorrer los 5110 kms. 450 mts, a una media de 164 km./hora. Tras el se clasificaron Fagioll (Mercedes), Brauschitch (Mercedes), Wimille (Bugatti), Rosemeyer (Auto Unión), Benoist (Bugatti), Sommer (Alfa Romeo) y Lelour (Maserati).

Aquel último circuito fue presenciado por miles de personas y de la afluencia de gente dará idea que en los alrededores de la carretera se contabilizaron 20.000 coches































jueves, 5 de abril de 2012

El Duque de Mandas y Cristina Enea


Don Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas, fue un gran benefactor de San Sebastián y de Guipúzcoa. El mejor embajador que tuvo nuestra capital y provincia en Madrid fue este ilustre donostiarra y durante muchos años no había autoridad o comisión que acudiese a la Corte a gestionar asuntos que no contase con las ayudas eficientes del iustre prócer.

Nacido en San Sebastián en febrero de 1832, en la calle del Puyuelo nº. 30, fue don Fermín Lasala una relevante personalidad en la política española del siglo XIX y comienzos del XX. Cuando a los 22 años terminó su carrera de Derecho, se inició en la política, siendo elegido diputado a Cortes por primera vez en 1857 y desde entonces ocupó un escaño en las sucesivas legislaturas. En 1871 fue senador electivo y tras la Restauración canonista, senador vitalicio, Cánovas el Castillo le nombró ministro de Fomento, siendo más tarde embajador de España en París y Londres. Fue vicepresidente del Senado, gentilhombre de cámara, académico de la de Ciencias Morales y Políticas, presidente del Consejo de Estado..... Nunca olvidó su condición de donostiarra cuyo Ayuntamiento había regido su padre cuando el duque era niño. Aquí venía siempre que sus obligaciones se lo permitían, siendo su casa, "Cristina Enea", centro de reunión de políticos y aristócratas. No dejaba de bañarse en la Concha hasta edad avanzada y, gran nadador, en una ocasión hizo la travesía a nado desde San Sebastián a Pasajes.

De él se pudo decir, como de su padre, que "fue un buen patricio que amó con entusiasmo al pueblo de su naturaleza, hizo mucho bien y mereció el aprecio y las simpatías de la población".

Fue el gran valedor de nuestra ciudad ante los poderes públicos. Su gestión en el derribo de las murallas fue en extremo eficaz y así lo expresó nuestro Ayuntamiento públicamente. En efecto, en el libro de actas del municipio el secretario de la Corporación don Lorenzo Alzate da fe de la reunión celebrada por nuestros ediles el 4 de Agosto de 1863, y en ella se expresa "el público reconocimiento por su intervención en el acuerdo que hacía posible el derribo de las murallas", además de a otras personalidades como el marqués de la Haban, el duque de Tetuán , don Claudio Antón de Luzuriaga, don Joaquín Barroeta Aldamar y don Pascual Madoz, "a los hijos de este pueblo, los excelentísimos señores don José Manuel Collado, don Javier de Barcaiztegui y don Fermín Lasala que han formado en Madrid la comisión que activa e incesantemente han trabajado siendo secretario de ella el señor Lasala".

Al morir en diciembre de 1917 don Fermín Lasala, se supo que en su testamento legaba al pueblo donostiarra, entre otras cosas, la fastuosa finca "Cristina Enea". Mientras viviese su hermana política, doña Inés Brunetti, ésta sería la usufructuaria de la finca, sucediéndola a su desaparición su sobrina la marquesa de Riscal y de la Laguna, y al fallecimiento de ésta, pasaba al Ayuntamiento en determinadas condiciones.

La finca tenía una extensión de 78.979 metros cuadrados, ocho hectáreas en cifras más comprensibles, una finca al borde de la ciudad que en esta época de especulación y de contratistas dijérase que es como un legado del medievo, de cuando los señores feudales tenían unos derechos que iban desde acuñar moneda a levantar mesnadas para luchar contra el infiel. Pero esto es una pura ensoñación. La realidad es que ahí está la finca, con sus laureles y sus álamos y su aspecto salvaje superior a toda ordenación administrativa. Cuando uno ha visto tantas películas sobre las guerras antiguas con bosques como escenario, cuando los héroes de Walter Scott son a través de tanta literatura casi familiares, el hallarse con esta parcela recoleta y sombría le lleva a épocas que quedan aprisionadas en la leyenda. Si es verdad que existió la cetrería, que la caza con los halcones era el entretenimiento de aquella nobleza de hace siglos, si el azor de Baviera tenía señoría en aquellas artes de caza que ya quedan como una lejana leyenda, si todo esto pertenece a un ayer remoto ¿no puede uno pensar, envuelto en ese túnel del tiempo, que "Cristina Enea" sería hoy, en un retornelo imaginario, el escenario ideal para estas escenas que quedan en las páginas de las viejas historias y en algunos cuadros olvidados en los museos, como fríos testimonios de un pasado histórico?

