jueves, 24 de mayo de 2012

La Semana Grande

Desde tiempo inmemorial, el 15 de agosto es el día grande del verano donostiarra. La Asunción de María se celebra en San Sebastián con gran esplendor y aunque los festejos poco han variado de un año a otro, tiene la fecha una fuerza para los que aquí hemos nacido que si por alguna razón ese día estamos lejos del "txoko", la nostalgia nos domina y añoramos la Salve de la víspera, el paseo junto al mar, el concierto del Boulevard, los toros de la tarde -¡ay, los toros que fueron sal y gracia de la fiesta pasaron a mejor vida entre nosotros!- los fuegos de la noche...


El 15 de agosto es el día cumbre de la Semana Grande donostiarra. Lo de Semana Grande nació en la mente creadora de un hombre, don José Arana Elorza, un adelantado de la propaganda que lanzó con visión de empresario al ruedo español y europeo el término, que ahí está.


Había nacido Arana en Escoriaza, y en San Sebastián montó una modesta tienda de coloniales en una de las primeras casas que se levantaron en el Boulevard después del derribo de las murallas, en la esquina con la calle Elcano. Al terminarse la segunda guerra carlista y haber quedado destruida la plaza de toros que había en Atocha, Arana levantó en el tiempo récord de veintisiete días otra plaza, en el sitio que ahora ocupa el rascacielos. Era de madera y su capacidad habla mucho de la afición taurina de los donostiarras, pues siendo la población de San Sebastián de 18.500 habitantes en el coso cabían 10.000 espectadores. Se inauguró el 16 de julio de 1876 con reses de Laffite, Saltillo y Martínez para los diestros Frascuelo y Villaverde. Fue entonces cuando Arana pensó en llenar la semana de agosto en la que se celebraba la fiesta de la Virgen de corridas de toros y surgió el término “Semana Grande" que gracias a una hábil publicidad tuvo inmediato eco, pues los carteles anunciándola se pegaron en todas las esquinas del País Vasco, en Aragón, Rioja, Navarra y las provincias limítrofes del Sur de Francia a la vez que se hablaba de ella en los periódicos de la época. En San Sebastián las charangas y los cohetes que ahuyentaban a las nubes daban colorido a la fiesta que tenía gran atracción, no sólo debido a la innata afición de los donostiarras a las corridas sino a que Arana traía lo mejor del firmamento taurino, desde Mazzantini a Reverte, desde Carancha a Guerra o Lagartijo. Y para completar la fiesta, por la noche se quemaban los días de corrida fuegos artificiales en la Concha.


El éxito de público de la Semana fue inmediato. Había corridas cuatro y hasta cinco días a la semana y la ciudad se veía invadida de gente foránea, gran parte procedente del sur de Francia donde la afición a los toros es mucha.


La Semana Grande sigue, pero desde que en 1973 la piqueta municipal en cumplimiento de un nefasto acuerdo del Ayuntamiento derribó la plaza del Chofre, lo que creara José Arana poco tiene que ver con lo de ahora. En la Semana hay otros espectáculos, pero de aquélla que los que peinamos canas hemos conocido en su esplendor, solamente nos queda la Salve del día 14 de agosto, los fuegos... y el espíritu de los viejos donostiarras.

El acto más entrañable de toda la Semana Grande y de todo el verano donostiarra lo constituye la Salve que se canta en la parroquia de Santa María desde tiempo inmemorial la víspera de la Asunción de Nuestra Señora. En 1887 inició el veraneo en nuestra ciudad la Reina Regente, doña María Cristina y desde aquel año hasta 1929 no faltó más que una vez al piadoso acto la Soberana: en 1898, año en que por razones de la guerra colonial no vino a San Sebastián. Cuéntase que el primer año que la Reina acudió a este piadoso acto entró bajo palio en el templo. Con ella se colocó el ama que llevaba en brazos al futuro Alfonso XIII, entonces un bebé de poco más de un año de edad. El párroco, el reverendo Bengoechea, debió pensar que bajo el palio no debía ir el ama y cogiendo al niño de los brazos de ésta se lo entregó a su madre, a la vez que decía dirigiéndose a aquélla: "Tú, fuera".


Pero bastante antes que su Majestad acudiese a la Salve, ya los donostiarras llenaban el templo el 14 de agosto, el maestro Santesteban dirigía el canto y el altar mayor se adornaba con flores y plantas y con gran número de luces colocadas en las arañas que solían prestar para la fecha algunas familias donostiarras.


Cuenta Siro Alcain que como en el exterior no hubiese ningún signo que anunciase la fiesta religiosa que allí se iba a celebrar, se le ocurrió a mediados del pasado siglo como auxiliar que era del mayordomo, inaugurar en la fachada la iluminación con vasos de colores, con una alegoría central a la Virgen. Mirando la fachada notó que en dos puntos laterales había unos huecos que indicaban que en ellos faltaba algo. Recordó haber visto en los ensayos de comparsas de jardineros y otras que se celebraban en el antiguo convento de San Telmo dos grandes angelotes de madera que estaban arrinconados y que podían acomodarse en los referidos huecos. Tomadas las medidas, resultaron como mandados hacer para aquellos sitios y dispuso de ellos como bienes mostrencos, procediéndose a su colocación y después de convenientes arreglos lucen allí como si fueran de mármol. En cada una de las cuatro columnas centrales que sostienen la nave o cúpula cerrada del templo había cuatro bases construidas en la parte alta con el fin de colocar en ellas a los cuatro evangelistas. Se hizo una suscripción pública y con el dinero recaudado se pudieron adquirir y colocar las imágenes.


A este templo acudía en el atardecer del 14 de agosto el pueblo de San Sebastián y con él la Reina Regente para asistir a la Salve. De las muchas veces que asistió a la tradicional ceremonia religiosa voy a referirme a una cualquiera, la del año 1896. La acompañaban sus hijas, la princesa María de las Mercedes y la infanta María Teresa. Cuatro batidores de la escolta precedían al landó real y al estribo de ésta iba el jefe de la escolta señor Sancristóbal. En otros carruajes iban el jefe superior de palacio duque de Medina Sidonia, comandante de Alabarderos general Alameda, jefe del Cuarto militar general Polavieja, la duquesa de Bailén, la condesa de Sástago y la marquesa de Miraflores. Al pasar la comitiva ante el Casino, la orquesta situada en la terraza interpretó la Marcha Real. Una compañía del Regimiento de Valencia, con bandera y música, rindió los honores de ordenanza en la calle Mayor.


La real familia fue recibida al pie de la escalerilla del templo por el ministro de Jornada, duque de Tetuán, gobernador civil conde de Ramiranes, el Ayuntamiento con su alcalde don Joaquín Lizasoain y otras autoridades. El obispo de Vitoria monseñor Piérola dio el agua bendita a las personas reales que entraron bajo palio llevado por ocho concejales. La capilla interpretó la Salve en re menor del maestro Santesteban y luego el gradual. Terminada la ceremonia religiosa, la familia real regresó a palacio. Una fina lluvia hizo preciso cerrar los coches y abrir los paraguas.


Tras la Salve del 14 de agosto venía el día de la Virgen y yo voy a traer aquí una crónica del periodista madrileño E. Sepúlveda que con la prosa muy del gusto de la época nos dice cómo fue el 15 de agosto de 1888. Entre otras cosas escribió: "¡15 de agosto! El día mayor de San Sebastián. Al mediar la mañana es imposible dar idea aproximada del aspecto que presenta la ciudad. En el cielo una luz clarísima: se ha puesto el traje de lujo... azul y oro; en las calles, según las estadísticas, diecisiete mil forasteros; el mar un poco agitado, haciendo y deshaciendo mil cintas de plata; los hijos del país con sus mejores ropas; en lo alto del Castillo la bandera nacional, que es gloria de la Patria y símbolo del regocijo, y de tiempo en tiempo cruzando el espacio azul, infinidad de cohetes y voladores que anuncian en los aires el alborozo de la tierra.


