jueves, 28 de junio de 2012

El paseo junto al Urumea

El mar que baña San Sebastián por todo un frente, desde el Monpás a los acantilados de Igueldo, hace olvidar a los donostiarras un gran paseo que en cualquier ciudad de tierra adentro mostrarían con orgullo y cuidarían con mimo excepcional: el paseo junto al río Urumea.

Es un paseo con perspectivas  que van desde los montes del interior hasta las lejanías marinas. Es un paseo rodeado de construcciones nobles en su mayoría. Si iniciamos nuestra andadura por su margen izquierda, en el Paseo de Juan de Olazabal, hoy de Vizcaya, podremos ir contemplando toda la derecha y tras los tinglados de la estación del ferrocarril y la Tabacalera vemos el primero de los tres puentes que cruzan el río. Los tres son distintos. El de María Cristina es el más recargado, muy al gusto de la época de su construcción, a comienzos de siglo. A mí me recuerda el puente de Alejandro III sobre el Sena en París con su gracia barroca, con sus angelotes en la barandilla, con los esbeltos templetes.....

A continuación vemos el paseo de Francia, uno de los más logrados de la ciudad, de casas bajas con mansardas afrancesadas, con ese pretil lleno de flores que son como un eco de románticos jardines propios para leer el Werther o ser escenario de los turbulentos amores de madame Bovary. ¡Lástima ese rascacielos de Atocha que hiere a la vista, sea cualquiera el punto desde el que se contemple!

Termina el paseo en el puente de Santa Catalina, el más viejo de los tres, con la historia de los que le precedieron, que sirvieron de paso a mesnadas de guerra y a gentes de paz cuando la ciudad era testigo del ir y venir de la historia. El último tramo de ese margen poco tiene que ver con el anterior. Aquí hay casas modernas, de un estilo que estuvo en boga en la década de los veinte, y sigue con otras más recientes para terminar en la manzana que se alza frente al mar, recargada y señorial, que es como un postrer eco del San Sebastián de 1900.

Nos encontramos con el último puente, en la frontera del mar, en cuyos pilares, que surgen de las espumas, se estrellan las aguas embravecidas en los días de temporal y donde el mar se bate con la obra del hombre y sobre el que vuelan las gaviotas.

Si el paseo lo hacemos por la margen derecha, lo primero que vemos en la izquierda no es precisamente un gozo para la vista. La masa amazacotada de dificios deja ver las colinas de Juanistegui, de Puyo, de Arbaisenea y el cerro de San Bartolomé con el colegio que sucedió al viejo convento de canónigas. A continuación, el paseo del Árbol de Guernica con sus olmos que van desde la plaza del Centenario, donde en un olvidado jardincillo se alza la estatua de la Reina Madre, Doña María Cristina, hasta la plaza de Bilbao y aún siguen por los Fueros con edificios recientes, algunos levantados donde antaño estuvo el palacio de Arbide. La última parte, entre la Avenida y la calle Reina Regente, el antaño llamado paseo de la Zurriola, es una prueba del buen gusto urbano que tenían nuestros abuelos: los jardines de Santa Catalina, el Hotel María Cristina, la plaza de Oquendo y el Teatro Victoria Eugenia, y siguiendo el paseo de Salamanca con edificios que semejan centinelas frente al Cantábrico.

El paseo comprendido entre la calle Reina Regente y el puente de Santa Catalina se llamaba hace un siglo de la Zurriola y su anchura era la comprendida entre el muro de la margen izquierda del Urumea y las calles de Oquendo y Santa Catalina. Fue uno de los paseos preferidos por los donostiarras de la segunda mitad del siglo pasado hasta que la Concha le fue quitando la clientela. A la Zurriola iban los elegantes de la época a disfrutar de la sombra que daban al paseo los árboles centenarios y en los buenos días de otoño a gozar del viento sur y de la agradable temperatura. En este paseo se daban conciertos en un kiosko que se hallaba donde hoy está el Hotel María Cristina y se organizaban bailes populares con bandas y charangas que atronaban el ambiente. Enfrente estaba el palacete de don Miguel Indo donde el francés M. Gilbert montó un casino. Este palacete de Bellamar fue después sede del Colegio de Santo Tomás de Aquino, más tarde allí estuvo el Gobierno Civil y, tras ser derribado, se levantó un nuevo edificio para la Delegación de Hacienda. En la esquina de las calles de Oquendo y Camino estaba el Hotel Ezcurra, uno de los mejores por entonces de la ciudad.


Este paseo era lugar de cita cuando terminaban las corridas de toros que en el coso de Atocha organizaba don José Arana. Las elegantes de Madrid y San Sebastián lucían allí sus modelos franceses y sus gigantescas pamelas mientras jugaban con los abanicos en ese mudo lenguaje que algún malicioso interpretaba como mensajes de amor. No faltaban tampoco los gomosos y los tirillas con trajes que hoy nos parecerían de opereta decimonónica, además de incómodos. El paseo inspiró a Darío de Regoyos un cuadro titulado "El paseo de la Zurriola después de los toros", estampa gráfica de un San Sebastián olvidado.