El espíritu del legado del Duque de Mandas puede interpretarse de diversas maneras, pero lo más seguro que el legatario quería era que aquella finca conservara a través de los años ese aire campesino junto a una ciudad llamada por el progreso del tiempo a masificarse y a transformar mediante la piedra primero y el cemento después un sistema de vida. Ahí queda esos, pensaría el Duque de Mandas, en la frontera misma de la ciudad y ahí queda para que las generaciones venideras puedan de tarde en tarde adentrarse en la naturaleza y gozar de ella y que quienes tengan una cierta cultura no necesiten imaginarse a Virgilio como pura creación literaria sino que puedan comprobar en un mundo industrial, masificado y homogéneo, hay parcelas para pensar y para soñar. Donde todavía, como el monje Virila de la leyenda medieval, se puede escuchar el canto de un pájaro sin ninguna prisa, sin ser esclavo de las agujas del reloj.

Entre las condiciones que puso en su testamento respecto a Cristina Enea, citaré que no cambiase de nombre la finca, que el parque sirviera exclusivamente para paseo público, prohibía toda clase de juegos en su recinto, citando por vía de ejemplo la pelota, el foot-ball, las quillas, la barra, la inmunda ruleta, los caballitos o el clásico tresillo. Prohibía los bailes y permitía que tres veces al año, en primavera, en verano y en otoño, tocase la banda municipal y militar y cantase el Orfeón, teniendo que terminar antes del anochecer. No debía estar abierto el parque después del anochecer y prohibía toda clase de almuerzos, comidas y meriendas y "los puestos fijos o ambulantes de cosa alguna, ni siquiera de agua fresca". También prohibía que se talaran árboles o se rectificara el trazado del parque.

Del amor que sentía por su tierra es clara prueba lo que decía en su testamento: "Instituyo mi único y universal heredero a la provincia de Guipúzcoa, representada por la Diputación Provincial y Foral. Soy el único superviviente de todos los que fueron diputados generales en ejercicio en las tres provincias vascongadas  mientras estuvo en su plenitud el régimen foral que tanto amamos todos, y quiero dar a mi tierra natal, este fehaciente testimonio de que ni injusticias ni injurias, por una parte, ni por otra al haberme consagrado durante el último periodo de mi vida al servicio de toda mi patria, cuyos más elevados puestos ha tenido, han alejado, disminuido ni entibiado mi cariño filial por Vasconia".

La última voluntad del duque era muy detallista, y asi disponía que no se enajenara ni una parte mínima del capital y que las rentas se aplicaran a pocos y determinados objetivos. La cantidad legada a la provincia era de cua-tro millones de pesetas. Como he dicho legaba en usufructo a su hermana política doña Inés Brunetti la fastuosa residencia de "Cristina Enea", usufructo que pasaría a la desaparición de esta dama a doña Berenguela Collado y del Alcázar, marquesa de Riscal y de la Laguna, y a la muerte de ésta al Ayuntamiento donostiarra. A las referidas usufructuarias las imponía la obligación de vivir cuatro meses seguidos del año en la finca y al municipio, al que legó también su magnífica biblioteca compuesta por 18.000 volúmenes, el que abriera la finca al público durante el día, la conservara en el estado en que se hallase a su muerte, no talara árboles ni la cambiara de nombre. Legó otra can-tidad para la compra de un organo para el Buen Pastor. Legaba, además, 18.000 pesetas anuales para su entreteni-miento y conservación. Nombraba albaceas testamentarios al párroco de San Igracio, don Cándido Uranga, don Alberto Machimbarrena y don Julián Logendio.