El programa del día, tentador. Partido de pelota, música y orfeones, toros, funciones teatrales. Todo se ha cumplido al pie de la letra. Ni el calor sofocante de la mañana ha quitado gente al frontón, ni la galerna de la tarde ha retraído un solo turista a asistir a presenciar la lidia de las reses colmenareñas. En Jai Alai (cualquiera comprende a primera vista que esto quiere decir "fiesta alegre") ha sido el triunfo de Elícegui y el Manco. En la otra plaza, en la fiesta verdaderamente alegre, no han triunfado ni Rafael ni Salvador, y como antes del segundo toro se desencadenó la tempestad de viento, “El Lagartijo" y "Frascuelo" y... el mal tiempo nos ha divertido poco. Los toros de hermosa lámina, con lo que el empresario ha cumplido, pero casi todos “bueyendos". No por esto han dejado de matar muchos caballos, con gran sentimiento de los franceses que llenaban el circo".


El cronista, detallista y minucioso, sigue describiendo el día y agrega que "por la noche no se ha podido encontrar mesa en ningún restaurante, ni hueco en un café, ni localidades en los teatros. El Casino, espléndidamente iluminado. El arrendatario de su espléndida "salle a manger" ha visto ocupada todas las mesas y, sin duda por falta de costumbre, el servicio ha dejado mucho que desear. Desde la sopa (consomé) al primer plato, y después de consumirse la paciencia han tenido algunos tiempo de ir a dar una vuelta por el Boulevard. Y vean ustedes lo que son las cosas; todos los que no querían digerir antes de tiempo, demostraban su disgusto y su impaciencia llamando con ruidosas palmadas, una y otra y cien veces, a los mozos y garçons (algunos de estos proceden del Biarritz madrileño), resultando por tanto una ovación para el fondista que, tomándolo en serio, decía al retirarse a su casa:


-¡Qué éxito el de hoy! No han cesado de aplaudir un solo momento..."


Eran aquellos los días de esplendor del Gran Casino, de los conciertos de Gayarre y Sarasate, de los tranvías de mulas, de los cafés de la Marina y el Novelty, de la llegada del Nautilus, de las corridas de toros que organizaba José Arana en la plaza de Atocha, del "Giralda" anclado en la bahía, de los coches de alquiler llamados "cestas", del motín de Sagasta, de las casetas de bueyes, de Mazzantini y Rafael Guerra...


Todo queda ya un tanto borroso, entre la niebla del tiempo ido, como en un viejo daguerrotipo guardado con cariño entre los recuerdos entrañables. Sin que el cronista haya ido en busca del tiempo perdido, aquellos veranos conocidos a través de crónicas periodísticas y de los relatos de nuestros mayores, vuelven a la memoria. Es la crónica de un ayer que no volverá.

















La Escuela de Artes y Oficios

No he encontrado muchas noticias sobre cuándo comenzó a funcionar el servicio de Correos en San Sebastián. Sabemos que fue a finales del siglo XVI cuando quedó oficialmente constituido en nuestra ciudad el servicio de Postas y al comenzar a funcionar las diligencias en 1816, aquí llegaban de varias compañías y una de estas era la que transportaba el correo cuya oficina estaba en la calle Narrica, nº 22, casi frente a San Vicente.


Al crecer la ciudad y aumentar el número de sus habitantes, la sede de Correos se quedó pequeña y tras levantarse el edificio de la Diputación en la plaza de Guipúzcoa se completó la manzana instalándose en ella el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, la fábrica de Tabacos, unas escuelas y la central de Correos, sita en la esquina de las calles Garibay y Andía que funcionó hasta 1955 en que se trasladó a su sede actual, en la calle Urdaneta donde hasta entonces había estado la Escuela de Artes y Oficios.


Esta Escuela fue creada por iniciativa del teniente de alcalde del Ayuntamiento donostiarra don José Olano en 1879 y la inauguración oficial, instalada provisionalmente en el Instituto Provincial, tuvo lugar el 1 de enero de 1880 en un solemne acto en el que hablaron el director de la misma, don Nicolás de Bustinduy y Vergara y el citado señor Olano.


Desde el primer día, la Escuela tuvo gran aceptación en San Sebastián así en el año de su inauguración contó con 146 alumnos. El curso siguiente se estableció una sección de dibujo para señoritas, matriculándose 44 alumnas para seguir las clases. En el curso 1884-85 la matrícula alcanzó 233 alumnos y 91 alumnas. Entre sus primeros alumnos figuraba Elías Salaverría, que desde Lezo donde vivía venía diariamente a clase andando.


Al suprimirse en 1885 los estudios mercantiles que se daban con carácter oficial en el Instituto, el Ayuntamiento donostiarra, a sugerencia del claustro de profesores de la Escuela de Artes y Oficios, aprobó una reorganización de los planes de estudio de ésta, que a partir de entonces comprendió tres secciones: la de Artes Industriales y de Construcción, la de Bellas Artes y la de Comercio. Esta última comprendía tres cursos en los que se impartían clases de aritmética, geografía estadística, teneduría de libros, economía política y derecho mercantil, prácticas de contabilidad, francés e inglés. De aquellos primeros años son los profesores, además del citado señor Bustinduy, don Adolfo Comba, don Fermín Barech, don Antonio Gorostidi, don Dimas Albarellos, don Sebastián Camio Lecuona, don José de la Peña García Borreguero, don Antonio Gorostidi, don Andrés García Elustondo, don Raimundo Menéndez Orra, doña María Arango, don Marcos Soraluce, don Rogelio Gordón, don Antonio Gargallo...


De épocas posteriores son don Ubaldo Usunáriz Berant, don Adrián Besné, don Antonio García Albisu, doña Josefa Rodríguez Terrer, don Eugenio Gil de Montes Artola, don Luis Ormaechea Lizaso, don Luis Ezcurdia Elola, don Eusebio Zuloaga de la Prida, don Matías Beristain Arzac, don José María Tejada...


La vida de la Escuela, tanto por la calidad de las enseñanzas que se daban en sus diversas secciones como por el número de alumnos que acudían a ellas, dejó sentir sus efectos en la ciudad y hasta agosto de 1944 en que se clausuró fueron miles los muchachos que por sus clases pasaron y que se beneficiaron de las lecciones allí aprendidas.


En la Memoria que se leyó en la apertura del curso escolar 1905-1906 se decía, entre otras cosas: "No puede negarse la existencia en el seno de las masas estudiantiles de una mala levadura que provoca el desorden y la rebelión sin que basten en ocasiones a contenerlas las medidas de previsión adoptadas que son inherentes en estos casos. Nada más lejos de nuestro ánimo que coartar, contener o reprimir las libertades y arranques del espíritu, pero ¿no es triste y lamentable que se vean gastadas las energías latentes indebidamente por motivos baladíes, faltando en cambio en otros momentos solemnes y de indudable trascendencia, que son cuando deben manifestarse en toda su grandeza y poderío? Es evidente que con el desorden y perturbación por sistema, sin más objeto que la misma perturbación y desorden, se volvería a un estado de barbarie, reñido con el único adelanto posible, el natural y colectivo; debe pues semejante tendencia combatirse y condenarse".


