jueves, 28 de junio de 2012

El alumbrado público : del aceite a la electricidad pasando por el gas

No se tienen noticias exactas de cuándo comenzó el alumbrado público en San Sebastián. Se sabe que antes del incendio de 1813 seis personas, tres hombres y tres mujeres, estaban encargadas de él, haciéndose después el servicio por administración. El Ayuntamiento traía por su cuenta las barricas de aceite de nuez para los faroles, que eran ochavados, de seis cristales con cubiertas de chapa de hierro y reverberos de cobre plateado. En el arco de la Casa Consistorial había un farol de bronce dorado, en los arcos laterales de la plaza cuatro y en el arco de enfrente uno. En la calle Narrica había dos, igual que en las de San Jerónimo y Mayor. En total el número de faroles en aquella ciudad encerrada en sus murallas era de setenta, todos ellos dotados de reverberos de plaqué. Los faroles pendían de cuerdas cuyos extremos estaban sustentados en los ángulos de las casas.


Tras la destrucción y ruina total de la ciudad en 1813 fueron los pueblos vecinos los que acudieron en ayuda de San Sebastián en este orden de cosas, suministrando velas de sebo, pasando poco después a la Diputación la financiación del servicio. Fueron años malísimos, de total penuria para los donostiarras y se sabe que los alcaldes de barrio y los alguaciles gastaban cerillas en los faroles para hacer la ronda, habiendo en 1817 una cuenta de 157 reales por cerillas suministradas a cuatro alcaldes de barrio y cuatro alguaciles, cinco libras y media a 15 reales para los alcaldes y cinco libras para los alguaciles. En 1820 se acordó darles en dinero lo que gastaban en cerillas.


Se va reconstruyendo la ciudad y en 1826 había ya 44 faroles pequeños de un mechero que consumían 979 libras, 3 iguales en los cuerpos de guardia que consumían 274 libras, 2 de cuatro mecheros con un consumo de 178 libras y uno de un mechero y 67 libras de consumo. En total los 50 faroles consumían 1.498 libras de aceite que a dos reales libra suponían un gasto de 2.296 reales. A dos mujeres encargadas del cuidado de los faroles se las pagaban cuatro reales diarios, siendo las mechas por su cuenta, lo que suponía 2.920 reales. Aquel año se gastaron por averías y roturas 284 reales. El coste total del alumbrado ascendió en 1826 a 6.200 reales.


Advertencia importante: sólo se encendían los faroles 245 días al año, porque los 120 restantes eran de luna, permaneciendo apagado el servicio. Al toque de oración se encendían los faroles y se apagaban a las diez y media de la noche en invierno y a las once en verano. El encargado del arreglo de los faroles era un vecino de Tolosa, el platero León Salvador de Arístegui que venía desde la vecina villa cuando sus servicios eran requeridos.


Fue en 1829 cuando se modificó el servicio que había llegado a costar 10.000 reales al año, de ellos 5.515 por el aceite y arreglos y 4.485 por salarios de los encargados, limpiar y atender los faroles. Se propuso un cambio del mantenimiento del servicio, con un aumento de 4.275 reales y que los pagase el comercio, pero el proyecto no fue aprobado.


Las casas de Pedro de Queheille, José María de Eceiza y José María Saenz Izquierdo eran las que compraban en Burdeos el aceite de nuez, de nabo purificado y de lino, costando una barrica de 848 libras de peso de aceite purificado 77 francos el quintal, más 89 francos de salida, lo que hacía un total de 742 francos, que en nuestra moneda eran 2.970 reales. Este coste era hasta su traslado a Bayona, pero al llegar a San Sebastián aumentaba la cuenta que en su entrega ascendía a 3.066 reales. Una barrica de aceite de lino de 813 libras costó en 1831 la suma de 500 francos que con gastos de corretaje, comisión, portes, etc., subió a 2.438 reales. En 1831 se subastó el servicio en 7.500 reales.


El 17 de septiembre de 1834 se publicó un Real Decreto que disponía que antes del 31 de diciembre se estableciera el alumbrado público y el servicio de serenos en las capitales de provincia. Una comisión municipal estudió la modificacióque se encendía todos los días, hubiera o no luna.


Pasan los años y el Ayuntamiento en la sesión del 8 de febrero de 1860, al término de la contrata del alumbrado que seguía siendo de aceite y costaba 40.000 reales al año, plantea la instalación del alumbrado de gas. Los concejales señores Aramburu, Lascurain y Gros con el asesoramiento de don Ramón Brunet que ya tenía instalado el gas en su fábrica de tejidos de Lasarte, estudian el tema. El 13 de julio se acuerda consultar al vecindario sobre el cambio del alumbrado. Era deseo general que no se hiciera por contrata “para evitar las cuestiones que en otras poblaciones había y se planteó el hacerlo por acciones de a mil reales", según refiere un cronista. El número de luces previstas era de 80 que estarían encendidas cinco horas cada noche, iniciándose el alumbrado público de gas el 21 de diciembre de 1861.


