jueves, 28 de junio de 2012

La Plaza Nueva y la Casa Consistorial

PLAZA DE LA CONSTITUCIÓN
En la que se llamó Plaza Nueva y luego de la Constitución había un edificio singular que fue durante muchísimos años sede del Ayuntamiento donostiarra. Ignoro donde estaría instalada la máquina burocrática municipal antes de 1718, fecha de la construcción de la Casa Consistorial, obra del arquitecto Hércules Torrelli, que se alzaba sobre cinco arcos muy capaces según los que la conocieron, ocupando el primer piso el Concejo y el segundo el Consulado. La fachada era muy del estilo de la época y en ella se lucieron los alarifes que realizaron un gran trabajo. Terminaba en un ático donde descansaban dos estatuas de gran tamaño que representaban a la Justicia y a la Prudencia. Bajo éstas estaba el escudo de la ciudad, de mármol de Génova. Tenía dos torres uniformes "muy bien hechas y perfectas en todo", según dice Joaquín Ordoñez, y en una de ellas estaba la campana que convocaba a los vecinos matriculados "cuando no basta la ciudad para algunos asuntos". El edificio era amplísimo para las necesidades de entonces y cobijaba con holgura la escasa burocracia que en el siglo XVIII se consideraba necesaria para la buena marcha de la administración municipal.

Tenía dos lujosos salones, uno donde se reunían los munícipes en lo que hoy llamaríamos plenos, y otro para la gente del Consulado. Estaban adornados con riqueza y según José Manterola abundaban los estucos en las paredes, los canapés de damasco, las arañas de cristal y cuando se celebraba alguna fiesta se colocaban muchas hachas y monteretas.

En el edificio se conservaba una muy completa colección de mapas topográficos de San Sebastián y su término municipal, colección que había costado 2.000 pesos. Allí se guardaba una armería completa para setecientos hombres y el archivo, así como el famoso libro Becerra al que aluden los que historiaron la vida de San Sebastián antes del incendio y destrucción de 1813. Todo ello fue pasto de las llamas.


Los alcaldes y jueces ordinarios que rigieron los destinos de nuestra ciudad desde esta sede fueron don Miguel Antonio de Bengoechea y don Manuel Gogorza y el último secretario fue don Joaquín de Arizmendi. Sólo la escalera y algunos muros fueron respetados por las llamas en 1813. Por eso al volver de Zubieta los supervivientes, el Ayuntamiento se instaló el 10 de septiembre en la casa número 40 de la calle de la Trinidad, ofrecida por don Bartolomé de Olózaga, cónsul del Consulado y cuando comenzó a volverse a levantar la Plaza Nueva se trasladó al número 5 de la misma y el Consulado al 6.


Aquella Casa Consistorial que levantó Hércules Torrelli se alzaba en la llamada Plaza Nueva que nació por acuerdo municipal adoptado el 14 de septiembre de 1715, fecha en la que se reunieron en la casa concejil los dos alcaldes ordinarios José Antonio de Aguirre y Oquendo y José de Lazcano y los regidores Bernardo de Arocena Falconera, Juan Angel de Echeverría, Antonio de Arruti Sarobe y Juan Francisco de Llatazo, el jurado Miguel de Gaztelu, el Concejo, junta y Regimiento de caballeros hijosdalgo de la ciudad, concurriendo además Manuel Aldaco, síndico, Juanín de Urtante, Caballero del hábito de Santiago y un grupo de sesenta vecinos, dando Miguel de Egusquiza, escribano de Su Majestad, fe de lo acordado. La reunión se celebró "a son de campana tañida, según costumbre para conferir y tratar cosas tocantes al servicio de Dios nuestro Señor, de Su Majestad y bien universal desta república, en observancia de sus privilegios, ordenanzas, buenos usos y costumbres..."