Tras la lectura de estos párrafos, dijérase que los estudiantes de nuestra Escuela de Artes y Oficios eran indisciplinados y rebeldes, cuando era todo lo contrario a juzgar por los datos contenidos en la citada Memoria. Pero aquellos profesores querían ponerse la venda antes de la herida, por lo que se ve. Pues el hecho es que en la apertura del nuevo curso, que tuvo lugar el 2 de octubre de 1905, y que fue presidida por el alcalde marqués de Rocaverde, los datos que leyó el secretario del centro, señor Peña Borreguero, probaban cómo las clases populares llenaban materialmente las aulas y el número de alumnos crecía cada año, pues si en el curso escolar 1903-1904 fueron 873 los matriculados, en el curso 1904-1905 se rebasó esa cifra alcanzando la de 933, obligando a cerrar la matrícula por resultar insuficientes los locales. Y las notas dadas no reflejaban sino aplicación.


Los 933 inscritos se repartían en tres grupos de enseñanza: sección industrial 445, sección artística 306 y sección comercial 182. Por edades, los alumnos de doce a quince años era 427, de quince a veinte eran 371 y 135 de veinte en adelante. De las 933 inscripciones citadas terminaron el curso 657, es decir cerca del sesenta por ciento y fueron examinados 453 mereciendo las siguientes clasificaciones: sobresaliente con premio 86; notable, que daba derecho a matrícula gratuita para el año siguiente, 117; buenos, 186 y aprobados 64. No había suspensos por la práctica seguida en el centro de no permitir examinarse a aquellos alumnos que no estaban en condiciones para ello, pues el permiso escrito del profesor era exigido para adquirir en secretaría la consiguiente papeleta de admisión.


Funcionaba también una sección de alumnas, que en el curso 1904-1905 registró 187 inscripciones. De estas alumnas terminaron el curso 173, es decir el 92 % y se examinaron 152 obteniendo estas calificaciones: sobresaliente con premio 40; notable 55; bueno 48; y aprobado 9. Las chicas acudían a horas distintas y en lo posible a locales diferentes de los chicos. Se decía en la Memoria citada que la mujer manifestaba mayor constancia y asiduidad, tomando con mayor empeño su propósito y poniendo mayor amor propio.


Era tal el número de alumnos que acudían a las clases de la Escuela de Artes y Oficios que el espacio que ocupaba en la calle de Andía, junto al Instituto Provincial de Segunda Enseñanza resultaba insuficiente para el desarrollo de la actividad académica. Al trasladarse el Instituto en 1900 a la plaza del Buen Pastor, parecíase iba a solucionar el tema del espacio, pero no fue así pues parte de lo que había sido Instituto fue ocupado por la Biblioteca y el Museo.


El Ayuntamiento se decidió a construir un nuevo edificio para la Escuela en la manzana situada entre las calles Urdaneta, Isabel la Católica, Sánchez de Toca y Fuenterrabía, junto al Instituto, completando así con dos edificios nobles la plaza del Buen Pastor. Se anunció el concurso de proyectos, señalándose que el coste total de la construcción no podía rebasar la cantidad de 425.000 pesetas. Se presentaron trece anteproyectos y el jurado, que presidía el alcalde marqués de Rocaverde y del que formaban parte los arquitectos municipal y provincial señores don José de Goicoa y don Manuel Echave, el director de la Escuela don Rogelio Gordón y tres arquitectos elegidos por los propios concursantes, emitió su fallo en enero de 1906, eligiendo los anteproyectos de don Enrique Martí y Perla, de Madrid; don B. Romás, de Vigo; y don Domingo Aguirrebengoa y don Juan R. Alday, de San Sebastián. Tres meses después tenían que presentar el proyecto definitivo y sobre él fallaría el jurado. Este el 26 de abril de 1906 eligió el proyecto presentado por el señor Aguirrebengoa, condicionado a introducir algunas modificaciones. Realizadas éstas, fue el proyecto de este arquitecto el que se llevó a cabo.


La primera piedra del nuevo edificio se colocó el 11 de abril de 1907, y el acto revistió gran esplendor asistiendo el Ayuntamiento en corporación con el alcalde marqués de Rocaverde, el gobernador civil marqués de Velilla de Ebro, el gobernador militar general Chacón, vicepresidente de la Diputación señor Zavala, claustro del Instituto con su director don Paulino Caballero, claustro de la Escuela de Artes y Oficios, comisiones de diversos centros de enseñanza, etc. El solar estaba adornado con banderolas, mástiles y gallardetes, habiéndose improvisado en el centro un altar. A la izquierda de éste se había preparado el lugar donde iba a colocarse la piedra, la cual, adornada con cintas de los colores nacionales y de la matrícula de San Sebastián, pendía de una grúa de mano con que había de hacerse descender aquélla.


El párroco del Buen Pastor, don Martín Lorenzo de Urizar, ayudado de dos coadjutores, bendijo el sitio donde iba a ser colocada la piedra, así como ésta con arreglo al ritual. Se procedió después a firmar el acta por las autoridades, dando fe el notario don Santiago Erro. Luego se cerró una cajita en la que se habían introducido el acta, los periódicos del día, varias monedas, etc., cajita que fue colocada en la base de la piedra, siendo ésta descendida al suelo después de echar el alcalde unas paletadas de cal.


Pronunció unas palabras el alcalde, aludiendo a la constante preocupación del Ayuntamiento por la extensión de la cultura, elogiando al arquitecto autor del proyecto. Y con ello acabó el acto.


Las obras terminaron el 4 de octubre de 1909 habiendo costado 404.900 pesetas. El edificio ocupaba una superficie de 1.830 metros cuadrados siendo de planta centrada en torno a dos patios, estando la fachada principal en la calle Urdaneta, en la trasera de la parroquia del Buen Pastor. La piedra utilizada era arenisca, de las canteras de Igueldo. En el cuerpo central tenía un balcón corrido con un frontón central y un escudo y en los laterales los balcones tenían hojas y palmas habiendo en las ventanas superiores unas pequeñas pilastras. La cornisa estaba rematada por pináculos y escudos situados en el centro de las mansardas de la cubierta.


En los sótanos del edificio estaban los talleres de carpintería, con ocho bancos con material propio del oficio; electrotecnia para la enseñanza de la electricidad, mecánica con taladrador, cepilladora mecánica, torno, etc; análisis para los productos químicos y preparación de tintes; vaciado y talla para el modelado y vaciado de los trabajos en las clases de dibujo de adorno, ornamentación y estilo.


En la planta baja había dos patios simétricos con bancos corridos para que los alumnos pudieran esperar la hora de las clases. En esta planta estaban las clases de física y química, higiene, esterotomía, geometría y dibujo aplicado, flores y corte, talla, museo de mecánica, gabinete de física, museo industrial, comercial y legislación mercantil con mecanografía. En el primer piso se hallaban las clases de teneduría de libros, aritmética, francés, inglés, cuarto para material artístico, sala de profesores, secretaría, dirección, salón de actos y biblioteca. En el segundo estaban las clases de dibujo lineal, de adorno y de figura en tres salas separadas.


El Museo y Biblioteca se hallaban en las plantas principal y segunda con entrada independiente por la calle de Fuenterrabía, estando algunas salas de pintura en la planta segunda.


El fluido eléctrico de la Escuela se producía por el mismo taller de electricidad, habiendo hecho la instalación los alumnos dirigidos por el maestro de taller. Como novedad, en algunas clases se había dado a los mecheros una disposición especial, invertida para que la luz reflejara en el techo y descendiera como verdadera luz cenital, difusa, igualmente repartida por toda la estancia. Este sistema tenía, además, ventajas económicas pues se obtenía la misma intensidad luminosa con muchos menos focos y con mucho menos gasto. El director de la Escuela, don Rogelio Gordón, había realizado un viaje al extranjero y visitado centros, tomando buena nota de las novedades que observó.


La inauguración de la Escuela tuvo lugar el jueves 21 de octubre de 1909, a las 7 de la tarde. En la escalera principal se hallaba el director, todo el personal de profesores, maestros de taller, el alcalde don Jorge Satrústegui y los concejales señores Bermingham, Vega de Seoane, Carasa, Alonso, Camio, Múgica y Santo Domingo que recibieron a los invitados, gobernador civil marqués de Velilla de Ebro, presidente de la Diputación señor Carrión, de la Audiencia señor González Ruiz, catedráticos del Instituto y otras personalidades.


