jueves, 28 de junio de 2012

Los Cien mil Hijos de San Luis



Anochecía en Verona aquel 22 de noviembre de 1822. En la ciudad de Romeo y Julieta había un gran revuelo de comentarios entre la gente . Llegaban carruajes con el polvo de los caminos, conducidos por postillones cansados de la dura jornada. Había reunión de cancilleres en un palacio del "cuatrochento" para salvar a España, la potencia que no supo ganar, tras vencer a Napoleón en Bailén y Arapiles, en el Congreso de Viena.

El más hábil y astuto diplomático del siglo, el príncipe de Metternich, llega a Verona poco antes que sus colegas el francés Chateaubriand, el prusiano  Berestroff y el ruso Nesselrode. La reunión es breve y es Metternich quien lleva la voz cantante. Las cuatro potencias, que forman la Santa Alianza, firman un tratado secreto en virtud del cual facultan al Gobierno francés para que intervenga inmediatamente en España a fin de abolir el régimen constitucional que existía desde el 9 de marzo de 1820 y restablecer en su poder absoluto a Fernando VII.

Extraños movimientos se registraban pocas semanas después en San Sebastián. Llegaban barcos con pertrechos de guerra, había movimientos de tropas, aquí estaba la legión de emigrados franceses, austriacos, polacos, rusos, ingleses, italianos mandados por Mr. Caron. Funcionaban sociedades secretas, parece ser que había alguna logia masónica que trabajaba para rebajar la moral de las fuerzas realistas.

La provincia estaba contra las Cortes, simpatizando con los invasores, pues no olvidaba que el Gobierno constitucional había abolido los Fueros, implantado el servicio militar, las aduanas y las contribuciones, atacado a la religión y cambiado los nombres de las provincias de Guipúzcoa, Álava, Vizcaya y Navarra por los de San Sebastián, Vitoria, Bilbao y Pamplona.

El Ayuntamiento donostiarra acordaba el 23 de Enero de 1823 "defender la independencia nacional y prohibir la invasión extranjera", formándose a la vez en nuestra ciudad un batallón en el que figuraban algunos mozos de la provincia, que unido a los alaveses se llamó Batallón Unido de voluntarios nacionales de San Sebastián y Vitoria y que salió de la capital alavesa el 9 de abril uniéndose a las fuerzas de Gaspar Jauregui. Por Pancorbo, Burgos y Valladolid se dirigieron a León, marchando por Asturias hasta Coruña, donde después de sostener diversos combates con los franceses, capitularon juntamente con la guarnición de la capital gallega el 21 de agosto.

El jefe de las tropas francesas, a quienes se llamó "los cien mil hijos de San Luis", era el delfín de Francia, Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema, que tras atravesar el 7 de Abril el Bidasoa instaló en la Casa Consistorial de Oyarzun la Junta de Regencia, llamada Junta Suprema provisional del Gobierno de España, formada por el general Francisco Eguía, el barón de Eroles, Antonio Calderón y Juan Bautista de Erro, quienes nombraron a Manuel Llander capitán general de las Vascongadas.

El 9 de abril comenzó el cerco de San Sebastián. La línea del bloqueo empezaba en el faro de Igueldo y seguía por el arenal de Ondarreta, convento de Dominicas del Antiguo, Lugariz, Aizerrota, Pintoré, Aldapeta, San Bartolomé, barrio de San Martín, Mundaiz, Piñueta, Concorrenea y arenales de Ulía. La isla era terreno neutral.


En San Sebastián abundaban los partidarios de la Constitución, lo mismo que en Eibar e Irún y algún otro pueblo de la provincia, mientras que en el resto de Guipúzcoa eran los realistas los que dominaban. Con los franceses que sitiaban Sebastián se hallaban voluntarios realistas y paisanos armados de los alrededores de la capital, al mando de Osinalde.


Los franceses, que se comportaron en todo momento con mucha hidalguía, tenían su cuartel general en Ayete y la comandancia de la línea derecha del bloqueo en la casería de Polloe, una hermosa casa con cinco columnas dóricas, de las más bellas de los alrededores de San Sebastián. El parque de artillería, almacenes de administración y sanidad estaban en Hernani, donde residía el sub-intendente Floret y los suministros por mar se hacían en los puertos de Pasajes y Socoa. Las fuerzas sitiadoras se componían de dos divisiones de infantería, artillería y destacamentos de caballería e ingenieros. e


La población de la ciudad sitiada pasaba toda clase de calamidades pues escaseaban los alimentos y al haber cortado el agua del manantial de Morlans, el escorbuto comenzó a causar numerosas víctimas. Los sitiados convirtieron el convento de Santa Teresa en hospital de sangre y en su cementerio fueron enterrados militares fallecidos, cuyos restos pasada la guerra no fueron exhumados por temor a confundir algunos con las religiosas que allí se hallaban.