¿Qué acordó aquella magna reunión? Pues nada menos que construir la llamada Plaza Nueva, hoy de la Constitución, y ello no sólo por la "hermosura y desahogo que se da a la ciudad como por evitar los graves inconvenientes que se han experimentado en varias ocasiones de hacer funciones públicas en la plaza que hasta aquí se ha tenido, por estar contigua a la muralla y cuerpo de guardia principal deste presidio de calidad, que sin recurrir a varios lances y embarazos que se tuvieron en lo pasado con la gente militar con peligro de perderse la ciudad, sucedió modernamente ahora dos años el que a todos es notorio hasta haberse salido la guardia principal formada a punto de batalla con fusiles y bayonetas caladas contra los vecinos, que de no haberse atajado por la celosa y prudente vigilancia de los señores alcaldes y demás del gobierno con diferentes eclesiásticos y otras personas de la primera representación y autoridad, que contuvieron y retiraron a los vecinos y especialmente a la gente marinera que es tan crecida y belicosa, hubieran sucedido sin duda alguna muchas muertes y desgracias y que últimamente este presente año en la corrida de bueyes que se echó en dos partes por las festividades de Nuestra Señora y San Roque se ha impedido a la gente del pueblo el que se arrimen a los parapetos de la muralla para gozar de la fiesta y no se ha permitido que arrimada a la muralla por la parte de la plaza se pongan resguardos donde con seguridad se pudiese acomodar la gente..."


La razón que empujó al Ayuntamiento y vecinos a levantar la Plaza Nueva, según consta en las actas que se hallan en el Archivo Provincial de Protocolos de Guipúzcoa en la Universidad de Oñate y que son copia autorizada de las que había en el Ayuntamiento de San Sebastián, cuyos originales quedaron destruidos en el incendio de 1813, fueron las trabas y la oposición de la autoridad militar a que se corrieran toros y se celebraran festejos populares en la Plaza Vieja, por razones de seguridad dada la proximidad de las defensas de la ciudad. Se alegaba también que algunas recatonas que vendían frutas y otros géneros comestibles lo hacían arrimadas a las puertas del cuerpo de guardia, lo que dio ocasión a más de un desorden, diciendo los militares que aquel paraje era de su jurisdicción, por lo que había que buscar un lugar apropiado para ellas.


Por todo ello quería hacerse una plaza nueva "que dará grandes hermosuras y desahogo, que quedará en el centro de la ciudad, haciendo las casas que la han de circunvalar con arcos y soportales y todas las fachadas iguales y sin diferencias unas de otras ni en la altura ni en lo demás, motiva con impulso y por conveniencia pública a ejecutar dicha plaza nueva, a que también favorecen leyes reales y una ordenanza municipal expresa que tiene la ciudad para este efecto confirmada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel de gloriosa memoria".


En aquella sesión del municipio, los regidores Juan Francisco de Llantazo, Simón de Celarain y Pedro Antonio de Lazcano mostraron a los presentes dos planos de la futura Plaza Nueva que había realizado Hércules Torrelli, ingeniero militar. En esta plaza se levantaría la Casa Ayuntamiento y Consulado, haciéndose estas casas "a cuatro vientos entre la misma plaza que ha de servir de frente y las dos calles de Iñigo y Alasorrain por los costados y la calle de Ascorra por la espalda; tendrá de largo la dicha plaza noventa y dos codos y de ancho setenta y dos; y la otra en cuya figura vienen a quedar las dichas casas concejiles en uno de los costados que han de servir de ancho a la dicha plaza la cual en esta figura tendrá de ancho setenta codos y de largo noventa y cinco; y al mismo tiempo informaron a la ciudad que según presupuestos y regulación que han hecho tendrá de coste la primera figura y planta, los suelos y casas que han de ocupar el plano y campo que ha de quedar para la plaza y la compra de las casas que le han de circunvalar la misma plaza, sin comprenderse la frente y edificio de las casas concejiles y del Consulado y el nuevo reedificio de ellas que se consideran serán veinticuatro casas de a diez codos de frente cada una con su fondo correspondiente, la cantidad de 76.000 ducados de planta de principal, que reditarán anualmente a censo 1.980 ducados y que las dichas veinticuatro casas con sus cabañas darán de renta una con otra por lo menos 80 ducados que a este respecto importan 1.920 ducados que añadiendo a 200 ducados que podrán dar de renta las casas concejiles que hay al presente 300, que tendrán de ahorro la ciudad en gastos de fiestas públicas de toros cada año, computándose uno con otro en los que ha habido así de Castilla y Navarra como torillos de la tierra; que ejecutada dicha plaza podrá haber anualmente corrida formal sin coste para la ciudad, y sólo con lo que rendirán los balcones y tablados de la plaza.