En el acto hablaron el alcalde, gobernador civil y el presidente de la Diputación y luego todos los invitados recorrieron el nuevo edificio.


La inauguración del curso fue al día siguiente. La matrícula rebasó la del año anterior que fue de 912 alumnos. La inauguración del Museo y la Biblioteca fue semanas después.


La vida de la Escuela, tanto por la calidad de las enseñanzas que se daban en sus diversas secciones como por el número de alumnos que acudían a ellas, dejó sentir sus efectos en la ciudad y hasta agosto de 1944 en que se clausuró fueron miles los muchachos que por sus clases pasaron y que se beneficiaron de las lecciones allí aprendidas. Su sede, sita en la calle de Urdaneta (donde al ser clausurada la Escuela se instaló Correos y Telégrafos), que también albergó durante bastantes años la Biblioteca Municipal hasta su traslado a San Telmo, fue un centro cultural y técnico del que salieron miles de alumnos que gracias a las enseñanzas allí recibidas pudieron ocupar después cargos en empresas industriales y comerciales diversas. El día que la Escuela de Artes y Oficios cerró sus puertas, un capítulo de la vida de San Sebastián terminaba. Un capítulo entrañable, muy querido por los donostiarras algunos de los cuales con sus fundaciones generosas premiaban a los alumnos del centro. La Escuela de Artes y Oficios es ya un eco lejano del San Sebastián de ayer.















El palacio de la Diputación

La Diputación Provincial, dado el régimen foral que tenía Guipúzcoa, era corporación clave en orden a la administración de la provincia. Y su palacio uno de los que tenía más vida en orden a la política y a la reducida burocracia que entonces existía. Pero no se conservan muchos documentos sobre la sede de la Diputación, tal vez los numerosos incendios que ha sufrido la ciudad, los saqueos de que fue víctima en lances de guerra o el poco celo que pusieron nuestros antepasados sea la causa de que el estudioso de nuestros días se encuentre con auténticas lagunas cuando quiere investigar la historia de nuestros mayores.


Del actual palacio de la Diputación se sabe que su historia arranca de cuando el Ayuntamiento de San Sebastián adquirió del Estado los terrenos comprendidos en el antiguo campo de maniobras por el precio de 392.387 pesetas que debía pagar en ocho plazos. De los tres solares por edificar sitos en la plaza de Guipúzcoa, el del centro pertenecía a la Diputación y los dos laterales al municipio con destino a edificios públicos. El Ayuntamiento propuso al Gobierno que levantara sobre estos dos solares dos edificios con destino a dependencias del Estado, propuesta que fue aprobada por Real Orden de 7 de marzo de 1879. El arquitecto municipal don José Goicoa hizo el proyecto de los edificios cuyos solares presentaban en la plaza de Guipúzcoa una línea de 85 metros y de 20 metros a cada una de las calles de Andía y Peñaflorida, cerrando el otro lado de este rectángulo los medianiles de las Escuelas e Instituto y el patio central de la manzana. En el solar del centro se hallaba emplazada la Diputación de Guipúzcoa que tenía en su planta baja la Administración de Correos.


El solar sobre el que se construyó el edificio de la Diputación así como el que ocupó la Fábrica de Tabacos, en la misma manzana pero dando fachada a la calle Garibay, fueron cedidos a la provincia por acuerdo municipal de 26 de noviembre de 1865, como compensación de la parte del camino de Oriamendi, propiedad de la provincia, que pasó a formar parte de la zona de ensanche de la ciudad.


Los edificios destinados a Gobierno Civil y a Delegación de Hacienda fueron terminados el 3 de abril de 1883. Dos años más tarde se terminó el edificio de la Diputación, sin que conste la fecha exacta de entrega del edificio. Había costado 650.202 pesetas, sin contar el mobiliario. Pocos meses después, la noche del 25 de diciembre de 1885, fue pasto de las llamas, salvándose sólo las paredes exteriores. El incendio se inició en la atardecida y según refería "El Eco de San Sebastián", a las diez de la noche el fuego se manifestó con caracteres alarmantes, saliendo grandes llamas por tres de las ventanas del segundo piso del edificio, por la parte del patio. Se dijo que el fuego se debió a la ceniza de las chimeneas guardada en cajones de madera. Pronto adquirió grandes proporciones, intentando los bomberos atajarlo pero el agua por falta de presión no llegaba a lo alto. Se intentó salvar los documentos, muebles y cuadros trabajando para ello además de los bomberos los ingenieros militares, la dotación del cañonero "Tajo", soldados de infantería y paisanos. Como el fuego amenazaba correrse al Gobierno Civil y a la Administración Económica que ocupaban las dos alas del edificio, ya que las llamas eran empujadas por el viento, se tomó la determinación de poner a salvo los valores, documentación y muebles de estas dependencias. Las familias de los empleados que vivían en el edificio desalojaron sus hogares y procuraron salvar sus efectos.


A las doce y media se oyó un tiroteo: era el depósito de cartuchos de los miqueletes. El espectáculo era impresionante. Sobre el fondo rojo y brillante se recortaban las esculturas del frontón. El tejado, consumido en pocos minutos, se desplomó: la pérdida total del edificio era un hecho. La escalera principal era un montón de brasas y el fuego que había destruido el piso alto se adueñaba del inferior.


El alcalde, don José Machimbarrena, ante el desorden que reinó en los primeros momentos, acudió al coronel de ingenieros para que dirigiera los trabajos de extinción del fuego. El arquitecto municipal, don José Goicoa, autor del proyecto y director de la obra, intentó salvar con riesgo de su vida el salón principal. Los marineros del "Tajo" se distinguieron por la precisión de sus movimientos, consiguiendo subir rápidos donde los demás tropezaban. En las habitaciones inmediatas al archivo se quemaron 153 fusiles y 120 cartuchos de los miqueletes. El archivo quedó casi totalmente destruido. Allí se conservaba toda la documentación desde 1876, pues el antiguo archivo estaba en Tolosa. Todo el mobiliario de lujo se perdió, salvándose la bandera de los Tercios Guipuzcoanos, algunas espingardas y otros recuerdos de las guerras carlistas. Los fondos de la Administración de Hacienda fueron conducidos en hombros por una compañía del Ejército a la sucursal del Banco de España.


El incendio, que había comenzado a las nueve de la noche quedó dominado hacia las cinco de la madrugada y totalmente extinguido a la tarde. No hubo en los trabajos de extinción más que dos heridos leves.


El edificio estaba asegurado en 600.000 pesetas en La Unión y el Fénix Español. ¿Cómo era aquel edificio del que apenas quedan algunos testimonios gráficos? Gracias a una detallada descripción de Repullés y Vargas podemos saber algo de lo que fue por poco tiempo la sede de nuestra Corporación provincial.


Eran tres edificios que formaban un conjunto armónico en sus fachadas, siendo independientes por las plantas en su construcción y distribución. El centro como he dicho estaba destinado a Diputación, el de la izquierda mirando de frente a Gobierno civil y Telégrafos y el de la derecha a Administración económica, lo que luego se llamaría Delegación de Hacienda, y a Correos.


La fachada estaba dividida en tres partes bien distintas: la central, marcada por una salida sobre el plano general, formaba por sí un conjunto compuesto de dos pabellones laterales y un cuerpo central. Sobre la arcada general se encontraba un cornisamento que servía de apoyo a columnas exentas en el cuerpo central y adosadas en los laterales, estriadas, sobre pedestales y con las proporciones y decoraciones del orden corintio. Abarcaban en sus alturas estas columnas la de los pisos principal y segundo, y sostenían un entablamento completo, ricamente decorado y cuyo piso llevaba nombres de ilustres guipuzcoanos.