Suministraba el gas una fábrica que había entre las calles de Urbieta, San Bartolomé y San Martín y que se había levantado según los planos del arquitecto señor Echeveste. El número de farolas fue aumentando y en 1889 había en funcionamiento 158 columnas con sus faroles, 155 pescantes de farol y 22 faroles colgantes con balancín, en total 335 faroles.


El Ayuntamiento era copropietario de la fábrica del gas pero debido a los litigios que había entre el municipio y la otra parte, la corporación compró la totalidad del gasómetro por 155.595 pesetas según escritura otorgada el 22 de marzo de 1890. Como el sitio donde estaba la fábrica no era el idóneo ya que se hallaba rodeada de casas de vecindad, se eligió Morlans para instalar el nuevo gasómetro. Se iniciaron las obras el 13 de febrero de 1892 comenzando a suministrarse gas desde allí el 7 de junio de 1893. La nueva fábrica costó 631.033 pesetas y la nueva tubería desde Morlans hasta el empalme con la calle Fuenterrabía 63.316 pesetas. El consumo de gas en 1893 fue, por abonos particulares 760.193 metros cúbicos, por alumbrado público 300.637, en edificios municipales 27.802, en iluminaciones 1.791 y en la fábrica, alumbrado y motores, 31.236, un total de 1.121.664 metros cúbicos con un aumento de 93.448 metros cúbicos sobre el año anterior.


Cuando se pensó en abandonar poco a poco el gas por la electricidad para iluminar las calles de San Sebastián, surgió la polémica pues había partidarios de que se siguiera como hasta entonces. Los partidarios de la luz eléctrica utilizaban entre otros argumentos el de la economía.


Los mecheros de gas utilizados en nuestra ciudad eran de los llamados de "cola de milano", todos de la misma dimensión para las 350 luces de que constaba el alumbrado en 1881. Cada mechero consumía 150 litros por hora y el coste era por luz y hora de 0,23 reales, precio tres veces mayor que el que tenía entonces la luz eléctrica. El periódico "El Urumea", que defendía la instalación eléctrica, publicó unos estadillos sobre el alumbrado de gas en nuestra ciudad en 1880. En el mes de enero, el número de luces fue de 210, y la duración del alumbrado por noche de 8 horas 40 minutos, con un total de 45.986 horas. A partir de julio se incrementó el número de luces a 302 que funcionaban 4 horas 40 minutos por noche con un total de 43.506 horas. En agosto las luces fueron 316, con un funcionamiento de cinco horas 42 minutos y un total de 55.819 horas. En septiembre aumentó el número de luces a 317, con una duración por noche de 6 horas 38 minutos y un total de 63.075 horas. Se reduce el número de luces en octubre a 224, con una duración por noche de 7 horas 45 minutos y un total de 53.807 horas. En noviembre y diciembre el número de mecheros fue el mismo, 277, la duración por noche de 8 horas 36 minutos en noviembre y 9 horas un minuto en diciembre arrojando unos totales de 58.620 y 73.488 horas. Total de horas en el año 597.065.


Y ahora veamos lo que este alumbrado costó al Ayuntamiento. En enero el coste fue de 2.414 pesetas, en febrero 2.048, en marzo 2.001, en abril 1.680, en mayo 1.624, en junio 1.389, en julio 1.867, en agosto 2.407, en septiembre 2.720, en octubre 2.850, en noviembre 2.527 y en diciembre 2.737 pesetas. En total el importe del año 1880 fue de 25.778 pesetas.


Resultaba más barata la luz eléctrica, pues según los cálculos del citado periódico, las máquinas, tendido, reguladores, etc., es decir, la instalación en la ciudad sería de un millón de pesetas, o sea 50.000 pesetas de interés anual. Los gastos de explotación, personal, amortización, etc., serían 150.000 pesetas que sumadas a las 50.000 anteriores arrojaban una cifra de 200.000, cantidad que había que distribuir entre las 20.000 lámparas, lo que daba diez pesetas por lámpara y año. Si las lámparas se utilizasen durante 2.000 horas solamente, el gasto correspondiente a cada foco sería de medio céntimo. Si fueran 5.000 las horas, el gasto bajaría a un quinto de céntimo por foco. A este medio céntimo del primer caso citado habría que añadir el combustible, un cuarto de céntimo, lo que haría ocho décimas de céntimo. La luz de un mechero de gas venía a costar tres céntimos, siendo por tanto más barata la electricidad. "Aun en igualdad de precio", decía el periódico, "el nuevo alumbrado presenta tantas ventajas sobre el sistema actual, que no será aventurado asegurar que su empleo ha de generalizarse pronto en las ciudades importantes. Y esperamos ver realizada en breve plazo esta innovación de la nueva luz".