Y así mismo aumentándose lo que podrán rentar las casas que al presente sirven de Alhondiga y Peso de harina, cuyas oficinas se han de pasar a la Plaza Nueva, y casas concejiles, oficinas que también pasarán a la plaza, vendrán a sobrar en beneficio de la ciudad cada año por lo menos quinientos ducados de vellón, los cuales destinándose para irse redimiendo dichos capitales, vendrán a quedar a la ciudad las propiedades de dichas casas que han de circunvalar la plaza, lográndose por este medio el que con el tiempo, con ésta crecida renta se vayan desempeñando de los demás empeños que tienen tan gravada la ciudad y aún se cree se podrá minorar el coste referido de los 76.000 ducados respecto de que la ciudad en sus montes tiene porciones de maderamen que se pueda emplear en el edificio de dichas casas y también los despojos de las que se han de demoler".


Se daba poder al alcalde y a unos cuantos concejales "para que atienda a la ejecución de dicha plaza, fábrica de casas, compra de ellas y todo lo demás..."


Fue el investigador José María Aguirrebalzategui quien encontró estas actas y las publicó recientemente.


Se construyó la Plaza Nueva y allí se corrían toros, se celebraban fiestas y rogativas, se vendían productos del campo y allí podía tomarse el pulso a la ciudad que pronto la consideró el pulmón en cierto sentido y el corazón en otro de nuestro pueblo. Pero en las trágicas jornadas de agosto y septiembre de 1813 San Sebastián fue destruida, no quedando piedra sobre piedra. Pero el espíritu que animaba a los donostiarras no se dejó vencer por los tristes acontecimientos y en Zubieta acordaron reconstruir la urbe y cuando todavía había escombros como recuerdo de aquella infausta fecha se ponía la primera piedra de lo que sería la plaza de la Constitución. El proyecto que el arquitecto don Pedro Manuel de Ugartemendía había presentado en el Ayuntamiento fue rápidamente aprobado y se fijó la fecha del 16 de agosto de 1817 para comenzar las obras de la que hasta entonces se llamaba Plaza Nueva.


La construcción de los arcos se sacó a subasta en julio de ese año. Se decía en el pliego de condiciones que la piedra arenisca había de ser de la mejor calidad de las canteras de Ulía e Igueldo; la de los zócalos, imposta y clave de los arcos, de Santa Bárbara de Hernani; la de los canes o ménsulas de la cornisa general, del monte Uzturre de Tolosa. La contrata fue otorgada a los maestros de obras don Eugenio Díez de Guemes, don Joaquín Antonio de Elósegui y don José Antonio Betelu.


Al significativo acto que iba a tener lugar se sumó todo el vecindario, que no era mucho pues todavía había gente sin hogar que vivía en los caseríos de los alrededores. La víspera hubo fogatas, fuegos artificiales y bailes populares. El 16 de agosto el Ayuntamiento, tras acudir en traje de golilla a una misa solemne en la parroquia de Santa María se trasladó a la plaza donde ya se hallaba la Junta de Obras y Reconstrucción y un piquete de la Compañía de voluntarios de Navarra de guarnición en la plaza, al mando de un oficial.