Además del escorbuto, los donostiarras sufrieron en aquellos aciagos días de la fiebre amarilla que parece ser la trajo de América la corbeta “Donostiarra” que arribó al puerto con carga general. En un momento determinado, el general francés que mandaba las fuerzas sitiadoras permitió entrar en la plaza verduras y alimentos frescos para los enfermos.


Durante el tiempo que duró el bloqueo funcionaron en San Sebastián dos Ayuntamientos, el constitucional que presidía don José Brunet y del que formaban parte don Juan José Blandín y don José Gregorio Echeverría, regiy dores, don Pedro Ignacio Olañeta, tesorero, el secretario don José Joaquín Arizmendi y el aposentador don Joaquín Duble, y el ayuntamiento realista del que era alcalde don Francisco Antonio de Echague, regidor don José María de Soroa, secretario don Ignacio de Alzate y alcalde de segundo voto don José Antonio de Aspiazu. Esta corporación que se titulaba “Ayuntamiento provisional de San Sebastián” se instaló en la casería de Miracruz el 24 de abril de 1823, a las dos semanas de iniciarse el cerco de la ciudad.


Los voluntarios realistas guipuzcoanos del batallón que mandaba don Francisco María Gorostidi parece ser, según refiere el historiador Pedro Soraluce, de quien tomo estos datos, eran bastante indisciplinados y en el acta de la sesión celebrada el 12 de julio de aquel año por el Ayuntamiento de Miracruz aparece una comunicación del



diputado general duque de Granada de Ega, fechada en Azcoitia, en la que pide se abra una información dadas las quejas del general francés barón de Carruel. El Ayuntamiento defendió el buen nombre del batallón, pero reconocía la existencia de robos y amenazas a mano armada, pero como hechos aislados.


La reacción liberal del trienio 1820-23 terminó en una guerra civil y volvieron las partidas al campo y los excesos de todo tipo. La llegada de los "cien mil hijos de San Luis” inclinó la balanza del lado realista. El rey Fernando VII, el Gobierno y las Cortes huyeron a Sevilla y luego a Cádiz, que fue sitiada por los hombres del duque de Angulema. Tras la toma del Trocadero, el rey fue reintegrado a su poder absoluto el 1 de octubre de 1823, terminando con ello el periodo constitucional y Fernando VII, igual que en 1820 dijo aquello de “marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional”, se dispuso a “borrar los tres mal llamados años".


Ante estos hechos, la resistencia de San Sebastián no tenía ningún objeto y el 27 de septiembre de 1823 capituló la plaza. La ciudad y su castillo fueron ocupados por el general conde de Ricard el 3 de octubre, siendo llevados a Francia como prisioneros de guerra los jefes y oficiales militares, que fueron bien tratados. Marcharon treinta del Estado Mayor, Marina y retirados, veintiuno de Artillería, Ingenieros y Maestranza, ciento cuatro de Infantería, diecisiete de Sanidad y Administración militar y diez capellanes. у


a Los franceses, pese a haber terminado la guerra y haber recuperado su poder el rey, se quedaron en San Sebastián cinco años más. Aquí permaneció el Regimiento de Infantería de línea número 55, compuesto de mil hombres, más el Estado Mayor, Parque, depósitos, dos compañías de Artillería y un número considerable de empleados. Se puede calcular que al comienzo de 1828 había en San Sebastián de 1.500 a 2.000 hombres. La infantería estaba en los cuarteles de la plaza y en el Macho, la Artillería en el cuartelillo de San Felipe, que se hallaba en la manzana que hoy está limitada por las calles Igentea, Mayor, Vilinch y Perujuancho, y en los pabellones de Urgullmendi. Ingenieros, Sanidad y Administración militar ocupaban, aparte de algunos almacenes, la antigua cárcel y el llamado cuartelillo de Ingenieros, en la calle de la Trinidad. Los soldados franceses, que fraternizaban amigablemente con los donostiarras, solían maniobrar en el prado Erregeren-soroa, o campo del Rey, en la actualidad Boulevard.