Los deseos se cumplieron y fue el primero de agosto de 1882 cuando comenzaron a alumbrarse nuestras calles con luz eléctrica. Era la tercera ciudad española que implantaba este servicio. La habían precedido solamente Madrid y Barcelona.


Eran las 9 de la noche de aquel histórico día cuando con muchos de los 30.000 habitantes con que entonces contaba la ciudad en las calles, se inauguró el primer alumbrado eléctrico. Un cronista de la época describió así el acontecimiento:


"El paseo de la Alameda presentaba un fantástico aspecto con su luz blanca, de un ligero tono azulado, fija y que no molesta a la vista. La intensidad de los focos, sin ser muy fuerte, permite leer a gran distancia un periódico impreso con caracteres diminutos. El café de la Marina y los demás establecimientos situados en las inmediaciones, aparecían tristes y mal iluminados. La calle de Hernani presentaba un buen golpe de vista. La de Peñaflorida era la que mejor resultaba con la nueva luz".


Para la producción de energía eléctrica se había establecido en la ciudad el sistema de vapor de Brusch, inventor de la máquina de vapor de su nombre. La máquina instalada en San Sebastián era de la casa Doursosbi y Cia., con una fuerza nominal de 8 caballos, pudiendo desarrollar hasta 24, y vapor para dar 130 golpes de pistón por minuto.


Las lámparas eran de arco voltaico, con carbones de recambio automáticos. El coste de la instalación fue de 36.000 pesetas y los sueldos de los empleados del servicio y el entretenimiento de éste ascendían a 2.260 pesetas anuales.


Dato curioso: entre los empleados trabajaban como electricistas Aristi, Alegría y Kiberdin, tres populares pelotaris, el último famoso como sacador de rebote en la vieja plaza de Atocha.


Unos días antes de la inauguración del alumbrado público se llevó a efecto una prueba en la plaza de toros de Atocha. El empresario José Arana quiso adelantarse al acontecimiento, e invitó al ensayo a uno de los más populares toreros de la época, Carancha, que asistió con los miembros de su cuadrilla a la prueba, mostrándose satisfecho de la misma, que permitiría lidiar una corrida en las mismas condiciones que a la luz del sol.


Tras la prueba, José Arana llevó a la práctica su pensamiento y con toros de Veragua se celebró el 31 de agosto de 1886 la primera corrida nocturna de que hay noticia por estos lares. Lidiaron el ganado Carancha y Mazzantini hallándose presentes Fuentes, el Badila, Agujetas, etc. La lidia fue normal, pero la gente echaba de menos el sol.


Pero fue siete años después, el 29 de junio de 1899 cuando se puede decir que comenzó a funcionar el alumbrado eléctrico en las calles, sustituyendo en parte a las farolas de gas. Se instalaron cien lámparas de arco que constituían diez circuitos de a diez lámparas en serie. El alumbrado en aquella primera fase alcanzaba al cuadrilátero comprendido entre el Boulevard, calle Hernani, avenida de la Libertad y calle Oquendo, extendiéndose además por Alderdi Eder, paseo de la Concha, Zurriola, paseo de los Fueros y un poco en la plaza del Buen Pastor.


La instalación la efectuó la casa Siemens Halake. Como para aquella fecha no habían llegado los motores de gas, el alumbrado comenzó a funcionar con la corriente suministrada por la central del tranvía, por lo que hasta la hora en que cesaba el servicio de éste se notaban pequeñas oscilaciones en las lámparas, a consecuencia del desigual consumo de los motores de aquél, lo que hacía variar la tensión en la central. La instalación se realizó bajo la dirección de los ingenieros de la Casa Siemens de Berlín y del señor Lopetedi, ingeniero del Ayuntamiento.


La inauguración del alumbrado eléctrico tuvo lugar a las 9 de la noche. El Ayuntamiento, precedido de numerosos invitados, se dirigió a la calle Andía, al local del Instituto Provincial de segunda enseñanza, en cuyo sótano se había instalado la estación central de luz eléctrica municipal. Al llegar las autoridades y personalidades, la banda de música Santa Cecilia interpretó una marcha koskera. El presbítero Rvdo. Buenechea, coadjutor de la parroquia de San Vicente, bendijo la maquinaria y a continuación el alcalde don José de Marqueze levantó la palanqueta central y en aquel momento quedó iluminada la ciudad con luz eléctrica. Eran las 9 menos 7 minutos. El alcalde pronunció unas palabras felicitando a la ciudad por el acontecimiento que había vivido aquel día, dando las gracias a los que habían hecho realidad aquel proyecto.