El duque de Mandas falleció en Madrid el 17 de diciembre de 1917 y sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de Pollce. Muerta la segunda usufructuaria, doña Berengueia Collado y del Alcázar, según lo dis puesto en el testamento del duque, otorgado ante el notario don Lans Barrueta el 3 de noviembre de 1916, "Cristina Enea" pasó a propiedad municipal, tomando posesión de la finca el 2 de junio de 1926 el alcalde don José Elósegui y varios concejales.

En aquel acto se hallaban presentes dos de los tres albaceas, pues don Alberto Machimbarrena habia falleci dor don Julián Logendio y el párroco de San Ignacio don José Jausarás, quienes hicieron entrega de la finca.

Frente al chalet se había colocado el busto del donante, obra del escultor donostiarra Barriola, en cuyo pedestal habia esta inscripción: "Gratitud del pueblo de San Sebastián al señor Duque de Mandas. 1926". Al descu brirse el busto, la banda municipal, dirigida por el maestro Regino Ariz, interpretó una pieza, no pudiendo conti nuar el concierto por la intensa lluvia que caía en aquel momento.

Los invitados al acto, entre los que se encontraban el gobernador civil señor Chacón, el presidente de la Audiencia señor Señorans, el delegado de Hacienda sefior Claver, ol pintor Rogelio Gordón, recorrieron los salones de la planta baja del palacio donde había cuadros de gran valía, ricos objetos de arte, miniaturas y muchos recuer dos de los tiempos de la Restauración.

Al día siguiente, festividad del Corpus Christi, se abría el parque al público y los periódicos, al dar cuenta del hecho, decían que la finca era "un complemento de los encantos de nuestra ciudad, un paraje de vegetación abun-dante, con jardines y bosque, sol en abundancia y sombra apacible, un trozo de naturaleza a las puertas de la ciudad."

En el testamento del duque de Mandas se decia que el chalet de "Cristina Enea" podria servir de residencia al obispo de la diócesis de Vitoria (pues entonces San Sebastian pertenecia a ella) durante sus estancias en mies tra ciudad. Recién terruinada la guerra civil, se alojó en "Cristina Enea" monseñor Cicugrani, nuncio de Su Santidad en España. No habia presentado todavia sus cartas credenciales y su primera estancia española fue San Sebastián y acogiéndose al lestado del señor duque se alojó en "Cristina Enea". Tave el honor de que el diplomático vaticano me concediera una entrevista y tras un rato de conversación en el austero palacio de la finca, salimos a pasear por lou jardines. "Esto no tiene envidia a ninguno de los lugares residenciales que conozco", me dijo. "Esto" es lo que lon donostiarras tenenos como hien comural, muchas veces olvidado. "Esto" es lo que tenemos que conservar de acuerdo, afortunadamente, con el espíritu del testador

















domingo, 1 de abril de 2012

El Festival de Cine

Si en principio fue la palabra. según se lee en el Evangelio de San Juan, podría también decirse que en principio fue la Semana. Es decir, que antes del Festival del Cine lo que nació precediéndolo fue la Semana del Cine y todo ello surgió en la bodega de un comercio donostiarra en la primavera del año 1953.

Un grupo de comerciantes tuvo la idea de organizar una Semana del Cine. No he podido saber de quién fue ésta pues los supervivientes de aquellos pioneros de nuestro Festival no lo dicen. El caso es que se reunieron en la bodega de la tienda "La maison pour enfants" sita en la calle Churruca. Eran diez los comerciantes que acudieron a la cita y bien merece que traiga aquí sus nombres : DIONISIO PÉREZ VILLAR, JOAQUÍN ARELLANO, MIGUEL TELLO, WILLY FOCH, FRANCISCO ARANAZ DARRÁS, MANUEL DURÁN, JOSÉ SÁNCHEZ ECEIZA, JOSÉ JULIÁN MERINO, FRANCISCO PILARTE y ÁNGEL APRAIZ.

Allí se barajaron posibilidades, se enumeraron dificultades, se lanzaron proyectos. Todos acordaron trabajar sin desaliento y tras el programa de lo que se iba a hacer se repartieron los papeles para que cada uno actuara con cierta independencia pero en coordinación con los demás.