Allí se montaban las ferias que, según testimonios de los que a ellas acudían, reunían atracciones muy superiores a las de años posteriores, cuando fueron itinerando de un lugar a otro. Muchas de aquellas atracciones procedían de más allá de la frontera y en eso los franceses iban por delante de nosotros. En estas ferias se presentaba ante los ojos atónitos de los donostiarras la gran novedad de un arte que estaba en sus inicios: el cinematógrafo. Un testigo de aquellas representaciones novedosas, José María Donosti, escribió muchos años después: “Aún recuerdo la fachada de sus instalaciones, al frente de todas y cada una de ellas los barrocos y rutilantes órganos "Simonaire fils" con su director de orquesta mecánica llevando el compás e interpretando las partituras de "Carmen", "Aida", "Guillermo Tell" y otras óperas por el estilo, por aquel entonces en el apogeo de su popularidad. No faltaban en las ferias los tiovivos, los carrouseles, la mujer barbuda, los tragasables, instalándose en algunas ocasiones un monte ruso".


Los que conocieron aquellas ferias las evocaban, al pasar los años, con la nostalgia del tiempo ido que todo lo embellece y casi lo magnifica. Así, "Gil Baré" nos habló de un acuarium sin agua y que gracias a una serie de espejos y algunos tules presentaba al espectador -niños y militares un real, el resto dos-, ondinas y sirenas dispuestas a atraer con sus cantos a los nuevos Ulises; de una vaca con cinco patas, de los osos amaestrados que un gitano zingaro hacía bailar a los sones de una pandereta, del orangután Ramasama, una bestia salvaje criado en las selvas... que era en realidad un antiguo empleado de arbitrios de Barbastro al que se le colocaba un disfraz y daba saltos y lanzaba gritos, hasta que se descubrió el truco el día que un chaval le aplicó un cigarrillo encendido y el aragonés gritó: "Vus voy a machacar las tripas".


También "Dunixi" escribió sobre aquellas ferias de su infancia, del primer tiovivo que conoció que era movido a brazo "para lo cual los pasajeros, de buena gana, solían alternar entre el dejarse llevar y el arrimar el hombro", de los "carrouseles" movidos a vapor con órganos mecánicos, del guiñol zaragozano, de "Anfritrite", la "Reina de los mares", del Gabinete negro... que seguían vivas en su mente como si las hubiera registrado la víspera.


El paseo decayó a partir de 1873 al ser trasladado el kiosko de la música que allí había al Boulevard, antecedente directo del que hay hoy en este último paseo. La Zurriola fue cambiando y allí se inauguró en 1894 la estatua de Oquendo y en 1912 el Teatro Victoria Eugenia y el Hotel María Cristina. Hasta, no se sabe por qué razones, se le bautizó con otro nombre, el de paseo de la República Argentina perdiendo el de Zurriola que ahora se llama a lo que fue Avenida del Kursaal y después del Generalísimo. La perspectiva que antaño tenía, con la marina y Ulía a la vista, se conserva en parte, pues el monte se ha escamoteado en buena medida por las casas levantadas en el barrio de Gros.


Al llegar a este punto el lector se preguntará de dónde procedía el nombre de Zurriola. Los antiguos llamaban unas veces Surriola, otras Zriola y otras Zurriola. El origen del nombre tal vez esté relacionado con la existencia en el lugar de algún astillero y proceda de Zur-Ola, esto es taller donde se trabaja la madera y que equivale a la palabra castellana "astillero". Un erudito donostiarra escribía en 1901 que "en una estampa de San Sebastián del siglo XVI se ven varios barcos en construcción en el istmo de arena que separaba entonces la ciudad murada de la tierra firme, y si bien por estar tomada aquella vista del lado de la Concha parece que los buques están más cerca de esta parte del mar, nada tendría de extraño que en el otro lado, a la orilla de la desembocadura del río se construyeran también buques y hubiera tomado aquel nombre por tal circunstancia".


Está demostrado que existían entonces en San Sebastián varios astilleros, siendo el más importante el llamado del Ingente que se hallaba en lo que hoy es Alderdi Eder. Los había también en Santa Catalina, en la margen izquierda del Urumea.


El paseo de hoy poco o nada tiene que ver con aquel de los astilleros ni el de las ferias y los paseos que con nostalgia nos describieron los cronistas de fin de siglo que los conocieron.


La Zurriola fue decayendo como paseo por la competencia que le hacía la Concha, pese a que tenía acérrimos defensores. Uno de ellos fue el periodista Enrique Sepúlveda que en "El Liberal" de Madrid escribió en 1869 que a las horas del atardecer era el mejor paseo, mientras que la Concha era el peor, el más estrecho y caluroso, pero que la gente iba a éste olvidándose de aquél.


"La Zurriola es un paseo inmenso", escribió, "sus horizontes de mar, de primer orden; el muro, asiento barato y fresco como pocos, la oxigenación salobre, incomparable; la luz clara, centelleante podría decirse, la más a propósito para que "luzcan" rostros y "toilettes".


La gente iba a la Concha "y mientras tanto, la Zurriola, salvo las tardes de toros, desierta. Se la dejan entera a los "cursis", a los que tienen el mal gusto, dicen los de la Concha, de tomar de San Sebastián lo que Madrid no puede darles".















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