jueves, 28 de junio de 2012

Mari

Su figura pertenece a la leyenda y en el recuerdo de las generaciones posteriores a la suya sigue viva la estampa del mariñel valiente que muere en el mar, arriesgando su vida para salvar la de sus compañeros.

A José María Zubía todo el mundo le conocía por el nombre de Mari. Zumayano de nacimiento, vino al mundo en 1809. Hijo de pescadores, siguió su oficio hasta 1830 en que se matriculó de marinero en la carrera de las Américas y después de muchos años de navegación, se estableció en San Sebastián como patrón de una lancha de pesca. 

En varias ocasiones probó con riesgo de su vida los sentimientos que le animaban a la hora de ayudar al prójimo. Así ocurrió el 13 de julio de 1861 en un heroico hecho de que dio cuenta el comandante de Marina al capitán general del Departamento en escrito que merece la pena reproducir. Tras aludir al temporal que azotaba la costa, dice el comandante de Marina: "En tales momentos se me presentó espontáneamente el patrón de pesca José María Zubia con nueve jóvenes solicitando permiso para ir también en auxilio de aquellos desgraciados con una chalupa de su propiedad a lo cual accedí gustoso, no sin darles anticipadas gracias por acto de tanta abnegación. La lucha que por espacio de tres cuartos de hora tuvieron que sostener estos diez hombres hasta el punto en que se hallaban los náufragos, ganando al remo contra un viento huracanado y un mar horrible, sin que por un momento se les viera desmayar, es digna sin duda de un premio de consideración, pero nada es comparable con la serenidad, arrojo, sangre fría e inteligencia que demostraron durante la media hora que tardaron en poder recoger a los tres náufragos que existían cuando ellos llegaron, pues el cuarto había sucumbido ya. Sotaventeados aquellos infelices y metidos entre las rompientes de la boca de la Zurriola, sostenidos aún por los fragmentos a que se hallaban agarrados, no desistió por eso el ánimo del patrón José María Zubía y sus nueve marineros. Se metió tras los náufragos en las rompientes y durante media hora de agonía y angustia en que se encontraban las infinitas personas que presenciaban aquel alto ejemplo de humanidad, no se le vio una vez siquiera retroceder ante la inmensidad del peligro en que se hallaba hasta que los consiguió meter en su lancha a aquellos desgraciados, falleciendo uno de ellos al regreso de la chalupa al puerto".

Aquel día de julio el mar estaba embravecido, el viento soplaba fuerte y olas de seis metros rompían en los acantilados de la costa. Una lancha del puerto de San Sebastián se hallaba en situación comprometida en la Zurriola. Era como un juguete para aquel mar tempestuoso. Las vidas de sus tripulantes peligraban, pues la embarcación podía zozobrar. Esto lo cieron claramente Mari y sus nueve hombres y valientemente se lanzaron al salvamento de los náufragos. 

La hazaña del salvamento fue seguida por cientos de personas que siguieron emocionadas la lucha contra el mar de aquellos valientes. Y entre ellas se hallaba la gran actriz Teodora Lamadrid que emocionada ofreció dar una función a beneficio de las familias de los náufragos en el teatro Principal donde actuaba. El coliseo se llenó aquella tarde y allí estaba desde el alcalde, don Eustasio Amilibia, hasta el último arrantxale. En un palco, el héroe de la jornada, Mari. Se puso en escena el drama “Adriana Leconvreur" y al final José María Zubía con la boina en una mano y en la otra una corona de flores se adelantó en el escenario para entregársela a la actriz. Aparecía casi gigantesco, oculto el potente torso por una camiseta roja. Se acercó Mari a la actriz, que parecía mas pequeña junto al mocetón. “Esto me han dado para ti”, dijo, y Teodora Lamadrid, con lágrimas en los ojos, le colocó en la frente la corona a la vez que le decía: ,"Para mí no, para ti”. Y coronó al héroe como hacían en la antigua Grecia con los guerreros y los bardos.

Cinco años después, el 9 de enero de 1866, el temporal ponía en grave peligro a una barca fuera de puntas. Salió Mari con la suya para auxiliar a los que luchaban contra el oleaje. La lancha de Mari, que era seguida por la gente, agolpada en las estribaciones de Urgull e Igueldo, desaparecía y volvía a aparecer, juguete del mar embravecido. Se le veía a Mari de pie, dirigiendo a los hombres que en su lancha remaban. Pero en un golpe de mar, ésta volcó y entre los remos y la espuma Mari y sus hombres intentan salvarse.