En el centro de la plaza se habían colocado unos bancos que ocupó el Ayuntamiento, el cabildo, jefes militares e invitados. Había una mesa cubierta por un damasco y sobre ella una escribanía de plata, unos tubos cilíndricos de cristal, cuatro candelabros de plata y el acta de la reunión municipal del día 13 que leyó el secretario del Ayuntamiento: "El Ayuntamiento de la ciudad de San Sebastián, para gloria del reinado del Señor don Fernando VII de Borbón y utilidad del vecindario ha decretado reedificar la plaza principal de la misma ciudad". Tras una pausa y en medio de gran silencio, el secretario siguió leyendo: "El Ayuntamiento de la ciudad de San Sebastián después de implorar la protección divina, decreta colocar y fijar las primeras piedras de su plaza principal pasando en cuerpo a los ángulos de la misma plaza donde ejecutará la determinación de su nombre el señor alcalde de primer voto y queriendo manifestar a la posteridad los sentimientos de la religión de sus habitantes y de su amor al rey y transmitir a la misma las noticias convenientes a la época de este suceso, determina el Ayuntamiento que se coloquen en las piedras angulares monedas con el real busto de nuestro amado monarca, las guías del presente año y las inscripciones dispuestas en vitelas que leí en voz alta".


El alcalde don José María Izquierdo introdujo en unos tubos de cristal varias monedas del reinado de Fernando VII, una guía de forasteros y unas inscripciones escritas en vitelas en vascuence, castellano y latín y que decían lo siguiente:


"Vos, esclarecido mártir San Sebastián, a cuyo nombre está consagrado este pueblo, y ángeles titulares a quienes ha sido encomendado favoreced los votos de sus conciudadanos y esta Plaza comenzada bajo vuestros auspicios, haced benignos que sea concluida y por largos siglos conservad enteros y sanos sus edificios. Año de MDCCCXVII".


"Con el favor divino se empezó a construir por segunda vez desde sus cimientos la arruinada Plaza Nueva en medio de la ciudad de San Sebastián en el año de gracia MDCCCXVII, reinando felizmente en España el Señor Don Fernando VII de Borbón, siendo arquitecto don Pedro Manuel de Ugartemendía con la medida de 205 pies en largo, 132 en ancho y 26,06 en cuadro".


Los frascos fueron lacrados y sellados con las armas de la ciudad mientras la banda de música ejecutaba un adagio religioso compuesto por don Manuel Sagasti. El Ayuntamiento, precedido de clarines y maceros, se dirigió al ángulo derecho de la Casa de la ciudad donde se hallaba una piedra de mármol azul. El alcalde, ayudado por el arquitecto, colocó uno de los frascos en el centro de la piedra, que estaba taladrada, cubriéndose con una capa de hierro emplomado. La misma operación se realizó en los otros tres ángulos de la plaza y después se tiró la línea por el Síndico procurador general, acompañado del arquitecto, "según provenían las Ordenanzas confirmadas por Su Majestad".


Luego, el vicario acompañado del Cabildo eclesiástico con cruces y ciriales, bendijo la piedra del ángulo izquierdo y a continuación las otras tres y terminada esta ceremonia Ayuntamiento y Cabildo, precedidos de una comparsa de bailarines infantiles y de una banda de música se dirigieron a la parroquia de Santa María donde se cantó una Salve a la Virgen del Coro.


La ceremonia había terminado y empezaba el jolgorio popular. Por la tarde se corrieron novillos, siendo la primera vez que se hacía en la plaza después de la destrucción, y por la noche hubo fuegos artificiales, fogatas, cohetes y bailes al son del txistu, “no habiendo apenas hombre por anciano y serio que fuera que dejase de bailar, manifestando todos los habitantes el gozo más puro".


Todos estos datos los tomo de lo que publicó don Serapio Múgica que nos legó puntual noticia del acontecimiento, quien señala que contrastaba la alegría del pueblo con las ruinas y montones de escombros que todavía existían en las inmediaciones de la plaza, pero que era tal el espíritu de resurrección de sus habitantes que podría ser su divisa y consolador emblema éste: "Post fata resurgo".