 

Los huecos del piso principal eran balcones con jambas, ménsulas y antepechos de balaustras de piedra, decorado de forma circular y triangular alternativamente. En el piso segundo había ventanas antepechadas con decoradas repisas. Los pabellones laterales de esta fachada central eran más ricos en su decoración y sobre el entablamento llevaban romanatos circulares, cuyo tímpano se llenaba con escudos, y sobre los cuales se asentaban unos pedestales alegóricos que sostenían grupos de estatuas.


En la parte central y sobre el entablamento había un ático decorado con pequeñas pilastras que correspondían sobre las columnas y medallones de alto relieve en los espacios intermedios, con bustos de los guipuzcoanos cuyos nombres iban escritos en el friso -Urdaneta, Elcano, Oquendo, Lezo y Legazpi- obra del escultor Marcial Aguirre. Sobre el del centro se elevaba un cuerpecillo de construcción ocupado por escudo de la provincia y la fecha de terminación del edificio.


Las fachadas de los laterales constaban de tres huecos decorados con pilastras del mismo orden y magnitud que las columnas. Sobre el cornisamento había una balaustrada de piedra, interrumpida en los centros de los pabellones por unos pedestales, y sobre ellos el escudo de España.


Del interior también tenemos unas ideas gracias a la descripción que de él hicieron Repullés y Vargas, que seguiré en este relato. En la planta baja se encontraba el vestíbulo principal. A la izquierda la oficina de tesorería y cuartelillo de miqueletes, y a la derecha la imprenta provincial. La puerta principal era de roble y estaba adornada en sus paneles con emblemas marítimos. En el medio punto que la surmontaba se hallaban esculpidas las armas de Guipúzcoa con sus correspondientes trofeos.


La escalera principal era de mármol, exornados los muros con pilastras corintias y jónicas de estucos imitando a mármol. Recibía la luz de seis grandes ventanas en las que estaban pintados los escudos de armas de España, de las cuatro provincias vasconavarras y de la ciudad de San Sebastián en cristales de colores. Flanqueaban el primer peldaño dos colosales Hércules de bronce tras los que había colocados dos espejos que producían un efecto magnífico. El barandado era de bronce al estilo renacimiento, campeando en el follaje las armas de España y de Guipúzcoa. En el descanso superior había una estatua de bronce sosteniendo en el brazo levantado un reloj eléctrico. El techo estaba pintado por Alejandrino de Irureta, representando alegóricamente la Administración rodeada de bajo relieves y pinturas.


En el piso principal estaba el gran salón de recepciones al que daba acceso la escalera descrita. Sus dimensiones de veinte por nueve metros, la riqueza de sus detalles y las pinturas que le adornaban hacían de él el mejor departamento del palacio. La puerta principal del salón, lujosamente decorada con cariátides, rompía el friso de nogal. Los muros estaban decorados con pinturas sobre lienzo en imitación de tapices antiguos y representaban dos de ellos el descubrimiento de Terranova por Juan de Echaide, hijo de San Sebastián, y la defensa de Cartagena de Indias por Blas de Lezo. En los costados había cuatro lienzos representando vistas de los cuatro partidos judiciales en que se hallaba dividida Guipúzcoa, que eran San Sebastián, Tolosa, Azpeitia y Vergara.


Entre los cinco balcones se habían representado los antiguos escudos de armas de Guipúzcoa y el escudo que se usaba entonces; aquellos con su cuartel en el que no figuraban los doce cañones que aparecían en éste; acompañaban a los escudos de armas los de los partidos judiciales, pintado todo ello por los hermanos Zuloaga. Un cornisamento de fuerte relieve completaba la decoración de los muros. En el friso del mismo y separados por ménsulas estaban esculpidos los escudos de armas de cada uno de los pueblos de Guipúzcoa con sus colores heráldicos correspondientes. El techo, pintado por Germán de Perea, mostraba una matrona que personificaba a Guipúzcoa rodeada de diversos grupos que representaban las artes, las ciencias, la navegación y la industria y en los laterales la justicia y la historia. Había además frisos pintados en lienzos con arabescos de estilo renacimiento, ricas molduras, guirnaldas de laurel y roble...


El salón de recepciones tenía comunicación con dos salitas. También allí el buen gusto daba un sentido de noble dignidad al conjunto. Los muros de estas salitas se hallaban revestidos con lienzos ornamentados de arabescos de fondo rojo en uno y oro en otro, teniendo cada uno una monumental chimenea de roble, decoradas con porcelanas. En el saloncito de la derecha había en el techo tres medallones pintados por Alejandrino de Irureta: en el del centro estaba representada una matrona que sostenía el escudo de Guipúzcoa defendido por Hércules y los laterales representaban uno a Minerva enseñando a un niño y el otro una alegoría del trabajo. El techo de la izquierda lo pintó Germán de Perea y representaba a unos niños jugando. El rico mobiliario de todos estos salones correspondía a la decoración empleada y daban al conjunto armonía y carácter.


En el segundo piso se hallaba el salón de sesiones, de 11,86 por 8,47 metros y estaba decorado con gran lujo, teniendo cubiertos sus muros por los siguientes cuadros: una Purísima Concepción, copia de Murillo del pintor guipuzcoano Eugenio Azcue, un San Ignacio de Loyola del mismo autor; la Asunción de la Virgen de autor desconocido; una santa mártir con la palma en la mano izquierda, de Rizzi; David con el profeta, de P. Costona y Santo Domingo representado en un paño y presentado por una joven a la Virgen, de Mayno, donados por el Ministerio de Fomento para la formación de un museo provincial. En este piso estaban varios despachos, entre ellos los del presidente y vicepresidente y los de las comisiones, decorados con sumo gusto.


Don José Colás y Goitia que describió el palacio dijo como colofón: "Tal era el monumento que el fuego destruyó parcialmente, con gran sentimiento de todos los guipuzcoanos y de los amantes de las artes en cualquiera de sus manifestaciones. Cuantiosos gastos representa la parte devorada por las llamas y numerosos sacrificios han tenido que imponerse el país para restaurar en su primera grandeza y suntuoso lujo el palacio de su Diputación provincial".


La inspiración y el buen gusto del arquitecto donostiarra don José de Goicoa y Barcaiztegui se puso de manifiesto en el Palacio de la Diputación, cuyos planos hizo y cuyas obras dirigió. Esta fue una de sus obras más importantes, pero a lo largo de su carrera, que va desde 1869 a 1911 en que falleció, hizo otras muchas entre ellas el Palacio de Bellas Artes de la calle Euskal Erría, las iglesias de San Ignacio y el Antiguo, las fachadas de las casas de la plaza del Buen Pastor, las escuelas del Ensanche Oriental, el mercado de San Martín... donde brillaron sus dotes

de artista.


Tras el incendio de aquel palacio, se pensó en reconstruir todo su interior, conservando la fachada respetada por el fuego. Se anuncia un concurso de proyectos que es declarado desierto y en mayo de 1887 se otorga el proyecto del interior a los arquitectos señores Aladrén y Morales de los Ríos, que acababan de dar elocuentes pruebas de su genio constructor en el edificio del Gran Casino que se inauguraba el 1 de julio de 1887, con el asesoramiento del arquitecto provincial don Manuel Echave. Aprobado el proyecto, salen a concurso las obras que se adjudican al contratista don Domingo Eceiza en la cantidad de 170.996 pesetas. El 24 de febrero de 1890 habían terminado las obras reuniéndose en esa fecha por vez primera los diputados en el nuevo palacio.