Cuenta don Antonio Peña y Goñi que un conocido aristócrata, que se hallaba entre los que seguían la emocionante escena, dijo en voz fuerte: “Una onza de oro para cada hombre que vaya a salvar a esos valientes”. Un viejo mariñel, patrón que había navegado durante años y años, respondió: “Aquí no llevamos nada de eso”. Momentos después, patroneando el “Holandés”, aquel pescador salvaba cuatro vidas. El quinto pescador quedaba sepultado en las aguas: era José María Zubía.


Figura recia, como un Hércules del Cantábrico, tenía un corazón de oro. De él podía decirse que tenía el alma de niño y el cuerpo de atleta, formado en la lucha diaria con el mar. Cuando murió su madre, le mejoró en el testamento perjudicando a sus hermanos. Mari no aceptó esta participación y dijo: “Todos igual”. En otra ocasión, al morir dos hombres de su lancha que dejaban viudas y huérfanos, Mari no los abandonó. “Mientras yo viva, dijo, no entrará en esas casas la indigencia” y todos los días al regresar de pescar hacían las particiones de lo cobrado, incluyendo dos para las familias de los muertos.


Al día siguiente de la muerte de Mari, Joaquín Jamar escribía en el periódico: “Hijos del mar que arrastrais vuestra penosa existencia entre los rudos embates del proceloso elemento, seguid sus huellas; imitad su ejemplo. Que la memoria de Mari aliente vuestros esforzados corazones cuando el mísero náufrago os tienda los brazos al rugir la tempestad”.


Pocos días después de la muerte de Mari, el domingo de Carnaval, se organizó una comparsa alegórica para rendir públicamente homenaje de admiración al pescador que tan heroica muerte alcanzó. Aquella comparsa que recaudó dinero para hacerle un monumento actuó en la plaza de la Constitución. Figuraba en ella un carro triunfal sobre el cual y de pie en una concha tirada por dos delfines y acompañado de cuatro genios iba Neptuno, dios de los mares.


En la plaza las parejas de baile cantaron una marcha sobre los horrores del mar, letra de Ramón Fernández y Garayalde y música de J.J. Santesteban. Los textos fueron estos:


“Negro manto de nubes envuelve/ la ancha bóveda imperio del Sol,/ y en mitad de su ardiente carrera/ tierra y mar cubre duro crespón./¡Ay del nauta que en frágil barquilla/ del océano la espalda surcó!/ La tormenta tu lecho de muerte/ y el abismo será tu mansión./ Allá viene; no veis débil tabla/ del oleaje entre el túmido horror/Duro remo agitando anhelante/ yerto el brazo infeliz pescador./ Ya lo abisma voraz torbellino,/ ya ola crespa entre espumas lo alzó, mientras lanza alarido estridente/ entre el ronco estruendoso fragor./ ¡Infeliz! Cada pecho en Easol mustio lanza gemido de horror;/ mas no hay nadie que al naufrago tienda/ mano amiga a su triste clamor./¡Pobre Mari! Tú solo arrostrando/ de la ruda tormenta el furor, dar supiste tu vida preciosa/ en sublime holocausto de amor./ Que abrazando al exánime náufrago/ al abismo tu cuerpo rodó, mientras en torno la extensa ribera/ lastimero quejido se oyó".


A continuación, tras ejecutar las parejas de baile diversos movimientos con arcos y guirnaldas, apareció una urna funeraria con el nombre de Mari y los marinos cantaron este himno:


y “Alma noble y esforzada,/ generoso corazón,/ llegue a tu tumba ignorada/ nuestra fúnebre canción./ Rudos hijos de Neptuno/ sin mas timbres ni fortuna,/ fue el oleaje nuestra cuna,/ nuestra tumba será el mar./ Cien y cien borrascas fieras/ azotaron nuestra frente,/ y cien veces sima hirviente/ nuestra planta salvó audaz./ Hoy del compañero amado/ sobre la ceniza helada/ en nuestro llanto empapada/ deshojando nuestra flor./ Acepta Mari esta ofrenda de tu tumba en el abismo,/ fiel tributo a tu heroísmo/ a tu noble abnegación”.