Las casas de esta plaza se edificaron sobre cincuenta y tres arcos de medio punto y la parte interior forma unos soportales. Por ellos han paseado varias generaciones de donostiarras. Y resulta curioso el constatar que bajo los arcos de la izquierda de la Casa Consistorial paseaban las clases adineradas y quienes pertenecían a profesiones liberales, y por la derecha los menestrales. Esta división a la hora del paseo siguió cuando éste se trasladó al Boulevard, haciéndolo a uno y otro lado del kiosko. Un cronista de principios de siglo, un tanto romántico y nostálgico, escribía sobre las losas de estos arcos lo siguiente: "Casi todos los noviazgos de nuestros abuelos y de nuestros padres tuvieron su origen en estas losas, cruzándose las primeras miradas de amor a la luz de los reverberos de aceite".


Cuando a principios de este siglo se llevó a cabo la pavimentación de las calles de la ciudad, utilizando asfalto, escoria de hierro, adoquines de piedra de Motrico y losetas, no se renovaron las losas de los arcos de la plaza de la Constitución, que seguían siendo las mismas de 1828, lo que probaba su resistencia.


El que fue arquitecto municipal a principios de este siglo, don José Goicoa, era opuesto a que se renovase el piso de los arcos y solía decir: "Estas vetustas losas, por encima de las que nos han llevado a bautizar a tantos donostiarras, tienen, entre otras cualidades, la de predecir el tiempo. Cuando las veo húmedas, la lluvia se aproxima y para los reumáticos es un aviso".


Durante la segunda guerra carlista, bajo los arcos se situaban los soldados, ganado y cañones y a la puerta del Ayuntamiento solía montar la guardia una compañía de veteranos compuesta de diversas personalidades donostiarras, soliendo hacer de centinelas el ingeniero de Caminos don Manuel Peironcely y don Juan Queheille, a quien sus amigos llamaban Juan y medio por su estatura.


En esta plaza es donde se levantó la nueva Casa Consistorial en el mismo lugar que la construida por Hércules Torrelli y que quedó destruida en el incendio de 1813. Y la colocación de la primera piedra del nuevo Ayuntamiento fue solemne en extremo, como verá el lector.


El 4 de junio de 1828 había llegado a San Sebastián el rey Fernando VII. La ciudad, que todavía mostraba las huellas de las trágicas jornadas de 1813, recibió en triunfo al "Rey Deseado" y a su esposa la reina Amalia. Quería agradecer de esta manera el real decreto del 21 de julio de 1816 en el que el monarca se declaraba protector de la ciudad. A las once de la mañana de aquel 4 de junio los cañones del Castillo anunciaron la llegada de los Reyes. Colgaduras y follajes engalanaban las casas y en la Plaza Vieja había abundancia de cenefas de tela carmesí así como guirnaldas de laurel en cornisas y arcos, según refiere el historiador Angel Pirala.


Un grupo de músicos aficionados se adelantó a saludar a los monarcas a San Bartolomé y fuerzas de los Tercios de la Provincia, la guardia real y del batallón de Monterrey cubrían la carrera desde el barrio de San Martín hasta el palacio que iban a ocupar los soberanos que era la recién construida casa que en la Plaza Vieja tenía don Faustino Corral. Se había levantado un arco de triunfo en las proximidades de la citada plaza y fue allí donde le dieron la bienvenida al monarca y a su esposa los miembros del Ayuntamiento, Consulado y Cabildo, mientras eran volteadas las campanas, la artillería disparaba salvas y el pueblo mostraba su alegría.


La estancia de los soberanos que duró hasta el 11 de junio estuvo llena de fiestas y alborozo popular. El programa fue amplísimo y a una fiesta sucedía otra. Ya aquella tarde del 4 de junio presenciaron Fernando y Amalia una exhibición de los espatadanzaris y burraca, "bailes que agradaron a los reyes por la novedad y el pintoresco aspecto que ofrecía la adornada Plaza Vieja, llena de gente que se apretaba en arcos y calles y coronaba la altísima muralla”.