Lanzada la idea había que recabar ayudas. Varios de aquellos hombres se dedicaron a ello y tanto el Ayuntamiento, que entonces presidía JUAN PAGOLA BIREBEN, como el Ministerio de Información y Turismo y los sindicatos respondieron positivamente a las demandas que se les hicieron. El 3 de julio de 1953 en una sala de la Delagación Provincial de Sindicatos se reunieron nuevamente aquellos comerciantes con mandos sindicales y otras gentes de la ciudad para exponer su proyecto, aportar datos, recopilar ideas y concretar cifras. En la reunión llevó la voz cantante DIONISIO PÉREZ VILLAR quien dijo que las casas productoras habían ofrecido la primacía en el estreno de sus producciones y que el coste de la Semana rondaría el medio millón de pesetas. Entonces el delegado provincial de sindicatos, señor SÁNCHEZ EGUIBAR dijo que se solicitarían a la Delegación Nacional 150.000 pesetas.

Los reunidos acordaron que la Semana se celebrase del 21 al 27 de septiembre, invitando a asistir a ella a las figuras más calificadas de la cinematografía nacional y extranjera, productores, artistas y directores, seleccionándose previamente las películas para que el certamen tuviese una indudable calidad.

     El día de la clausura de la Semana se celebraría un festival de gala en Igueldo, actuando en la fiesta los artistas en una gran "kermesse". Simultáneamente al acontecimiento cinematográfico se podrían celebrar otros de rango artístico musical e incluso taurinos, no faltando las verbenas de gala en el Náutico y el Gran Casino y populares en el barrio del muelle.

     Respecto al local en el que se proyectarían las películas se barajaron los del Victoria Eugenia y Kursaal, inclinándose la mayoría por el primero de los citados. Se habló de nombrar un comité ejecutivo debiendo figurar en él representantes de los organismos más importantes de la ciudad, nombrándose por aclamación secretario general de la Semana a don DIONISIO PÉREZ VILLAR. Se acordó también instalar en la Delegación de Sindicatos una oficina que entendiera de todo lo relativo al recién nacido proyecto.

     El ministro de Información y Turismo, GABRIEL ARIAS SALGADO, la víspera de reunirse en San Sebastián el Consejo presidido por Franco, en el mes de agosto, recibió en el Náutico a parte de aquella comisión y les prometió apoyar la idea así como la colaboración de algunos técnicos.

     Según iban pasando los días y se acercaba la fecha de la inauguración de la Semana, las dificultades aumentaban. Pero la improvisación suplia a la inexperiencia. El maestro JUAN URTEAGA compuso una Barcarola dedicada al certamen, que el Orfeón Donostiarra grabó y con la que se iniciaban las sesiones cinematográficas.

     Al pensar en la decoración de la sala del Victoria Eugenia surgió la Concha que se convirtió en el símbolo de nuestro Festival. Se pensó en colocar una especie de túnel a la entrada del Victoria Eugenia adornado con conchas de escayola. Fue en el taller de decoración del señor NAVAJAS donde se plasmó la idea. Y de elemento decorativo pasó a ser el premio que se otorgaba y se sigue otorgando.

     El éxito de aquella Semana fue superior a todo lo previsto por los organizadores que después de la experiencia cedieron la responsabilidad de futuros festivales a otras manos, las que han llevado durante cuatro décadas largas la andadura de lo que se inició como el "Festival del Popelín", con que cariñosamente es conocido en su primera salida al mundo.

     El lunes 21 de septiembre de 1953 se inauguró aquella Semana, que se inició con una recepción en el Ayuntamiento. Allí se levantó el telón. Las estrellas, guapas de verdad, se presentaron en el Ayuntamiento mostrando toda su belleza. Allí estaban Paquita Rico, Emma Penella, Ana Esmeralda, Marujita Díaz, Carmen Sevilla, Geneviève Page, Aurora Bautista, y con ellas Mario Cabré, Cesáreo González, Virgilio Teiseira, Luis Lucía, Luis Mariano, Alfredo Mayo, Benito Perojo, Francisco Rabal..... A las 10,30 de la noche en el Victoria Eugenia se proyectó el documental inglés "El continente blanco" y a continuación la película "El pequeño mundo de don Camilo", de Julien Duvivier interpretada por Fernandel y Gino Cervi. En los días siguientes se proyectaron las películas "Los crímenes del museo de cera", de Andre Toth, por Vincent Price y Frank Lovedon ; "La guerra de Dios", de Rafael Gil, por Claude Laydu, Paco Rabal y Mario Davó; "Fuego en la sangre", de Ignacio F. Iquino, por Marisa de Leza y Antonio Villar; "Teresa Raquin", de Marcel Carné, por Simone Signoret y Ralf Vallone; "La pasión desnuda", de Luis César Amadori, por María Félix y Carlos Thompson; "Carne de horca", de Ladislao Vajda, por Rossano Brazi, Emma Penella y José Nieto; "En la palma de la mano", de Roberto Gavaldón, por Arturo Córdoba y Carmen Montejo; "Condenados", de Manuel Mur Oti, por Aurora Bautista, Carlos Lemos y José Suarez; "Todos somos asesinos", de André Cayatte, por Balpetre Mouloudji; "Hay un camino a la derecha", de Francisco Rovira, por Paco Rabal y Julia Martinez y "Los orgullosos" de Yves Allegret, por Michèle Morgan y Gérard Philipe.