Luego un grupo de niñas cantó estos versos: “Dulces niñas inocentes/ del hogar joya querida,/ en el yermo de la vida,/ aura fresca y tierna flor./Sin afanes ni ambiciones,/ sin congoja ni desvelos,/la pureza de los cielos/ nuestras puras frentes son./ Mas si llanto lastimero,/ quizá en torno nuestro oimos,/ mártir de sublime anhelo/ también sabemos al cielo/ sentida plegaria alzar”.


Cada grupo depositó una corona fúnebre sobre una urna, terminando el acto con una nueva interpretación del himno y unas danzas de los grupos de niñas, marinos y labradores, dirigidos todos ellos por Ignacio Tabuyo, padre del que años después sería alcalde de la ciudad. El dios Neptuno era el popular cochero Bastanga, que iba con su tridente. Un grupo de niños, entre los que figuraban donostiarras que serían ilustres años después (Pavía, Calbetón, Laffitte, Blasco, Peña, Marqueze, los Vinuesa) iban vestidos de marineros con pantalón blanco, blusa garibaldina roja con anclas doradas en el cuello y sombrero de hule.


Años después de la muerte de Mari los donostiarras colocaron un busto en el Muelle para perpetuar su memoria que fue sustituido en 1900 por el actual, fundido en los talleres Masriera de Barcelona, obra del escultor Jacinto Mateu. Y fue en 1901 cuando surgió el tema de la inscripción que debiera ponerse en el monumento.


El Consistorio de Juegos Florales Euskaros, que a comienzos de siglo era un colectivo cultural con un gran peso, escribió el 5 de agosto de 1901 una instancia al Ayuntamiento y a su alcalde que a la sazón era don Miguel Altube, y tras felicitarle por la iniciativa de haber levantado un monumento a la memoria de Mari recordaba que en el monumento funerario erigido en la calle de San Prudencio del Camposanto de Polloe en memoria de Indalencio Bizcarrondo “Vilinch” se había colocado la siguiente inscripción :"¡Bilinch! Donosti maite genezake, Jaunaren miserikordiak kantatzera joan ziñan ezkeroztik, zerna bera gozoagoa izango dalo”. Y en la instancia, que la firmaban don Vicente Laffitte, presidente y don Antonio Arzac, secretario, le decían al alcalde: “Aquel inspirado vate donostiarra, que mostró la flexibilidad de su genio poético en las más opuestas manifestaciones de la versificación euskara, mereció que el Ayuntamiento costeara su sarcofago y encomendara a este mismo consistorio la redacción de la leyenda fúnebre que se acaba de transcribir.


Parece pues lógico que se siga análoga práctica respecto del homenaje que se trata de rendir a la memoria del valiente “Mari”, grabando al pie de su busto una inscripción en idioma vascongado, porque aquel sencillo y modesto hombre de mar no conoció ni habló más que la milenaria lengua de Aitor; y sería una verdadera incongruencia el empleo de voces y locuciones cuyo carácter y sentido pugnan abiertamente con el espíritu eminentemente euskaro que integraba toda su personalidad”.


El Ayuntamiento recogió rápidamente el ruego del Consistorio y en la sesión del 13 de agosto de 1901 aprobó un informe de la Comisión de Fomento en el que se decía que consideraba la instancia presentada por aquél atendible “y sabedora de que en la leyenda que en la emocionada solicitud aparece dedicada al notable poeta Bilinch fue debida, como la de la estatua del Almirante Oquendo, al insigne vate euskaro don Antonio Arzac, propuso a éste se sirviera formular la que juzgue oportuna y lo ha hecho en la adjunta octava, que la Comisión acepta y somete a la aprobación de V.E.”.


“;Mari! Urikalduak salbatu nayaz/ Eman zenduben biziya,/ Ta gaur daukazu, goitalchatuaz/ obiz itsaso aundiya;/ ¡Lo egin zazu baga soñuaz.../ O gizo maitagarriya!/ Onraturikan zure gloriyaz/ Donosti ta Kantauriya”.


Aprobado por el pleno del Ayuntamiento el informe de Fomento, en el monumento a Mari se inscribieron aquellos versos y allí siguen recordando al transeúnte que aquel mariñel entregó su vida en el mar para salvar la de sus compañeros. Y que su pueblo no olvida el gesto de heroica abnegación de José María Zubía, Mari.


En la sesión que el Ayuntamiento celebró el 5 de diciembre de 1917 acordó que la calle que hasta entonces se había llamado Frente al Muelle (kaiaurreko kalia) por decisión municipal del 13 de abril de 1897, se llamase en lo sucesivo de Mari.



















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