Pero aquello no fue sino el inicio de las fiestas y del jolgorio callejero. Hubo de todo y todo complació a los soberanos. La ciudad lucía una espléndida iluminación y no faltaron los fuegos artificiales, una fiesta náutica con un simulacro de combate naval en la bahía, los zortzicos bailados por la compañía de Pastores de Arcadia, que cantó composiciones del maestro Albéniz y, ¡cómo no! corridas de toros en la Plaza Nueva, corriéndose toros de Zalduendo y Guendulain, actuando la gran estrella de la torería de entonces, Carreto, que brindó sus toros a los reyes y al ministro de Jornada que lo era el ya famoso don Francisco Tadeo de Calomarde. La banda de música de la guardia real amenizaba las corridas.


Hubo varios besamanos en palacio asistiendo a ellos la Diputación y el Ayuntamiento y las autoridades militares y eclesiásticas. A los besamanos de señoras iban éstas vestidas de traje redondo y de manto, estando junto a la reina la condesa viuda de Peñaflorida.


Tal vez la fiesta que más gustó a los soberanos fue la que se desarrolló en la Plaza Nueva. Se había montado un tablado y en él actuaron varios grupos de muchachos y muchachas, vestidos los chicos con pantalón blanco y corpiño rosa y ellas con túnicas blancas, adornadas de guirnaldas y coronas de flores en sus cabelleras. Las canciones que entonaron las había escrito para aquel acontecimiento don Pedro Albéniz. Una matrona representaba a Guipúzcoa y cuando esta moza lanzó el grito de "¡Viva el Rey!" se abrieron unas granadas y unos globos dorados convirtiéndose en amapolas y salieron palomas y tórtolos que llevaban en el cuello cintas de colores en las que se habían escrito unos versos alusivos al acto.


"Con la ayuda de un mecanismo preparado al intento", escribió Angel Pirala, "se envió desde el tablado a SS.MM. otra paloma blanca engalanada con cintas y lazos, que conducía también en el pico, en un estuche dorado, un ejemplar de la oda dedicada a la Reina, nuestra señora, por las jóvenes de San Sebastián. Su Majestad se abalanzó a recibirla, acariciándola, la entregó a la Reina y volviéndola a tomar el Rey la besó repetidamente sin recatarse ni disimular la tierna emoción que se expresaba tan enérgicamente por sus augustos labios".


Esta escena impresionó a los espectadores, dice el cronista de aquella visita, emocionó a los autores de la fiesta, hizo llorar a algunos e impulsó a los bailarines espatadanzaris a formarse en dos filas y con sus espadas, lanzas y arcos simular una larga bóveda, bajo la cual pasaron los reyes al retirarse a pie a su alojamiento.


San Sebastián se volcó para hacer agradable a sus reyes la estancia en nuestra ciudad. El palacio en el que se alojaron fue preparado para tan regios huéspedes. La casa de don Faustino Corral fue adornada con lo mejor de lo mejor y algo parecido, aunque no tan ostentoso, se hizo en las casas de don Juan Urroza, don Andrés Urbano y doña Magdalena Muñoa que ocuparon el séquito y la servidumbre palatina. En el palacio se colocó un trono por el que se pagaron 3.800 reales a M. Bergara y un oratorio que fue arreglado por doña Juana Ameztoy.


Resulta curioso, a casi dos siglos de distancia, conocer las cuentas que se pagaron por la estancia de los reyes en San Sebastián. Por champagne se abonó a la viuda de Pozzo 720 reales, a Facunda Ortí, propietaria del café del Cubo, 476 reales por nieve; a Pedro Queheille 720 reales por cigarros habanos. La mantelería se había adquirido a doña Francisca Bally y la vajilla a don Nicolás Pedrallo.