El acto oficial terminó allí, pero la ciudad vivió los acontecimientos de aquel día. Como no podía ser menos, se corrieron bueyes por la mañana, al mediodía y por la tarde, seis en total. Era ganado de mucho trapío que el industrial Bautista Iraola había adquirido en Irurzun, por los que el Ayuntamiento pagó 240 pesetas en total. También se quemaron fuegos artificiales en los arenales de Gros y después en la plaza de la Constitución la banda de la Unión interpretó bailables.


Aquel día la bandera de la ciudad estuvo presente en los jardines de Alderdi Eder cuando el agua del Añarbe comenzó a llegar a los surtidores allí instalados, pues en aquella fecha empezó a funcionar la traída de aguas de aquel manantial. Este acontecimiento coincidió con el del alumbrado público al que precedió en dos horas. El alcalde abrió un grifo en Alderdi Eder y el agua comenzó a salir a gran altura por los surtidores. Y allí estaba, en aquel histórico momento, la bandera de la ciudad portada por el síndico señor Soraluce. Esta bandera es de color morado o sea el de la casa de Borgoña, y según la tradición procedía de Chiralduo, privilegio especial concedido a San Sebastián por el Rey Don Pedro el Justiciero y el emperador Carlos V, a quienes en momentos de gravísimo peligro fue fiel nuestra ciudad.


Ostenta en lujosos bordados las armas de la ciudad, diferentes emblemas heráldicos y los lemas que adornan el escudo municipal. En pocas ocasiones abandona la sede del Ayuntamiento y siempre cuando se produce algún acontecimiento excepcional. Así, la bandera se hallaba presente aquella lluviosa mañana de mayo de 1863 cuando la piqueta comenzó el derribo de las murallas. También salió de la Casa Consistorial en la luctuosa jornada del 18 de julio de 1887, cuando tuvo lugar el traslado de los restos mortales enterrados en los cementerios de San Bartolomé y San Martín al nuevo Polloe, y el 5 de septiembre del mismo año, en la colocación de la primera piedra del monumento a Oquendo, portándola en estas dos últimas ocasiones el teniente de alcalde señor Altube.


El día de la inauguración del monumento al almirante don Antonio de Oquendo, el 12 de septiembre de 1894, también estaba la bandera, llevándola el concejal señor Salazar.


Para recuerdo de aquel doble acontecimiento, el Ayuntamiento regaló a todos los invitados unos artísticos ceniceros, imitación de las antiguas bandejas repujadas del siglo XVII, que tan en boga estuvieron durante los reinados de Felipe V y Carlos II. Eran muestras de la orfebrería de la escuela española, realzada con todo el lujo churrigueresco de los últimos soberanos de la casa de Austria. En el centro del cenicero resaltaba repujado el heráldico escudo de la ciudad y en los bordes del plato, en medallones que arrancan de la dextra y senextra del escudo, dividiendo en dos la bandeja, iban varias inscripciones. La de la dextra del blasón municipal decía en caracteres grabados a golpe de punzón, imitando el tipo paleográfico romano del siglo XI al XII: "Inauguración de la traída de aguas de Añarbe" y la de la senextr: "San Sebastián, 29 de junio de 1899".


Con los años, la red eléctrica se hallaba en malas condiciones, los arcos funcionaban mal, los aparatos de relojería se oxidaban por la proximidad del mar y el cuidado de los carbones durante la noche era costoso. Entonces, en 1923, el ingeniero del Ayuntamiento D. Vicente Prado presentó un proyecto de modificación del alumbrado, con lámparas en vez de arcos voltaicos. Había 563 bujías ampliables a un millar costando el nuevo alumbrado a cada donostiarra 6 pesetas anuales.


La historia se cerraba. Al antiguo alumbrado de aceite y luego de petróleo sustituyó el de gas, al humilde farolillo que pendía de una cuerda, el clásico candil y años después la lámpara eléctrica. Murió el farol. Y desapareció el farolero que allá por el inicio de la década de los treinta todavía existía y que todas las tardes, al ir muriendo el día, encendía aquellos faroles que ya sólo recuerdan los muy viejos, faroleros con los que se encontraban al salir del colegio los alumnos de los Marianistas y que iban a dar algo de luz a los bucólicos paseos de Aldapeta y Ayete.
















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