La fachada al no haber sido destruida por el fuego quedó prácticamente igual que la anterior. La puerta principal daba acceso a un gran vestíbulo de donde arranca una escalera de honor. A la derecha del vestíbulo estaba antaño el cuerpo de guardia de los Miqueletes, tropa foral que subsistió hasta la guerra civil, y a la izquierda se hallaba la sala de quintas y la Caja de Ahorros de Guipúzcoa. Hoy estos espacios tienen otros destinos.


La escalera de honor es de mármol de Carrara y baranda de bronce, recibiendo la luz de un ventanal cerrado por una artística vidriera de colores, vidriera de gran mérito artístico que representa la jura de los fueros por rey Alfonso VIII en el año 1200 y en cuya orla aparecen los escudos de los pueblos de la provincia. La vidriera, de 8,35 por 5,20 metros, está hecha en el año 1900 por la Casa Mayer, de Munich, sobre un cartón del pintor José Echenagusía.


La cúpula que remata la escalera de honor tiene el techo pintado por don Alejandro Irureta, representando "La Fortuna de Guipúzcoa".


En la planta noble del edificio se halla el salón de recepciones, el salón de la Reina con un retrato de Doña María Cristina de Habsburgo, obra de Elías Salaverría; el salón de sesiones con un retrato del Rey don Juan Carlos, obra de Ana María Parra, el despacho del presidente, el salón de Gobierno, los despachos de los diputados y secretario y capilla con un lienzo de Elías Salaverría que representa a San Ignacio de Loyola.


Pero para llegar a esta actual distribución hubo que realizar dos ampliaciones del edificio. El Palacio de Indo, sito en la calle de Oquendo donde actualmente está la Delegación de Hacienda, era propiedad de los herederos de la marquesa viuda de Bellamar, y querían enajenarlo. La Diputación consiguió del Gobierno una permuta: nuestra Corporación provincial compraba el palacio y se quedaba con la parte del edificio de la plaza de Guipúzcoa que ocupaba el Gobierno civil, que se trasladaba a la calle de Oquendo. Tasado el palacio en 350.000 pesetas y en 310.000 el Gobierno civil, se llegó a un acuerdo, realizando la Diputación diversas obras de acondicionamiento. La permuta tuvo lugar el 18 de abril de 1911.


La segunda permuta se realizó poco después, pues las oficinas de la Caja de Ahorros Provincial en plena expansión exigían mayor espacio. Tras el papeleo correspondiente, tasaciones, permisos, etc. el 7 de noviembre de 1918 se autoriza por el Gobierno la permuta y poco después la Delegación de Hacienda se instalaba en la plaza de Lasala y quedaba para la Diputación el edificio completo de la plaza de Guipúzcoa.


Con posterioridad ha habido modificaciones en el interior del palacio y la más importante ha sido la de la Caja de Ahorros, que se trasladó a la calle Garibay ocupando lo que antaño fue fábrica de tabacos, Correos y escuelas.


El palacio, situado en una de las plazas más bonitas y mas cuidadas de la ciudad, con su siglo de vida a cuestas sigue siendo de los que tienen un mayor empaque y señorío.
















Doña María Cristina, la reina - alcaldesa

El nombre de la Reina Doña María Cristina de Habsburgo permanecerá siempre unido al de San Sebastián, la ciudad que eligió para pasar los veranos, a la que tanto quiso y tanto favoreció. No sé si los donostiarras de hoy valoran en su justa medida lo que San Sebastián debe a la Reina, que durante casi medio siglo pasó la temporada estival entre nosotros, convirtiendo la ciudad en la Corte veraniega de España. Primero como Reina Regente y luego como Reina Madre, Doña María Cristina vino todos los veranos desde 1887 a 1929, con excepción de 1898, año triste por la pérdida de las colonias.


Dijérase que los periódicos de San Sebastián preveían que la archiduquesa María Cristina de Austria, futura reina de España, tendría un especial afecto por nuestra ciudad y desde que se anunció el próximo matrimonio de Alfonso XII, viudo de la inolvidable María de las Mercedes, dedicaron especial atención al acontecimiento. Aquellos periódicos de 1879 publicaban amplísimas informaciones sobre la archiduquesa María Cristina de Austria Habsburgo y Lorena y en agosto de aquel año ya daba "El Urumea" una amplia semblanza sobre ella.


Escribía el periódico: "Tiene 21 años. Su fisonomía tiene la gracia de la juventud; pero no puede decirse de ella que es bonita. En cambio su conversación es encantadora; el brillo de sus ojos denota una gran vivacidad. Ama con pasión el baile, acaso demasiado para ciertos hombres que se echan de formales y que exclaman que esta inclinación es poco conveniente en una abadesa; porque no hay que olvidar que la joven princesa es abadesa mitrada del cabildo noble de Praga.


Tiene a doce canónigas bajo su jurisdicción y en las grandes solemnidades se la puede ver llevando las insignias de su elevada dignidad y teniendo en la cabeza el gorro que recuerda la mitra de los obispos. Su cargo, según los estatutos establecidos por la emperatriz María Teresa, la constituye una renta de 20.000 florines anuales y las canónigas tienen una prebenda de 1.200 florines cada una. Son precisos varios grados de nobleza para ser admitida en el capítulo.


Como el título y el rango de la archiduquesa son necesarios para lograr el título de abadesa en el capítulo noble de Praga, esta dignidad quedará por largos años vacante al ocupar la archiduquesa el trono de San Fernando".


En septiembre el periódico hablaba de preparativos de boda. "Ya se ven joyas preparadas, ya se exhiben trajes lujosos cargados de blondas y brocados, ya se disponen cajas de perfumes y neceseres de alto precio, ya se proyectan regalos, comisiones de felicitación y viajes de corresponsales, ya cosen los sastres los grandes trajes y ricos uniformes, ya murmuran las doncellas y se animan las casadas".


El 22 de octubre el duque de Bailén, muy vinculado a San Sebastián donde poseía el palacio de Ayete, pedía en Viena la mano de la archiduquesa. El duque fue tratado como un príncipe imperial. El emperador Francisco José puso a su disposición al chambelán Odescaichi, un coche de palacio y dos palcos en la ópera y en el teatro Drama, teniendo a su servicio dos gendarmes a caballo.


Camino de Madrid, la archiduquesa pasó por San Sebastián el 23 de noviembre, acompañada de su madre la archiduquesa Isabel y una comitiva de ochenta personas. Las autoridades de la ciudad la cumplimentaron en la estación obsequiando a las archiduquesas con ramos de flores. Las baterías del Castillo saludaron con salvas de ordenanza a las egregias viajeras y una banda de música interpretó el himno austriaco y la marcha real española al arrancar el tren. "A muchas de las personas que estuvieron ayer en la estación oímos elogiar el aspecto físico de la archiduquesa", escribía el periódico.


Enviudó en 1885. Se hallaba en estado de buena esperanza tras haber dado a luz dos niñas, María de las Mercedes y María Teresa. La real pareja estuvo en San Sebastián cuando el Rey Alfonso XII se dirigía a Alemania a visitar al emperador Guillermo I. Se alojaron en el palacio de Ayete permaneciendo en nuestra ciudad los días 5 y 6 se septiembre de 1883. Al quedar viuda y dar a luz poco después a su hijo póstumo, todos los cuidados de la Reina fueron para el futuro Rey, cuya delicada salud le preocupaba. Parece ser que los médicos la recomendaron un cambio de clima para hijo y la duquesa viuda de Bailén influyó en el ánimo de la Reina, ofreciéndole su finca de Ayete. También el ministro de Justicia, Alonso Martínez, que poseía una casa de verano en San Sebastián, le habló con elogio de San Sebastián, y Doña María Cristina se decidió por nuestra capital.