Nada menos que 356.000 reales costó la estancia de siete días de los soberanos en nuestra ciudad. He aquí el detalle: Coste del adorno y todo el servicio de palacio, 115.863 reales; idem de las obras de palacio, 30.256; idem de la mesa de SS.MM. y otras tres de Estado, 81.598; importe de la indemnización por perjuicios 9.417; importe de follajes para caballerías de tiro, 4.966; coste de falúa y gastos de pasajes, 12.088; importe de la parte de festejos, 49.624; tamborileros y dulzaineros, 5.000; partidas sueltas, 3.813; salario a los dependientes, 4.585; remuneración a los auxiliares, 15.720; gastos suplidos por los comisionados, 23.052 reales.


He dejado para el final referirme a la colocación de la primera piedra del nuevo Ayuntamiento, solemne acto al que asistió Fernando VII. El alcalde, al cursarle la invitación, decía que el edificio era de imprescindible necesidad "para poder guardar el decreto de 21 de julio de 1816", recordatorio que estimaban nuestros munícipes suficiente para contar con la real presencia en el solemne acto.


Aceptó el Rey la invitación y acompañado de la Reina y rodeado de numeroso y brillante cortejo, en el que figuraba el ministro de Jornada don Francisco Tadeo Calomarde, llegó al lugar que años después sería la plaza de la Constitución y en la que entonces sólo había levantadas algunas casas. Allí le esperaban las autoridades municipales, el obispo de Ciudad Rodrigo, el cabildo religioso, etc. El alcalde don Joaquín L. Bermingham le ofreció en una bandeja una "guía de viajeros", una octava alusiva al acto y el acta municipal que metió en un tubo de cristal embutiéndolo en la piedra. Luego entre el monarca y el alcalde procedieron, utilizando una palanqueta de acero, a colocar la primera piedra del nuevo edificio. En esta piedra estaba escrita la siguiente inscripción: "Fernando VII Rex. Ipsemet posuit die X Jun. An. MDCCCXXVIII".


Cuatro años tardó la construcción de la Casa Consistorial y su fachada es de estilo neoclásico, al gusto de la época en que se proyectó. Los planos fueron obra del arquitecto don Silvestre Pérez.


Cuando entró en funcionamiento el nuevo Ayuntamiento, la ciudad contaba con unos 10.000 habitantes. Pero al paso del tiempo se fue convirtiendo San Sebastián en una gran urbe, especialmente desde el derribo de las murallas. La Casa Consistorial se había quedado pequeña, en ella no cabían los servicios que resultaban imprescindibles para una ciudad moderna, y entonces comenzó a pensarse en trasladarse a una nueva sede.


Hubo dos tendencias: la de seguir en la Casa consistorial que ya tenía historia, trasladando a otros lugares parte de sus oficinas, o hacer una nueva más amplia para poder tener allí toda la burocracia municipal. Se pensó en el Gran Casino, cuyas puertas estaban cerradas desde 1924 a consecuencia de haberse suprimido el juego. Se hicieron en su interior algunas reformas y allí se trasladó el Ayuntamiento el día 20 de enero de 1947. Donde antaño se oía la voz de los croupiers y hasta el girar de la bolita de marfil en la ruleta, donde en los días de esplendor actuó "Argentinita" y cantó Gayarre, ahora se oye el ruido de las máquinas de escribir o el eco de los acalorados debates que los regidores de la ciudad mantienen.


Y en el antiguo edificio de la vieja Casa Consistorial está desde 1951 la Biblioteca Municipal. El silencio y el estudio tienen ahora su sede donde antaño se cobraban arbitrios o se tallaban mozos. Y de la plaza han desaparecido los comercios que daban prestigio a la vida mercantil de la ciudad, a los que se refería en el siglo XVIII el reverendo don Joaquín Ordoñez cuando describía los géneros que se podían adquirir en las tiendas que había entonces, comparables a las de las grandes ciudades europeas. Se podía comprar de todo, desde sedas de China, algodones, lencería, a las barajas de cuarenta y ocho naipes a cinco cuartos; la fanega de sal a peseta, azúcar, canela, cacao, tabaco de hoja y polvo, aguardientes y licores, todo ello al amparo de la franquicia comercial que disfrutábamos.