Fue el 3 de mayo de 1828 cuando los franceses evacuaron la plaza, a las seis y media de la mañana, en tres columnas, siendo despedidos muy cariñosamente por los donostiarras y los emigrados franceses que aquí vivían. La impedimenta y material pesado se embarcó en el puerto, mientras las columnas marcharon a pie en dirección al Bidasoa. La autoridad militar que recibió la plaza fue el capitán general de Guipúzcoa, don Blas de Fournas.


Hay un hecho curioso registrado en las actas del Ayuntamiento de Miracruz. Este dio a Alza determinadas órdenes, considerando a Alza parte de la ciudad. El alcalde de Alza, don Juan Francisco de Arzac contestó el 31 de julio de 1823 negándose a reconocer la jurisdicción de San Sebastián, recalcando que “quiero mantener y conservar la posición en que me hallo de mi gobierno político y económico que tengo con su Ayuntamiento independiente de esa ciudad desde tiempo inmemorial”, firmando además del alcalde los concejales don Manuel Elizalde, don Luis Aduriz y don Miguel Francisco de Arrieta. y


Aquel cerco de la ciudad y posterior ocupación de la misma no fue tan violento como el registrado un siglo antes, cuando los 30.000 soldados franceses mandados por el duque de Berwick acamparon en las inmediaciones de San Sebastián el 20 de junio de 1719, abriendo una línea de trincheras en el monte Artía, encima de las monjas de San Bartolomé, a la izquierda del camino de Hernani, adelantándose poco después hasta la entrada del arrabal de San Martín.


Mandaba en aquella ocasión la plaza el brigadier capitán de guardias walonas don Alejandro de la Mota y la guarnición estaba compuesta por el primer batallón de Zamora, dos de Africa y uno de Sevilla, un destacamento de flamencos de diferentes regimientos y una compañía de artillería. La ciudad se aprestó a la defensa. Se nombraron cuarenta marineros para servir la artillería quedando de sargento mayor el capitán de Zamora don Pedro Montaño. Ingenieros eran don Pedro Moneu y don Pedro Supervida. Entre los paisanos estaba el conde de Villalcazar de Sirga. Más de doscientas mujeres se presentaron con bizarría a servir materiales; en baterías sólo se emplearon treinta en sitio de peligro como llevar faginas, dándoles un peso diario. En la isla de Santa Clara estaba el capitán de Zamora don Juan Mendieta con cuarenta soldados, treinta paisanos y seis cañones de seis y de ocho.


A mediados de julio formaron los sitiadores una comunicación de Ulía hasta San Francisco, armándola con baterías. Pocos días después intentaron alojarse en el campo abierto de la izquierda del Hornabeque y Rebellín, empezando el intenso cañoneo. El 29 hubo una suspensión del fuego para que pudieran ser enterrados los cadáveres de los sitiadores.


Los franceses batían la plaza con treinta cañones y dieciséis morteros desmontando la artillería del Cubo, llegando el 1 de agosto al pie del Baluarte del Gobernador. Se hicieron las capitulaciones y la guarnición se retiró al Castillo ocupando la plaza el regimiento francés de Picardía con su coronel duque de Montbaron. Los franceses se alojaron en el convento de San Telmo, Casa de Jesuitas y convento de Santa Teresa.


Las baterías seguían tirando al mirador del Castillo y desde éste se respondía arrojando a la vez piedras de hasta cuatro quintales. El 5 de agosto hicieron una salida con buen éxito los hombres del Castillo protegidos por el fuego de cañones de a cuarenta cargados a metralla, haciendo muchas bajas al regimiento de Normandía.


Continuó el fuego contra el Castillo hasta que el día 15 se incendiaron los almacenes de víveres ardiendo los toneles con aguardiente, vino, etc. Entró el pánico en la guarnición y fue una lástima pues el duque de Berwick pensaba en retirarse y dejar en observación al marqués de Silly con corta fuerza, yendo el resto del ejército a Cataluña.


Hubo tres consejos de guerra para la rendición y don Alejandro de la Mota demostró una gran energía. La capitulación del Castillo se firmó el 16 de agosto a las tres de la tarde, comprendiendo en ella al defensor de la isla de Santa Clara, que también había resistido. La rendición fue honrosísima saliendo la guarnición por la brecha batiendo marcha con carros cubiertos, bagajes, etc. con todos los honores de la guerra.


Estos episodios bélicos son dos más de los muchos que vivió San Sebastián a través de su historia.











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