La noticia de la llegada de la real familia fue recibida con alborozo por el vecindario y los periódicos de entonces hicieron números extraordinarios saludando a los reales viajeros. Así, "El Eco de San Sebastián" publicaba artículos y poesías, en castellano y vascuence, en honor de los monarcas, y Claudio Otaegui, en el estilo en boga en aquellos días, escribía: "Aparecen engalanados los montes de Euskal Erría; ricamente vestidos los pueblos, casas y todos los rincones porque han llegado a nuestra tierra de lealtad nuestra amada Reina y su venturoso niño". Y Marcelino Soroa decía: "Vivan y vivan la madre y el hijo. La ciudad euskara les aclama con entusiasmo y guárdales en su regazo con la lealtad acostumbrada".


Aquel 13 de agosto de 1887 la ciudad estaba engalanada. Todo el trayecto que debía recorrer la real comitiva se hallaba con mástiles, con banderolas y los escudos de armas de los pueblos de la provincia en el puente de Santa Catalina y en la calle de Hernani. Se habían montado cuatro arcos de triunfo, dos erigidos por la ciudad en la Avenida y en la calle de Hernani, otro costeado por ilustres damas en la esquina de la calle Garibay, en el que campeaban tres inscripciones que decían: "A S.M. la Reina Regente, las señoras de San Sebastián", "Por la Patria" y "Por el Rey", y el cuarto de la Cámara de Comercio en el extremo de la calle de Hernani, frente al Círculo Easonense.


A las nueve de la mañana llegó el tren real y en ese momento desde el Castillo de la Mota se dispararon las salvas de ordenanza a la vez que se volteaban las campanas de las iglesias de la ciudad. El pueblo que llenaba las calles del recorrido aclamaba a los regios viajeros al paso del landó tirado por dos caballos. Iba la Reina con su hijo de poco más de un año de edad en brazos, a su izquierda la princesa de Asturias y frente a ellos la infanta María Teresa y la nodriza del augusto niño. Como observó Ricardo de Izaguirre, el pueblo esperaba a una Reina y se encontró a una madre. José María Salaverría escribió: “Madre, reina, viuda y un niño huérfano que nace al borde de un sepulcro y que precisa amparar para la Corona de un pueblo ilustre, para la continuidad de una estirpe". Aquella visión, transmitida entre los donostiarras de padres a hijos, quedó para siempre entre nosotros, y Doña María Cristina fue hasta su muerte la Reina Madre. Se había ganado el corazón de los donostiarras. Todo lo que rodeaba al landó, el brillo de la guardia montada, los llamativos uniformes de palaciegos y caballerizos... pasaba a segundo plano. Lo que había impresionado a nuestros abuelos fue la estampa de una reina que primero era madre y que al llegar a la ciudad se postraba en Santa María ante la Virgen del Coro.


El primer veraneo real duró un mes y doce días, del 13 de agosto al 25 de septiembre de 1887. Los siguientes fueron más largos y así el de 1890 se extendió del 16 de julio al 22 de octubre y el de 1894 del 12 de julio al 12 de octubre. Liberada de la pesada carga de la regencia, con la mayoría de edad de Alfonso XIII, la Reina Madre tenía más tiempo para dedicarlo a la familia y a sus amistades donostiarras. La gente admiraba su sencillez y la saludaba respetuosamente cuando, acompañada de una dama, sin mayor protocolo, paseaba por la ciudad, entraba en comercios, asistía a inauguraciones, visitaba asilos y hospitales, consolaba a los heridos de la guerra de Cuba y de Africa o iba a tomar el té a un salón que había montado un pastelero austriaco que con el nombre de "Garibay Tea Room" pronto se acreditó por la calidad de sus confituras y su esmerado servicio. Vinculada a la vida de San Sebastián, no faltaba a los actos importantes que durante su estancia en la ciudad tenían lugar, lo mismo a los populares que a los aristocráticos. Acudía a la Salve del 14 de agosto en Santa María, se bañaba en la playa, paseaba por los alrededores de la ciudad y charlaba con los caseros, entraba a hacer compras en las tiendas de Barriola, Olave, Resines, Marín, acudió en cierta ocasión a acompañar al Santo Viático que se administró a un moribundo que vivía en una casa en Ayete y que había trabajado en el Palacio, iba como una feligresa más a la función religiosa que una archicofradía celebraba en la parroquia de San Vicente, ayudaba con sus limosnas a la Beneficencia municipal y a otras entidades de caridad, apoyaba las iniciativas municipales de un San Sebastián que estaba dando el gran salto del desarrollo urbanístico.


El primer año que veraneó aquí mostró su interés por presenciar un partido de pelota, el deporte vasco por excelencia, y acudió al frontón Jai Alai, recientemente inaugurado, el 26 de agosto de 1887, y con ella fueron sus tres hijos. A las 5 de la tarde llegaron las reales personas que fueron saludadas por el presidente del Gobierno, don Práxedes Mateo de Sagasta, el ministro de Gracia y Justicia señor Alonso Martínez y el alcalde de la ciudad, señor Gil Larrauri. El frontón estaba engalanado con colgaduras de seda roja y el palco que ocupaba la Reina con terciopelos. Muchísima gente llenaba el frontón, pues a los habituales asistentes se agregaron los curiosos, además del séquito real y las autoridades. Los palcos estaban llenos de señoras y según el cronista del periódico "La Voz de Guipúzcoa" "parecían de lejos inmensos escaparates de modista y de cerca el séptimo cielo del profeta: tantas eran las muchachas bonitas que poblaban la esbelta curva. Casi todas vestían de blanco y alguna de rosa".


Los jugadores, formados de dos en dos, se presentaron en la cancha escoltados por los jueces y seguidos de los servidores. Los pelotaris, que llevaban alpargatas con sendos lazos y rosetas, eran Indalencio Sarasqueta "Chiquito de Eibar", Juanito Eceiza "Mardura", Vicente Elícegui y Pedro Yarza "Manco de Villabona". Al llegar frente al palco real saludaron, ocupando luego sus respectivos puestos. Elícegui echó el duro a cara y cruz, correspondiéndole el saque a “Chiquito de Eibar". El partido fue muy competido ganando los colorados, “Chiquito de Eibar" y "Mardura" por 45-44. El mejor de todos fue "Chiquito" que hizo algunas jugadas de maestro.


A la Reina le gustó mucho el partido y así lo expresó primero al alcalde que estaba junto a ella en el palco explicándole las jugadas, y luego a los propios pelotaris que fueron a saludarla al terminar el encuentro. Doña María Cristina estuvo unos momentos charlando con ellos, interesándose por lo que percibían por partido y al final les regaló a cada uno una botonadura de oro y brillantes.


Le entretenían los juegos populares desde que durante su primer veraneo asistió el 29 de agosto en la plaza de la Constitución a una demostración organizada en su honor en la que distinguidos jóvenes de la ciudad ejecutaron el clásico "eskudantza", siendo el "aurresku" o primera mano el señor Urtubi y el "atzesku" el señor Tellería. Disfrutaba paseando por el campo y aprovechaba sus días donostiarras para gozar de la naturaleza. José María Salaverría escribió que "de los países centroeuropeos conserva el gusto por esos paisajes boscosos y profundos, aptos para el "lieder", empapados de sol y de silencio y de húmeda sombra de árboles. Los labradores, los boyerizos, los mozos que meriendan en las sidrerías lejanas, están habituados a ver cruzar el automóvil discreto donde la Reina hace un gesto habitual, curioso y amable, con su binóculo que todo lo observa".


Era sensible a su prójimo y a sus necesidades. El primer año de su veraneo, al terminar éste, dio 12.250 pesetas para entregar a los pobres, a la Casa de Misericordia, la Conferencia de San Vicente de Paul, las religiosas de Uva, al Refugio, Oblatas, Siervas de María y Hermanitas de los Pobres. Y este gesto se repitió año tras año.