Si esto sucedía en 1761, cien años después el comercio de San Sebastián seguía arrancando elogios a los viajeros que nos visitaban. A mediados del siglo pasado viene a nuestra ciudad Francisco de Paula y Madrazo, biógrafo del general Tomás de Zumalacárregui y taquígrafo del Congreso y hace curiosas observaciones sobre el comercio donostiarra de entonces. Tomando lo que escribió sobre el que entonces había en la plaza de la Constitución, nos dice que en el mismo edificio del Ayuntamiento había una tienda de paños, la de Bardy y Denghen, sastres franceses que al decir de Paula eran finos, amables y galantes y con su hábil tijera dictaban la moda. La tienda más famosa era la joyería y bisutería de Bolla, establecimiento en el que se encontraba lo mas caprichoso que producía la industria francesa, lo útil, necesario e imprescindible para la vida que producía la industria inglesa, los juguetes infantiles que daba de sí la industria alemana. Tal era la fama de la tienda de Bolla que resultaba más fácil que algún viajero se fuese de San Sebastián sin ver el puerto que sin visitar aquel establecimiento. Sin salir de la plaza de la Constitución se encontraba el viajero a mediados del siglo XIX con tiendas magníficas, como la quincallería de Campión, la librería de Baroja, cafés, restaurantes, zapaterías, perfumerías...


Al terminar el siglo XIX, ya no detenta la plaza de la Constitución el cetro del comercio, pero allí seguían la librería de Baroja, la quincallería de Valenciano, el almacén de tejidos de Aztiñena, la tienda de cuadros de la viuda de Irure...


De todo esto ya no queda memoria más que en los relatos de los cronistas de la época, uno de los cuales nos refiere cómo fue la última corrida que en la plaza se celebró y que fue en 1870, asistiendo a ella Toribio Alzaga, el famoso sainetero, un chico de 7 años, que la presenció desde el balcón de la casa de sus abuelos que vivían encima de donde estaba la librería Baroja. "Con las piernas colgando del balcón y tirando migas de pan a los tendidos de abajo, vi yo aquella corrida que, según aseguraban los viejos, fue una de las mejores", le confesó Alzaga al periodista "Juan de Hernani", quien nos lo contó años después.


Por la mañana hubo encierro y la gente llenaba las calles esperando el paso de los bichos. Cuando oían un cencerro, se ponían a correr creyendo que ya estaban allí los toros, y los chavales autores de la broma lo pasaban en grande. Fue a las 7 de la mañana cuando pasaron corriendo los novillos hasta los chiqueros levantados en los arcos del Ayuntamiento.


La corrida aquella fue lidiada por gente de San Sebastián y los toros estaban embolados. Se habían levantado tendidos y palcos y los diestros iban vestidos a la antigua usanza, como en los tiempos de Pepe Hillo, habiendo estado expuestos los trajes en la tienda que en la calle San Jerónimo tenía Prol, organizador de la fiesta. Por si los toreros no podían acabar con los toros, además de los picadores habituales había otro que llevaba en la pica una cuchilla en forma de media luna “para desjarretar a los chotillos que no se dejaran vencer". En el desfile figuró también una traílla de perros de presa y decía Alzaga que "sería para tenerle sujeto al toro por las orejas si no estaba quieto a la hora de la estocada. Pero no hubo necesidad de su trabajo".


Si las piedras de la plaza hablasen podríamos los donostiarras conocer la historia de nuestro pueblo mejor que acudiendo a los libros y viejos documentos. Porque está escrita bajo las arcadas de este entrañable lugar.







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