     La asistencia de artistas y actores fue numerosa, siendo la mayoría españoles pero no faltaron extranjeros como la argentina Tilda Tamar, la japonesa Joshiko Jamaguchi, los franceses Claude Laydu y Geneviève Page, el portugués Virgilio Teiseira .... y junto a ellos la plana mayor de la cinematografía española desde Cesáreo González a María Asquerino.

     La Semana se clausuró el domingo 27 y los premios otorgados fueron estos: "La guerra de Dios" como la mejor película;  Julia Martinez a la mejor interpretación femenina por su trabajo en "Hay un camino a la derecha"Francisco Rabal a la mejor interpretación masculina en la misma películaRafael Gil, por la dirección de "La guerra de Dios" y a la mejor fotografía a la película "Carne de horca". Al acto de clausura asistió el delegado nacional de Sindicatos, José Solís Ruiz y el secretario de Cinematografía y Teatro, José María Alonso Pesquera. Y terminó con una gran fiesta de gala en el Hotel María Cristina. Fiestas hubo muchas, casi todos los días de la Semana, en el Trinquete, Náutico "Commodore", Tenis, se celebró una verbena en el Boulevard, salió la tamborrada infantil y el domingo 27 hubo una corrida de toros con ganado de Salvador Guardiola para los diestros Domingo Ortega, Mario Cabré y Pablo Lozano. En la terraza del Ayuntamiento actuaron en una bella estampa los grupos Stella Maris, Schola Cantorum, coro Easo y Coral Santa Cecilia.

     Aquellos comerciantes que organizaron la Semana no contaban casi con dinero y tenían que mirar hasta la última peseta. Y consiguieron que no hubiera déficit. Los gastos realizados fueron estos: fiestas en clubs, 172.072 pts.; impuestos, 11.946; alquiler del teatro Victoria Eugenia, 40.142; billetaje devuelto, 5.240; Conchas destinadas a premios, 31.473; material del billetaje, 5.137; comisión de festejos, 75.174; comisión de recepción, 11.844; alquiler del aparato para las proyecciones, 44.114; comisión de propaganda, 82.473; comisión artística, 59.216; gastos generales, 33.278; hoteles 142.037; facturas varias, 79.335; remanente destinado a la beneficencia municipal, 5.065. Total de gastos, 798.651 pts.

     El capítulo de los ingresos era bastante inferior al de gastos y por ello el Centro de Atracción y Turismo, en una reunión celebrada el 8 de octubre, cumplió la promesa hecha a los organizadores de la Semana cuando presentaron su proyecto y solicitaron su ayuda. A aquella reunión que presidió José María Maquibar, asistieron los vocales del C.A.T. Arbide, Villar, Cafranga y Arteche y los secretarios Cibrián y Machimbarrena, acordándose que la subvención a la Semana fuera de 200.000 pesetas, con lo que el capítulo de ingresos quedaba igualado al de gastos.

     Los ingresos fueron subvención del Ministerio de Información y Turismo, 150.000 pts.; subvención de la Delegación Nacional de Sindicatos, 100.000 pts; Servicio de Ordenación Económica de Cinematografía, 50.000 pts.; C.A.T. 200.000 pts.; Diputación de Guipúzcoa, 30.000 pts.; Cámara de Comercio de San Sebastián, 20.000 pts.; premios donados por el Gobernador civil de Guipúzcoa, 21.533 pts.; ingresos de fiestas, 48.924 pts.; ingresos de cine y por diversos conceptos, 178.194 pts. Total,, 798.651 pts.