Una mezcla de cariño y respeto era el sentimiento de los donostiarras hacia Doña María Cristina, la mejor embajadora que tuvo San Sebastián en Madrid para cualquier asunto que tuviera planteado la ciudad ante el Gobierno, lo mismo fuera el teléfono, cuya concesión a perpetuidad ella consiguió, que la compra de Urgull. Fue nombrada alcaldesa honoraria de la ciudad y en 1926, al crearse por el Ayuntamiento la Medalla Honorífica de San Sebastián ella fue la primera persona a la que se otorgó. El alcalde don José Elósegui dijo que aquello era un tributo obligado de gratitud y reconocimiento del pueblo donostiarra para con la Augusta Señora. "Su Majestad es una donostiarra de corazón -siguió diciendo el alcalde- y nunca ha desaprovechado ocasión de demostrar su cariño hacia esta ciudad a la que normalmente viene acudiendo todos los veranos desde 1887, fecha que marca en la historia de San Sebastián una nueva orientación que habrá de ser el signo y la causa de su prosperidad y crecimiento. Por todas estas razones, el Ayuntamiento que representa al pueblo donostiarra acordó, no hace aún mucho tiempo, nombrar alcaldesa honoraria a Su Majestad y colocar un busto de la Augusta Señora en el despacho de la alcaldía, que es el lugar donde se concentra principalmente la actividad municipal; y ahora va acordar concederla la primera Medalla de la Ciudad al grito de "¡Viva la Reina!" que será la expresión más viva y sincera de los sentimientos de todo el pueblo".


Todos los concejales puestos en pie gritaron unánimemente "¡Viva la Reina!" y por aclamación acordaron conceder a S.M. la Reina doña María Cristina de Habsburgo Lorena la Medalla de la Ciudad. Era el 11 de agosto de 1926. Al día siguiente tuvo lugar la entrega de la Medalla. El Ayuntamiento en Corporación, el alcalde con los treinta y seis concejales y el secretario, precedidos de maceros, llegaron al palacio de Miramar a las 12 del mediodía, siendo recibidos por la Reina en el gran salón.


El alcalde don José Elósegui pronunció unas palabras. Dijo que los pueblos deben mostrar su agradecimiento a sus benefactores, citando como un momento de vital interés para San Sebastián el verano de 1887, en que los médicos de la Cámara regia aconsejaron a la Reina Regente el clima de nuestra ciudad como muy conveniente para la salud de su hijo, el futuro monarca Alfonso XIII. Desde aquella fecha hasta hoy, agregó, la augusta protectora de San Sebastián ha hecho objeto de sus predilecciones a nuestra ciudad. Pensando así, surgió la idea de crear la Medalla de Oro de la ciudad y entregar antes que a nadie la primera de las medallas a Doña María Cristina, a la reina a cuya historia va unida en gran parte la ciudad de San Sebastián.


Acto seguido el alcalde, en unión de las concejalas señoritas Carmen Resines y Josefina Oloriz, impuso a la Reina la Medalla de la Ciudad. La Reina dijo que agradecía de corazón la deferencia que con ella tenía el Ayuntamiento de San Sebastián y cuantas pruebas de reconocimiento le daba a diario la ciudad. Todos los concejales besaron la mano de la Reina, con lo que terminó el acto.


El 6 de febrero de 1929 moría repentinamente Doña María Cristina, causando la noticia pesadumbre y tristeza en San Sebastián. Inmediatamente se reunió el Ayuntamiento acordando acudir en corporación al entierro, suspender por ocho días todos los festejos organizados y subvencionados por el municipio, crear becas anuales en su memoria para los alumnos de las escuelas municipales, encargar a un pintor de categoría un retrato suyo para la Casa Consistorial... Se solicitó de Palacio que el cadáver de la alcaldesa honoraria de San Sebastián fuese inhumado en la parroquia de Santa María, en la que se construiría una cripta y un mausoleo y acordó por último abrir una suscripción popular que el Ayuntamiento encabezó con 100.000 pesetas para erigir un monumento a su memoria.


Al día siguiente se formó en la Casa Consistorial una mesa de duelo, constituida por el alcalde don José Antonio Beguiristain, siete ex-alcaldes, los gobernadores civil y militar, el comandante de Marina y los concejales, ante la que desfiló la gente desde las doce del mediodía hasta la una y media. Se contabilizaron 2.800 personas, a cuarenta y una por minuto. Las varias mesas instaladas en los soportales del Ayuntamiento se llenaron de firmas.


Aquel día se formó en el Antiguo una manifestación que partiendo de la plaza de Alfonso XIII marchó hasta el Ayuntamiento. La encabezaba el párroco del Antiguo don José Lapeira y tras él iba el clero, la directiva y socios de la Donosti Zarra y del Avión Club y todo el barrio. La batería de artillería del Castillo disparaba cada media hora. El alcalde y veintitrés concejales representaron al pueblo donostiarra en el sepelio celebrado en Madrid. El lunes 18, se celebraron los funerales en Santa María. "No hemos conocido una manifestación de duelo a la que se haya unido con más espontaneidad el alma popular", escribía el periódico republicano “la Voz de Guipúzcoa".


Cerró todo el comercio y cientos de personas tuvieron que seguir desde la calle el oficio fúnebre. El obispo de la diócesis, don Mateo Múgica, fue el celebrante y la oración fúnebre la pronunció el canónigo, hijo de Lezo, don Antonio Pildain. Era el adiós de un pueblo a su soberana querida.
















El Gran Casino

1887 es un año clave en la historia reciente de San Sebastián. El 1 de julio se inauguraba el Gran Casino y el 13 de Agosto iniciaba sus veraneos en nuestra ciudad la Reina Regente, Doña María Cristina, que no faltaría a su cita donostiarra hasta su muerte en 1929, con la excepción de 1898, ya que en plena guerra con Estados Unidos luchando nuestros soldados en Filipinas y las Antillas no consideró oportuno abandonar Madrid.Lo que supusieron para nuestra ciudad ambos acontecimientos fue incalculable. La ciudad era consciente de que, una vez derribadas las murallas y comenzada la expansión de la urbe, cuando el turismo movía en toda Europa a la gente importante que ya contaba con cómodos ferrocarriles para sus desplazamientos, teníamos que aprovechar la privilegiada situación de San Sebastián con sus playas y su entorno bucólico y campesino, y si la presencia de la Corte era fundamental para que los países extranjeros tuvieran notici nuestra, un Casino era constante polo de atracción de la gente adinerada, la que interesaba tener como huéspedes.

En 1875 se constituyó por iniciativa municipal una comisión para que estudiara la posibilidad de levantar en la ciudad un casino similar, o mejor, a los que por entonces funcionaban en la Europa que había salido de la guerra franco-prusiana. La comisión estaba formada por el marqués de Rocaverde, don José Antonio Lizasoain, don Fermín Machimbarrena, don Manuel Aramburu, don José María Inchausti, don Ignacio Mercader, don José Díaz y don Joaquín Lopetedi. Con anterioridad habían funcionado otros casinos en la ciudad, pero lo que ahora se pretendía era más ambicioso.















En 1887 comenzó a funcionar el primer tranvía de mulas

Uno recuerda con nostalgia aquellos tranvías que hasta no hace muchos años circulaban por nuestras calles y con su tintineo animaban el escaso tráfico rodado. Unos, como el "urbano" y el "norte", aquel que iba y venía por Urbieta hasta la estación de Amara y este a la de Madrid-Irún por el paseo de Francia regresando por el puente de Maria Cristina, naciendo y muriendo todos ellos en el Boulevard, sólo llevaban un vagón, mientras los de las otras líneas, Pasajes-Renteria, Venta Berri e Igueldo, solían llevar dos, a veces con las vistosas jardineras que tanta prosa inspiraron a los cronistas locales de la época. Años después de la inauguración del servicio comenzó a funcionar otra línea que recorría parte del barrio de Gros.