Aquellos comerciantes que fueron los padres de la "criatura" nunca pensaron que la Semana por ellos ideada tuviera una tan dilatada continuación y que alcanzara la categoría de los grandes Festivales de Cine, como Venecia o Cannes. La historia de los Festivales no lo constituye solamente la constelación de estrellas -desde Francesca Bertini a Liz Taylor, de Kim Novak a Cantinflas- que a San Sebastián vinieron en las cuarenta y tantas ediciones del certamen, sino una legión de gentes encerradas muchas de ellas en el anonimato. Hay nombres rutilantes, hay brillantes apellidos que "suenan" a la gente. Pero el Festival tiene mucho más que el escenario y es entre las bambalinas donde se trabaja y se hace el certamen. Ahí están los directores, desde Carlos Fernández Cuenca a Miguel Echarri, los secretarios, desde Ramiro Cibrián a Pilar Olascoaga, los relaciones públicas desde Nacho Angulo a Javier Letamendía, los presentadores, desde Alberto Olivares a Petrita Tamayo y Mario Cabré...

Este, el poeta-torero, cada noche nos sorprendía con un elegante y original smoking y sabía poner en su labor de presentar artistas una gran mesura. Su labor no se limitaba a salir al escenario, pronunciar unas palabras y dar un ramo de flores. Hacía una labor de contactos, de relaciones públicas y siempre se echaba mano de él para arreglar sobre la marcha una dificultad surgida, un contratiempo inesperado.


Nuestro Festival no hubiera sido lo que ha sido, no hubiese llegado a tan altas cotas de popularidad sin la labor que han realizado los periodistas. Ellos han ido contando, año tras año, lo que en San Sebastián sucedía y gracias a ellos en regiones alejadas de la nuestra, en pueblos perdidos en la geografía española, sabían que en San Sebastián se daban cita actrices y actores de calidad, había fiestas suntuosas, se proyectaban buenas películas y nuestra ciudad se convertía durante una larga ana en la capital del cine y por las calles podía uno cruzarse con las lejanas y casi míticas figuras del séptimo arte, que no son de celuloide sino de carne y hueso.


He vivido todas las ediciones de nuestro Festival y he convivido con algunos de los periodistas que llegaban a San Sebastián enviados por sus periódicos para informar. Les he visto en qué condiciones trabajaban y cómo ponían siempre el adjetivo preciso y en ocasiones echaban al saco del olvido posibles y humanos errores cometidos en el desarrollo del certamen. Citaré algunos nombres y en primer lugar el de Alfonso Sánchez, un hombre fiel a la ciudad a la que ya antes del Festival había dedicado elogiosas crónicas en aquel “Informaciones” de tan grata recordación. Asistió a los primeros veintiocho Festivales, falleciendo unos días antes de que las luces del Victoria Eugenia anunciaran el comienzo de la XXIX edición. Tan vinculado estaba con nuestro certamen que aceptó en diversas ocasiones el formar parte del comité de selección de películas y del jurado. Pero su gran tarea estaba en aquellas deliciosas columnas donde día a día ponía de manifiesto su lozano y fértil ingenio, sus grandes conocimientos de cine y su entrañable afecto a esta ciudad en la que le gustaba pasear bajo la lluvia, comer los platos típicos de nuestra cocina y charlar con los incontables amigos que aquí tenía, lo mismo en los elegantes salones de un hotel que en el ambiente popular de una sociedad de la Parte Vieja.


Pero si dedico un párrafo especial a Alfonso Sánchez no por ello me olvido de otros periodistas de calidad que tanto han escrito sobre el Festival. Cómo olvidarse de Miguel Pérez Ferrero, el “Donald" de sus críticas cinematográficas, de Carlos Fernández Cuenca, que durante dos años dirigió el Festival, de Pascual Cebollada, de Josefina Carabias, de Luis Gómez Mesa, de Miguel Urabayen, de Antonio Martínez Tomás, que abría diariamente la ventana de "La Vanguardia" para que toda Cataluña estuviera enterada de la realidad de nuestro Festival.


Creo que los nombres de estos y de tantos otros que han hecho información de nuestros Festivales, no debemos olvidarlos. Porque es de justicia reconocer su labor.


Y aquí pongo fin a estos relatos en los que más de un lector encontrará errores, pero creo que ninguno hallará un desfallecimiento del autor en su amor a San Sebastián, la ciudad en la que nació y donde transcurrió la mayor parte de su vida.

(Del San Sebastián que fue. JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)